INE: crisis, riesgo y oportunidad
Blanca Yassahara Cruz García consejera presidenta provisional del INE Crédito: INE/Facebook
El oficialismo tiene los votos suficientes para volver a imponer una consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral sin el consenso de la oposición. Pero no sería deseable. Si la 4T vuelve a equivocarse, como lo hizo con Guadalupe Taddei en 2023, el daño al sistema lectoral sería irreversible

Explicador político
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La renuncia de Guadalupe Taddei a la presidencia del Instituto Nacional Electoral ha abierto una cloaca tremenda. La colusión con proveedores y la exhibición del trato que tenía con el empresario José Alfredo Hernández Casillas es solo la punta del iceberg de una podredumbre absoluta.

Tras la salida de Taddei, y a pesar de que siguen ahí muchos de sus colaboradores impuestos mediante facultades extraordinarias que le otorgó Morena, comienzan a aflorar los modus operandi de la consejera presidenta y su grupo compacto, del que forman parte una buena parte de los directores ejecutivos y titulares de unidad y, al menos, dos consejeros que siguen ahí pretendiendo deslindarse de ella: Jorge Montaño y Norma Irene de la Cruz.

Una de esas prácticas es la manipulación de la Junta General Ejecutiva para aprobar medidas administrativas cuestionables; algunas aparentemente inocuas, como cambiar los colores de la imagen institucional del INE, y otras gravísimas, como los acuerdos referentes a licitaciones, contrataciones y adjudicaciones directas.

Las presiones que se ejercían para mover, cesar o dar órdenes a los miembros del Servicio Profesional Electoral Nacional (SEPN) es otro ejemplo, gravísimo porque el SPEN es la joya de la corona del INE, que le ha permitido organizar elecciones cada vez menos cuestionadas desde el punto de vista técnico, a lo largo de 36 años.

Otra: la infiltración de legisladores y dirigentes de Morena en áreas clave del Instituto, como la presidencia del Consejo General, la Secretaría Ejecutiva o el Órgano Interno de Control, que es precisamente la entidad que debió encargarse de prevenir y perseguir la corrupción en el instituto, y que no lo hizo.

Uno más: el tráfico de plazas en áreas como la Coordinación Nacional de Comunicación Social, dirigida informalmente por una asesora de Taddei, Lourdes Piña Soria, que no aparece en el directorio, pero sí en el padrón de proveedores a través de la empresa de su hija.

En la primera semana sin Taddei, proliferaron las denuncias. Desde las amenazas a la consejera Rita Bell López, quien afirma haber roto con Taddei cuando la situación se volvió intolerable para ella. Hasta los testimonios anónimos que acusan el cobro de diezmo para poder ocupar una plaza en áreas como el OIC; la vigilancia excesiva y el acoso del que eran objeto los empleados de menor rango; el maltrato a personal de seguridad y limpieza en las instalaciones, el uso de oficinas para festejos privados de altos funcionarios… En resumen, un ambiente que algunos califican como de terrorismo laboral.

Todo ello ha mermado la imagen y credibilidad del INE, y tendrá un impacto fuerte en la confianza de la ciudadanía en el árbitro electoral. Pero, como en toda crisis, hoy se abre una oportunidad.

La primera buena noticia, dentro de este terrible panorama, es que Taddei ya no estará al frente del INE en las elecciones de 2027, y que su red de funcionarios corruptos ha comenzado a desmantelarse. La segunda, que los diez consejeros que se quedaron eligieron, como presidenta provisional, a una consejera -Blanca Yassahara Cruz- que parece dispuesta a limpiar la casa. La tercera, que la Auditoría Superior de la Federación ya está interviniendo y que el titular del Órgano Interno de Control, Víctor Hugo Carvente Contreras, ha sido puesto contra las cuerdas, por quienes lo nombraron (la Cámara de Diputados), para que, al fin, se ponga a trabajar.

La cuarta buena noticia, obligada, sería que se fueran todos los funcionarios que formaban parte de la red de Taddei, los infiltrados del oficialismo o de la red de proveedores, y los aviadores. Que las investigaciones lleguen a fondo, que se judicialicen las denuncias y que se proceda penalmente contra funcionarios y contratistas corruptos.

Finalmente: está a la vista el proceso de designación de una nueva consejera presidenta que deberá concluir el periodo para el que fue designada Taddei. Es decir, estará al frente hasta 2032, por lo que le tocarán dos elecciones federales.

El oficialismo tiene los votos suficientes para volver a imponer una consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral sin el consenso de la oposición. Pero no sería deseable.

La presidenta Claudia Sheinbaum y la mayoría morenista en la Cámara de Diputados, encabezada por Ricardo Monreal, tienen una gran oportunidad en esta crisis: la de nombrar una presidenta del INE de consenso, que genere confianza a la oposición y sea votada por todos los partidos políticos, que ya están en contienda rumbo a 2027.

Es necesaria una consejera presidenta que recupere la confianza de los actores políticos y de la sociedad, que Taddei minó con su frivolidad y sometimiento al régimen. Una presidenta del INE que renuncie a las facultades extraordinarias que le otorgó Morena a Taddei en 2024, que mantenga el propósito de romper las redes de corrupción, que recupere la colegialidad y que salve, en la medida de lo posible, la credibilidad de la autoridad electoral.

No es ingenuo sugerirlo. Si el oficialismo vuelve a equivocarse, como lo hizo con Taddei, entonces sí, el daño al INE habrá sido irreversible.

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