El dolor de los jornaleros agrícolas

Tatyi savi

Por Kau Sirenio

Para nadie es un secreto que las condiciones laborales en los campos agrícolas no son favorables para los jornaleros. Desde hace años trabajadores agrícolas se han organizado para cambiar esta situación. A pesar de que el movimiento de jornaleros de San Quintín evidenció la esclavitud en los surcos de Baja California, hasta ahora no hay cambios sustanciales.

La ausencia de los gobiernos locales y federal propicia que los empresarios agrícolas no cambien la narrativa en sus campos de producción. Lo preocupante de todo esto es que los niños y adolescentes son los que están más expuestos a peligros.

El pasado lunes 23, una familia de jornaleros me’phaa falleció en un accidente automovilístico en la carretera de Jalisco. Los trabajadores del campo eran de la comunidad de Juanacatlán, municipio de Metlatónoc, Guerrero. El conductor y su esposa Antonia fallecieron con cuatro de sus hijos menores; mientras que dos niñas, un niño y una madre de familia resultaron heridos.

La falta de empleo en las comunidades de origen hace que los campesinos opten por migrar a los campos agrícolas con la familia completa, porque no tienen con quien dejar a los niños para que continúen con sus estudios. Así que antes de morir de hambre, mejor buscar alternativas, pero la sobrevivencia se convierte en la muerte. Lo preocupante de estas historias es que las principales víctimas son los niños.

Los niños y niñas jornaleros han muerto por accidentes o intoxicación en distintos campos agrícolas. De 8 años de edad, David Salgado murió aplastado por un tractor, mientras cortaba tomate en Culiacán, Sinaloa, el 6 de enero de 2007; Ismael de los Santos Barrea nació en Tlapa, Guerrero, falleció a la edad de un año y ocho meses, un camión lo atropelló en el campo agrícola de Culiacán, Sinaloa, el 7 de febrero de 2008.

Mientras que Ángela de 10 años perdió el brazo izquierdo cuando limpiaba ejotes en el valle de Culiacán, Sinaloa, en enero de 2009; y Estrella Santos Nava, de 11 meses de edad, murió calcinada cuando incendió la galera donde se encontraba en el campo agrícola de Hermosillo, Sonora en 2009.

De cuatro años de edad, Flora Jacinto Vázquez murió intoxicada por ingesta de agua de riego en el campo agrícola de San Ramón en el estado de Sonora, el 18 de julio de 2010.

El 10 de febrero de 2017, fallecieron dos hombres adultos, tres mujeres adultas y tres niñas, mientras que el resto de tripulantes de la camioneta resultaron con lesiones de gravedad y fueron trasladados para recibir atención médica en hospitales de Autlán y Casimiro Castillo.

La camioneta de redilas en la que viajaban alrededor de 25 jornaleros iba a exceso de velocidad en la curva conocida como la Calera, en la carretera federal 80, en el municipio de Casimiro Castillo.

En ese accidente murieron ocho jornaleros, cinco eran de Guerrero; Diana Juárez Villegas y Fresnia Juárez Domínguez de la comunidad de Totolcintla; mientras que Évelin Jiménez de Ahuetlixpa; y dos más de San Francisco Ozomatlán, municipio de Huitzuco.

El panorama es cada vez más desolador para los jornaleros agrícolas, que a pesar de que son ellos los que cultivan las verduras y frutas que llegan en las mesas de cada mexicano y en el extranjero, pero no hay solidaridad con ellos hasta ahora. Desde que el alimento se convirtió en mercancía, dejamos el colectivismo para convertirnos en consumidores cautivos.

De la pandemia no aprendimos nada: los políticos, académicos, universitarios, intelectuales, periodistas, curas, pastores siguen estoicos ante la situación precaria en que viven y trabajan los indígenas desplazados por la pobreza, para ir a morir en los campos agrícolas donde parte de su vida es hacer magias con sus manos para que todos comamos.

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