Agricultura digital, un espejismo de modernidad para el campo oaxaqueño
Crédito: César Pimentel
Aunque la tecnología como una herramienta para las personas campesinas suena ideal, la brecha digital, es decir, la falta de garantía de sus derechos digitales, su exclusión en el desarrollo y diseño de aplicaciones, y un contexto histórico de desigualdad, lo hace inviable, sino es que imposible. Para algunas personas campesinas, si bien el uso de la tecnología es una opción para eficientar procesos, prefieren apostar por aquella que les permita conservar sus maneras tradicionales de producción y el cuidado de la tierra

Tractores que ya no solo son grandes, sino inteligentes, controlados desde un celular. Maquinaria equipada con GPS y sensores de precisión que operan con mínima intervención humana. Drones que ya no solo fumigan, sino que realizan mapeo multiespectral para detectar plagas antes de que sean visibles al ojo humano. Dispositivos que se entierran o se colocan en el campo para monitorear variables críticas en tiempo real. Robots especializados en tareas repetitivas, como la eliminación mecánica de maleza o la cosecha selectiva de frutos delicados. Herramientas que no son un sueño, sino una realidad en las exposiciones de agrotecnología o expos de AgroTech. 

Estas exposiciones ocurren en puntos clave de México: Guadalajara, Monterrey, Guanajuato; algunas son convocadas por empresas, unas más por universidades. En estas ferias se sigue la tendencia de avanzar hacia la agricultura digital, también conocida como Agricultura 4.0. Un tipo de agricultura que necesita de dos servicios básicos: electricidad e internet, así como de nuevas habilidades técnicas, nuevos conocimientos digitales y en gran medida, que quienes la ejecuten tengan garantizado el acceso a sus Derechos Digitales. 

Mientras en los centros de convenciones el futuro (o el nuevo presente) del campo se anuncia con el zumbido constante de los drones, en estados del sur de México, el sonido es otro. El viento, las voces, el crujir de la tierra aún tienen profundas raíces ancestrales y campesinas. La agricultura digital aún no es promesa, es preocupación, pues el acceso a internet, a la información ambiental y a la infraestructura digital sigue siendo limitado. 

“Al ser introducidas en sociedades injustas, se agudiza el peligro de que estas tecnologías fortalezcan las relaciones de poder existentes y marginen más a los ya marginados”, se lee en “La insostenible agricultura 4.0”, un texto publicado por el Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC), una organización internacional que investiga y denuncia el impacto de nuevas tecnologías (biotecnología, geoingeniería, IA) sobre la biodiversidad, la agricultura y los derechos humanos. 

El contexto en que actualmente se vive en el estado de Oaxaca ejemplifica las preocupaciones que ha señalado el Grupo ETC. Ahí, la Agricultura 4.0 se enfrenta a un choque entre la modernización y la realidad social. Según datos del último Censo Agropecuario (2022), la entidad cuenta con 755 mil 758 unidades de producción agropecuaria; menos del 3 por ciento de ellas reporta el uso de computadoras para llevar registros contables o técnicos. 

El principal obstáculo para el uso de internet y otras tecnologías no es solo la falta de infraestructura, sino también los altos costos de insumos y la falta de capacitación técnica en herramientas digitales.

En el campo, lo común es que los saberes y conocimientos se transmitan de generación en generación, hasta ahora, sin necesidad de alta tecnología. Foto: César Pimentel

Nueva promesa: nueva preocupación

Es domingo por la mañana y un grupo de 10 campesinos está reunido bajo el techo que Rutilio construyó en su parcela; lo usa para resguardarse del sol que en Mitla pica con ganas. Los llamó para hacer un tequio (intercambio de trabajo comunitario), ayudarle a sembrar y al mismo tiempo tener una conversación sobre agricultura digital, pues a esa información no habían tenido acceso. Los programas gubernamentales de los que son beneficiarios no les han dado información; en su círculo cercano no se habla de ello y su algoritmo de redes sociales no los lleva para ese rumbo. 

Ese día, por primera vez, vieron sus parcelas desde el aire. Como parte del intercambio, un ingeniero agrónomo les explicó y mostró el vuelo de un dron. El equipo que se usó solo tiene la capacidad de mostrar imágenes; para hacer otro tipo de mediciones se requiere software más especializado, imágenes nuevas, pero no desconocidas. Ellos identificaron cada parte del pueblo: conocen su territorio. 

