El poder del gobernador tiene límites y fecha de caducidad

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Opinión por Héctor Garcés

En la cultura de la clase política tamaulipeca prevalece la idea de que el gobernador del estado en turno es un hombre extremadamente poderoso, que todo lo puede, incluso, revertir la tendencia de un proceso y torcer el resultado de una elección.

Esto proviene de los tiempos del ya extinto sistema política priista, cuando el mandatario ponía y quitaba a su antojo en la entidad, a imagen y semejanza de lo que sucedía con el presidente de la república en el escenario nacional.

Esta idea se afianzó cuando el PRI perdió la presidencia en el año 2000 y los gobernadores tricolores se convirtieron en auténticos virreyes en sus estados. Tomás Yarrington y Eugenio Hernández Flores, beneficiarios directos de ya no tener a un ‘Jefe Máximo’ en Los Pinos, hicieron y deshicieron con el presupuesto estatal e impusieron a sus consentidos en las presidencias municipales.

Egidio Torre Cantú, el último gobernador de la larga era del priismo en Tamaulipas, enfrentó un escenario diferente. Para comenzar, él llegó a la candidatura y luego al poder debido al lamentable y artero atentado que acabó con la vida de su hermano, Rodolfo Torre Cantú, un caso nunca resuelto por la justicia mexicana.

Ante un escenario político convulso y plagado de incertidumbre como consecuencia directa de la inseguridad pública existente y la guerra que libraban los grupos de la delincuencia organizada, Egidio Torre maniobró como pudo para contar con un margen de operación en la toma de decisiones y construir un frágil liderazgo que siempre estuvo cuestionado desde distintos frentes. 

Además, en el sexenio egidista una variable global comenzó a cobrar fuerza con un impacto directo en la vida democrática diaria: la influencia de las redes sociales en la opinión pública. A la rapidez y horizontalidad del fenómeno de la comunicación digital, un factor creció en el comportamiento social: el enojo, la molestia contra la autoridad. Llegaba la Era del Malestar.

De esa forma, en 2016, las circunstancias sociales estaban dadas para que el sistema político priista llegara a su fin en Tamaulipas. Con un discurso que prometía el viento del cambio, el panista Francisco García Cabeza de Vaca se encontraba en el momento y en el lugar indicado por la historia para alcanzar el anhelado poder. Con el voto de más de 700,000 tamaulipecos lo logró.

Sin embargo, como tantos políticos mexicanos, Cabeza de Vaca nunca se dio cuenta de que las cosas habían cambiado en el comportamiento de la sociedad, la que expresa con acidez su malestar en las plataformas digitales, un fenómeno que va más allá de la entidad y, se reitera, es producto de la globalización.

Tampoco se percató de un hecho derivado de la caída de un sistema político que había perdurado durante 8 décadas y media: nacía un periodo de transición en la democracia tamaulipeca. Esa palabra, transición, era clave para entender el papel que iba a jugar el mandatario estatal. Embelesado por los elogios desmesurados de su círculo cercano y de una prensa servil, el mandatario estatal nunca comprendió el papel que la sociedad demandaba.

Distante de lo que sucedía en el territorio diverso de la entidad y en la red cibernética, el gobernador panista quiso emular el viejo y esclerótico régimen priista: fungir como un poderoso virrey, donde los súbditos se plegaban a la mínima orden. Gravísimo error.

A pesar de su legitimidad democrática y de sus arrebatos, Francisco García Cabeza de Vaca nunca tuvo el control político pleno del estado. Jamás sucedió eso.

El caso más evidente: su tierra, Reynosa. Para ganarlo en 2016, tuvo que pactar con su adversaria al interior del panismo, Maki Ortiz, entonces senadora. Ella fue la candidata del PAN a la alcaldía y ganó con facilidad en las urnas.

Dos años después, en medio de la elección presidencial de 2018, el gobernador quiso imponer a uno de sus amigos como candidato a la presidencia municipal de Reynosa, Jesús María Moreno, ‘El Chuma’. Las encuestas, que miden el comportamiento social, se lo impidieron: solo con Maki el PAN podía ganar y mantener esa estratégica plaza fronteriza ante el ascenso de Morena.

Otro caso: Matamoros. Cabeza de Vaca nunca pudo ganar el municipio costero de la frontera tamaulipeca. Su amigo Carlos García González, que despachaba como líder del Congreso del Estado, sufrió una dolorosa derrota en 2018. Tres años después, la diputada local cabecista Ivette Bermea también perdió de manera estrepitosa frente a la ola guinda de la 4T.

Ni con todo el aparato estatal el gobernador pudo evitar la caída en las urnas de su prima María del Pilar Gómez Leal en Ciudad Victoria. Consiguió imponerla como alcaldesa en sustitución del nefasto Xicoténcatl González Uresti, pero nunca pudo convencer a los victorenses de que votaran por ella en la elección de 2021.

Esos son claros ejemplos de que el gobernador tamaulipeco -sea quien sea el que ocupe el cargo- ya no es tan poderoso como en otros tiempos. La democracia, reflejo directo del sentir popular -en especial en la Era del Malestar-, establece límites a los excesos que tanto gustan y practican los gobernantes.

Cierto, el gobernador del estado conserva las riendas de una maquinaria que puede girar órdenes de aprehensión sin ton ni son en contra de sus adversarios y movilizar ciertas estructuras territoriales con el poder de la despensa y del dinero.

Sin embargo, como se observó en la contienda por las alcaldías de 2021, un gobernador ya no puede torcer ni las tendencias de un proceso ni el resultado de una elección.

Aunque no lo quiera la clase política, milite en el partido que sea, México y Tamaulipas viven y transitan en otra época, una etapa en que la sociedad estampa su malestar en la boleta electoral contra la soberbia y la prepotencia de ciertos gobernantes que soñaron con ser reyes.

Para decirlo de otra forma: el poder del gobernador tiene límites y también tiene fecha de caducidad.

La presencia de la Guardia Nacional

Durante los últimos días, la presencia de la Guardia Nacional se ha incrementado en la zona sur de Tamaulipas.

Obvio, los elementos federales estarán muy pendientes de lo que suceda con el tema electoral, ya que ciertos personajes de la política estatal (sí, de la política), la quieren ‘calentar’.

La vigilancia, por tanto, será extrema para garantizar un proceso limpio y participativo.

Así las cosas, la Guardia Nacional se encuentra con la mira bien puesta a fin de evitar hechos que traten de descarrilar el desarrollo de la elección.

Y para cerrar

Américo Villarreal Anaya, candidato de la coalición integrada por Morena, Partido Verde y PT a la gubernatura de Tamaulipas, cierra su campaña hoy por la tarde en la zona sur con un evento masivo en Tampico.

El aspirante de la 4T a gobernador estuvo ayer en Ciudad Mante. En los siguientes días realizará los cierres en la frontera. El último día de campaña, el miércoles primero de junio, cerrará en la capital del estado, Ciudad Victoria.

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