Algunos de los que acudieron al llamado son familia (entre ellos están primos, hermanos, sobrinos); otros son vecinos. Todos viven, siembran y cosechan en Mitla, un municipio en los Valles Centrales de Oaxaca. Tierras que fueron punto clave en la transición de las sociedades recolectoras a las primeras comunidades agrícolas de Mesoamérica. Junto con las de Yagul (municipio vecino), cuentan con el reconocimiento de Patrimonio Mundial de la Humanidad de la Unesco, pues ahí se encontraron restos de semillas de calabaza y maíz primitivo de hace más de 10 mil años.

“A nosotros nos gusta la tecnología, y si es necesario, claro que la vamos a adoptar, no lo vemos como algo malo, siempre y cuando nos sirva”, dice Rosendo, uno de los campesinos que acudió a la reunión. Si bien fue la primera vez que vio de cerca el vuelo de un dron, no es la primera vez que se enfrenta al reto de incorporar nuevas herramientas y modificar sus modos de producción campesina.

En Mitla, igual que en casi todo el campo oaxaqueño, hay saberes y conocimientos que se han transmitido de generación en generación. Sus procesos siguen siendo tradicionales, pero han incorporado, en la medida de sus necesidades y recursos, las técnicas que se desarrollaron en cada ola de la revolución agrícola. Por ejemplo, el uso de fertilizantes químicos o tractores (muchas veces rentados por hora) en lugar de animales para hacer surcos en la tierra. En este momento es difícil imaginar cómo incorporarán nuevos elementos. 

Verónica Villa Arias es investigadora integrante del Grupo ETC y desde hace varios años ha señalado, junto con otros y otras colegas, los riesgos, especulaciones y trampas informativas del nuevo modelo agrícola que se empuja, sobre todo, desde el sector empresarial. “Agricultura sin agricultor” es como llama a esta nueva propuesta que, según el seguimiento que ha realizado, no está basada en la soberanía alimentaria o en la suficiencia, sino en un modelo capitalista en donde el objetivo es tener más producción para vender más al menor costo, es decir, usar las tecnologías para explotar aún más los territorios.

Explica que “esas innovaciones están encaminadas a aumentar la ganancia, a perfeccionar la explotación, responden al nuevo orden mundial digital, en donde unas pocas empresas controlan todo el mercado”. Para la investigadora, es importante entender que el uso de herramientas sofisticadas es poco accesible para la agricultura campesina, y su uso sí ha avanzado, pero en la agroindustria y el monocultivo, generando graves impactos ambientales. 

En una amplia conversación, Verónica Villas, especialista también en soberanía alimentaria, recuerda que la tecnología de precisión, la que se usa en este tipo de agricultura, está basada en el seguimiento de patrones y repeticiones, y aunque puede hacer ciertas predicciones, en la agricultura y en la naturaleza no todo se puede anticipar. “La realidad se está sometiendo a que las máquinas la puedan entender”. 

Según Verónica Villas, la agricultura digital alejaría a las personas del campo y no estaría resolviendo los problemas actuales que enfrenta, como sequías, pérdida de biodiversidad y disminución de nutrientes en el suelo. 

Un nuevo modelo que demanda información

En 2024, las cosechas de Mitla estuvieron flojas, principalmente la de Joel, uno de los campesinos que acudió al llamado ese domingo, el maíz se le pudrió y tuvo que usar el zacate para alimentar a sus animales. La agricultura es una apuesta arriesgada. En un municipio como este, en donde casi nunca llueve, es difícil sostener la “agricultura de temporal” (producción que depende del agua de lluvia) y la mayoría opta por el riego, lo que aumenta los gastos de producción.  Para las familias campesinas que aún resisten y siembran maíz, frijol, calabaza y hortalizas, no siempre salen las cuentas, y las cosechas ya no rinden ni para el autoconsumo. 

En las generaciones de sus padres y sus abuelos, las cosas no eran así: era más certero predecir las lluvias y las cosechas rendían lo suficiente para alimentar a una familia numerosa; también alcanzaba para vender la merma y guardar granos para la siguiente siembra. Mitla es testigo de que, al inicio, la agricultura era puramente manual. También de ese momento cuando se comenzaron a integrar animales, como yuntas para el arado, y ahora viven las consecuencias del monocultivo de agave que está minando la riqueza del suelo. 

Durante la década de los 40, la “Revolución Verde” trajo consigo los “paquetes tecnológicos” que incluían semillas híbridas, uso intensivo de fertilizantes químicos, pesticidas, mecanización y sistemas de riego. Una etapa agrícola que también declaró la guerra a la riqueza de los suelos, pues tuvo como consecuencia un gran impacto ambiental que se puede ver hasta en el color seco y opaco que ahora impera en la tierra de muchas partes del municipio. 

Oaxaca tiene paisajes marcados por surcos, montañas, elevaciones, bajadas y subidas que solo quienes viven y trabajan en la tierra son capaces de distinguir. Cuando vieron la toma aérea del dron, Israel, de casi 60 años, fue uno de los pocos que logró identificar y nombrar cada barranco y cada cerro, decir por dónde pasaba la presa, dónde estaba el río que ahora está seco y hasta por dónde no se podía volar, porque los vecinos podían molestarse. Pero de los drones y su potencial uso, él sabe muy poco.

Ulises Cruz Valencia, docente, investigador e integrante de la Red de Alfabetización Mediática e Informacional en México (Red AMI México), impulsada conjuntamente por la UNESCO, advierte que el discurso sobre la digitalización del campo suele omitir elementos centrales: la alfabetización digital como condición previa, no como consecuencia, de cualquier proceso de innovación y el combate a la desinformación que estas nuevas tecnologías pueden generar. 

Para Cruz, la alfabetización digital no se limita al uso de computadoras, aplicaciones o dispositivos. Se trata de garantizar plenamente el Derecho Humano al internet, al dotar a las personas de una competencia esencial para la vida, en un mundo donde los sistemas digitales influyen en decisiones cotidianas. “Saber para qué, cuándo, cómo y por qué usar una tecnología es tan importante como saber usarla”, explica. 

En ese sentido, la Red AMI explica que los derechos digitales son una extensión de los derechos humanos fundamentales aplicados al entorno digital. El enfoque de la Red no es sólo técnico, sino ciudadano, promoviendo que la alfabetización es esencial para protegerse y ejercer la libertad de expresión, la privacidad en internet y el uso de tecnologías bajo el pleno conocimiento de sus implicaciones. 

Desde su experiencia como investigador y como oaxaqueño, Ulises Cruz advierte que introducir tecnologías en el campo sin procesos de acompañamiento puede profundizar las desigualdades existentes. La incorporación de herramientas digitales puede ser desproporcionada y generar desconfianza si no se adapta a las realidades locales. “El riesgo no es la tecnología en sí, sino implementarla sin mecanismos claros, sin cercanía con las comunidades y en entornos donde la desinformación limita la toma de decisiones”. 

Cruz subraya que la alfabetización digital también implica aprender a leer críticamente los discursos tecnológicos, identificar estereotipos, sesgos y posibles formas de discriminación reproducidas por sistemas automatizados. “No solo es consumir tecnología, sino poder posicionar la propia cultura dentro de ese entramado digital”, afirma.

Otro eje que Cruz considera clave para poner en el debate es el de los datos. En un contexto donde las tecnologías agrícolas recopilan información sobre suelos, cultivos y prácticas productivas, el investigador plantea la necesidad de que esos datos puedan ser accesibles para las comunidades, sin vulnerar la protección de datos personales. Esto requiere una regulación que incluya: por un lado, reglas claras para las grandes empresas tecnológicas que operan en el país; por otro, procesos de formación que permitan a las personas entender qué información se recolecta, para qué se usa y quién se beneficia de ella.

La regulación en México aún está lejos de enfrentar estos desafíos, aunque la Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares obliga a que el tratamiento de datos requiera el consentimiento explícito de los titulares y a que estos se empleen solo para fines autorizados. Su aplicación en contextos de agricultura digital o de datos generados por sensores y plataformas todavía carece de mecanismos específicos y efectivos que garanticen la soberanía y los derechos de las comunidades rurales, pues no regula de forma detallada la recolección masiva y comercialización de datos generados por tecnologías emergentes.

Vista de Mitla desde un dron. Foto: César Pimentel

Conectar a la comunidad antes de los drones

Casa Roo es un proyecto familiar de agricultura que “nació del corazón”, contradice los discursos que aseguran que “la juventud ya no quiere trabajar en el campo” y no concuerda con el objetivo de la Agricultura 4.0 de acelerar los procesos “aumentando la eficiencia y la productividad”, como dice la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés).

La iniciativa fue de Beto y se la contagió a toda su familia. Él nació y creció en Mitla, pero como muchos oaxaqueños, migró a la Ciudad de México para estudiar en la Universidad. Como pocos oaxaqueños, al terminar su maestría, regresó a su municipio para dedicarse al campo, porque está convencido de que “el acceso a la tierra y su cuidado son lo que en estos tiempos nos va a dar seguridad a final de cuentas”. 

Beto dice que el nombre lo decidieron en familia, inspirados en el paraje donde se ubica (Roovias) y en honor a su abuelo, de apellido Roo, que en zapoteco se puede interpretar como “grande”, y el objetivo era construir un gran espacio, “un lugar donde quepan muchas ideas y muchas personas”.

Por ahora, Casa Roo se integra de un huerto, una parcela de temporada, tiene producción de huevos y gallinero, árboles frutales, y un taller de transformación de plantas medicinales en pomadas, jabones y un amplio espacio para talleres, conversatorios y espacios de formación en técnicas agrícolas y campesinas. Además de maíz, avena, frijol, tomate y acelgas, también se cultiva la paciencia, una cualidad que ellos encuentran indispensable en la agricultura. 

“Haces una cosa y tal vez ves el resultado en un año o en dos”. Mario es el más desesperado de los hermanos y aun así no sigue la tendencia de usar los pesticidas y fertilizantes químicos para acelerar los procesos. 

El uso de agroquímicos es una tendencia global, según la FAO, tan sólo en 2023 se consumieron 3,73 millones de toneladas, casi cuatro veces más que hace seis décadas. Este aumento no solo da cuenta de la expansión de la agricultura industrial, sino de una dependencia creciente de insumos químicos para sostener el rendimiento de la cosecha.

A nivel teórico, Beto tenía las bases para empezar un proyecto así; estudió biología y agroecología, pero donde realmente ha aprendido sobre la tierra es en ella; mientras Mario ha usado su formación científica para aprender sobre prueba y error. Ambos siguen aprendiendo, por ejemplo, mediante la observación de las plantas que crecen en su terreno, aprendieron a determinar las características del suelo. 

Uno de los argumentos más utilizados por quienes abogan por la Agricultura Digital es que el uso de tecnologías haría atractivo el trabajo en el campo para las juventudes. Sin embargo, en Casa Roo creen que esa idea no contempla la cantidad de energía humana que requiere aprender a usarla y mantenerla actualizada y con buen funcionamiento. Muchas de las herramientas que se proponen son demasiado grandes y costosas para el contexto de Oaxaca, donde la mayoría son pequeños productores, y en donde el acceso a la infraestructura básica (luz e internet) para este tipo de agricultura aún no está completamente garantizado. 

La cobertura eléctrica a nivel nacional es de 99.4 por ciento, aunque en las zonas rurales es de 98.6 por ciento. Con relación al internet, la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías (ENDUITH) identifica que la cobertura actual es de 68.5 por ciento, es decir, tres de cada 10 hogares no cuentan con servicio de internet. 

Más allá de los porcentajes, la falta de conectividad se experimenta a diario. Aunque se cuente con teléfonos inteligentes o computadoras, muchas veces el internet no funciona o es muy lento. La razón: los proveedores de servicios de internet no se encuentran distribuidos en todo el estado y los puntos de conexión de algunos municipios son escasos, de acuerdo con el último Diagnóstico de banda ancha fija en el estado de Oaxaca (2020), realizado por el desaparecido Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT). 

Según ese diagnóstico, de 570 municipios, 443 no tienen acceso activo a servicios fijos de internet, casi el 80 por ciento. En Mitla sí hay acceso a fibra óptica, pero la rapidez del servicio depende de qué compañía se haya contratado. Si bien para volar un dron de forma básica no es necesario contar con internet, ya que el control y el dron se comunican mediante señales de radiofrecuencia (a través de antenas), el tipo de funciones avanzadas que se plantean en la agricultura digital, sí requiere de una conexión.  

El acceso a Internet y a las tecnologías de la información y comunicación (TIC) es un Derecho Humano reconocido constitucionalmente en México desde 2013, y han existido varias iniciativas y programas para impulsar el despliegue de infraestructura y la calidad del servicio. Al mismo tiempo, se ha asegurado que la digitalización de la agricultura forma parte de las metas gubernamentales, pero la práctica aún está muy lejos del discurso. 

Durante la administración de Andrés Manuel López Obrador se anunció el Programa de Cobertura Social, cuyo principal fin sería dotar de conectividad a las zonas más marginadas del país. En este sexenio se encuentra activo el programa Conectividad para el Bienestar, que no se basa en el despliegue de infraestructura nueva, pero contempla la entrega de una tarjeta SIM (un pequeño chip que se inserta en teléfonos celulares u otros dispositivos para conectarlos a una red celular) sin costo a la población que es beneficiaria de otros programas de bienestar, aunque eso no garantiza una buena conexión a internet. 

Mediante el Programa Sectorial de Comunicaciones y Transportes se propone fomentar la adopción de tecnología 5G e inteligencia artificial en los sectores primario, secundario y terciario; digitalizar la industria alimentaria y tecnificar la producción agrícola; y el Programa Sectorial de Agricultura y Desarrollo Rural establece la incorporación de las tecnologías apropiadas para el incremento de la productividad y la competitividad. 

Sin embargo, todas estas estrategias se han traducido, hasta ahora, en acciones fragmentadas, proyectos piloto y convenios con universidades y centros de investigación, con un impacto limitado en las comunidades campesinas y rurales. Por el momento, en las evaluaciones de programas no existe información que permita conocer  su efectividad. 

En ese sentido, un gran pendiente es conocer la forma en que se está reorganizando la política pública de telecomunicaciones. En 2025 se reformó la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, con ello se extinguió el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) como órgano autónomo y en su lugar se creó la nueva Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones (ATDT), una entidad dependiente del Poder Ejecutivo. La narrativa oficial sostiene que este cambio permitirá acelerar la conectividad y llevar internet a más de 15 millones de personas que hoy permanecen desconectadas, principalmente en zonas rurales y de alta marginación.

Este nuevo órgano asumirá las funciones regulatorias que antes estaban en manos del IFT y es el encargado de definir prioridades de inversión en infraestructura digital. En el Paquete Económico del Presupuesto de Egresos de la Federación de 2026, esta agencia recibió un presupuesto cercano a los 3 mil 800 millones de pesos, el más alto que ha tenido un regulador de telecomunicaciones en México en más de una década, pero no existe información sobre cómo será distribuido.  

Diversos actores sociales, técnicos y legales en México han señalado su preocupación ante la falta de transparencia y los riesgos institucionales en la creación de la nueva agencia. Organizaciones civiles como Fundar y Access Now han alertado sobre la opacidad en los procesos de transición y el riesgo para los derechos humanos. Para la realización de este trabajo se solicitó insistentemente una entrevista, pero no se obtuvo debido a “la saturación de la agenda”. 

Agricultura local frente a infraestructuras privadas

Carlos Baca Feldman lo dice sin rodeos: que una antena exista no significa que la conexión sea real. Desde su trabajo como coordinador del área de investigación de REDES A.C. y de Rhizomatica –una organización que busca incrementar el acceso a la comunicación inalámbrica y a las tecnologías de la información y la comunicación, principalmente en poblaciones indígenas–, ha visto cómo, en muchas comunidades rurales, la infraestructura llega antes que las condiciones para usarla. 

Hay señal, pero no acceso; hay fibra óptica, pero no permisos; hay cobertura en el mapa, pero no en la vida cotidiana. “Aunque haya cobertura en todos lados, las barreras no desaparecen”, insiste.

Medir la brecha digital solo a partir de antenas o kilómetros de cable es engañoso, asegura Carlos. Esos números hablan del despliegue, no del uso. Muchas veces la infraestructura pertenece a empresas privadas y acceder a ella implica costos imposibles para comunidades campesinas. Sin recursos, sin capacitación y sin políticas públicas que acompañen, la conectividad es una promesa vacía.

Esa lógica, explica, se repite en el diseño de política pública. O el Estado asume proyectos completos, caros y centralizados, o los deja en manos de las empresas, que despliegan redes sin garantizar su mantenimiento. El resultado es una infraestructura abandonada, tecnología obsoleta, sistemas que nunca llegan a integrarse a los procesos locales. Frente a ese escenario, REDES A.C. y Rhizomatica han apostado por otro camino: redes comunitarias, formación técnica local y una idea que atraviesa todo su trabajo, la autonomía tecnológica.

Hablar de autonomía tecnológica no es hablar solo de dispositivos. Es hablar de la posibilidad de decidir. De saber cómo funciona una herramienta, para qué sirve y qué consecuencias tiene usarla. Es una lógica que se parece mucho a la soberanía alimentaria: no basta con tener alimentos si no se tienen las semillas ni el conocimiento para cultivarlas. De la misma manera, no hay digitalización real si las comunidades no controlan las tecnologías que median su vida y su territorio.

“Las tecnologías no son soluciones en sí mismas —advierte Carlos Baca—, nunca deben ser el fin”. La frase resuena en Casa Roo, donde Mario y Beto observan con cautela la expansión de la agricultura digital. Ellos no rechazan la tecnología: usan software libre –un tipo de software que permite a sus usuarios arreglarlo o mejorarlo, en lugar de ser un producto cerrado y secreto controlado por una sola empresa–, registran datos, miden procesos, pero desconfían de los sistemas que prometen respuestas automáticas sin considerar  el contexto.

“Al final, la respuesta que supuestamente nos va a dar la IA es que el suelo está empobrecido, que no tiene cierto mineral o que necesita agua; eso es algo que ya sabemos”, dice Beto. Conocer la tierra, insiste, no es un problema de datos, sino de trabajo paciente, manual y colectivo.

Mitla, lugar de grecas, rituales, cuevas y mucha memoria ancestral, tal vez vea la llegada de la agricultura que priorizará lo automático y programado por lo manual, pero también atestiguará el futuro de Casa Roo, uno en donde se piensa en el aprendizaje colectivo, en que las personas puedan  usar una tecnología sin intermediarios, pues sin autonomía no hay seguridad alimentaria ni independencia. 

Sin embargo, las principales infraestructuras necesarias para la digitalización (satélites, cables submarinos, centros de datos, nubes y antenas) son privadas. Esto significa que la sociedad civil y la mayoría de los gobiernos no son dueños de estas infraestructuras y dependen de quienes las controlan, incluso cuando desarrollan software libre o herramientas propias. En México, y particularmente en Oaxaca, el panorama en términos de autonomía tecnológica es desalentador.

Aunque en años recientes el Estado mexicano ha incrementado su participación estratégica para ampliar la cobertura en zonas rurales y marginadas, la infraestructura de telecomunicaciones sigue dominada por el sector privado. Entre el 85 y el 90 por ciento pertenece a empresas. Telmex lidera el mercado fijo al concentrar cerca del 45 por ciento de las redes de fibra óptica; le siguen Televisa–Izzi–Totalplay y las torres de Telesites, dedicadas a infraestructura pasiva para antenas y equipos de radiocomunicación.

A esto se suma la ya mencionada transición institucional. El IFT, que durante años reguló el sector, ha comenzado a ceder atribuciones a nuevas instancias bajo la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión de 2025. El reordenamiento ocurre mientras las comunidades siguen esperando algo más que cobertura: condiciones reales para decidir sobre su conectividad.

En el campo oaxaqueño no ha llegado información sobre la agricultura digital. Foto: César Pimentel

Eficiencia contra la diversidad y el suelo

Durante la mayor parte del año, la paleta de colores que compone el paisaje de los Valles Centrales de Oaxaca es opaca. Los colores ocre combinan perfecto con el sol candente, que se cuela entre los árboles que apenas procuran sombra. Así es también la vista en Tlacochahuaya, un municipio que marca el inicio de la ya famosa ruta del mezcal, y en donde no hay puntos de acceso a internet de banda ancha. 

Wikipedia destaca que en el municipio se encuentra uno de los órganos más antiguos de México, la iglesia que lo resguarda es impresionante. El pequeño artículo también dice que la agricultura es una de las principales actividades productivas de la comunidad, pero las imágenes aéreas que existen de la zona muestran campos secos y abandonados. Sí hay cosas sembradas, pero la mayoría son monocultivos, casi todos de maguey. 

Las tomas aéreas están impresas a gran tamaño y en ellas se ve cómo Tlacochahuaya es una tierra prácticamente seca y compactada, y cómo en medio de esos amarillos destacan los verdes que la “Villa Agroecológica Tierra del Sol” ha logrado en más de veinte años. Esa paleta de colores tan distinta es producto de lo que se conoce como agricultura sintrópica. 

Pablo Ruiz Lavalle es fundador del proyecto, que define como “un centro de aprendizaje bioregional, donde se integran prácticas de producción de alimentos orgánicos y regenerativos, pero también diseño hidrológico y una metodología de producción, que se desarrolló en la década pasada en Brasil”. 

“Este tipo de agricultura sintrópica no busca solamente la producción de alimentos —explica Pablo—  sino restaurar las funciones del ecosistema, es decir, la capacidad del terreno para almacenar agua y humedad, volver a establecer los ciclos de los nutrientes, generar la mayor cantidad posible de fotosíntesis y aumentar la diversidad biológica. Como consecuencia de esto, se crean las condiciones para producir alimentos”.

A diferencia de otros tipos de agricultura que solo buscan incrementar la producción, Tierra del Sol plantea que los modelos que han explotado el suelo para buscar la riqueza económica son los que han generado las crisis climáticas y sociales que hoy enfrentamos. 

En lugar de la diversidad y el conocimiento local, la agricultura digital se enfoca en la digitalización de procesos y la inteligencia artificial para incrementar la productividad a menor costo, lo que, según Verónica Villa, investigadora del Grupo ETC, y Pablo Ruiz, aleja a las personas del campo y de la conexión con el suelo. Él enfatiza que la tecnología debe estar al servicio de las necesidades de los agricultores y no suplantar los conocimientos y prácticas locales.

Un ejemplo práctico que pone Verónica Villa para mostrar el desencuentro que existe entre los enfoques de la agricultura es el uso de algoritmos, datos y modificaciones genéticas que crearán solo un tipo de cultivo (como manzanas de un tamaño y forma específicos), que los robots puedan reconocer y cosechar, en detrimento de la diversidad natural que los agricultores locales han cultivado y mantenido a lo largo del tiempo.

Este tipo de cultivos se logra alterando el ADN de las plantas para otorgarles rasgos específicos. La información del suelo y del clima recopilada digitalmente guía a los científicos para editar genes específicos que aseguren la supervivencia de una planta en una región exacta. También existe el fenotipado digital, donde se utilizan cámaras de alta resolución y sensores para medir cómo crecen las variedades genéticamente modificadas en el campo, seleccionando las mejores de forma automática.

La agricultura digital genera volúmenes masivos de datos sobre el suelo, clima y rendimiento. El conflicto está —como ya se señaló antes— en quién posee esa información. Verónica Villa advierte sobre el riesgo de que los datos de pequeños productores sean capturados por grandes corporaciones para controlar mercados o precios. Señala que en una transición ideal, los agricultores deberían tener el derecho de decidir qué información comparten con las plataformas de gestión agrícola y cómo se protegen sus detalles financieros o de producción. 

Uno de los pilares de Tierra del Sol sí es compartir información con la comunidad y con otros grupos y colectivos que trabajan por recuperar la riqueza del suelo y la biodiversidad, pero ahí los datos y la información se comparten en pro de un conocimiento colectivo y de generar vínculos entre las personas, los alimentos, la salud, la tierra, el territorio y todo lo que les rodea. 

Tecnologías de unos cuantos 

Hace 20 años, las cuatro hectáreas que integran Tierra del Sol no se veían como lo hacen ahora. Cuando el terreno fue entregado a Pablo, se cortaron todos los árboles que estaban, bajo el supuesto de entregarle un terreno “limpio”. Ahora luce muy diferente y está dividido en varias secciones: el comedor, la granja, el área de procesamiento de insumos y la zona de cultivos. 

Cambiar los nutrientes del suelo y regenerarlo implicó el trabajo de muchas personas; ahora hay un huerto de temporada y un terreno con hortalizas. La agricultura sintrópica tiene como característica una alta densidad y diversidad, lo que se logra con la plantación de muchas especies juntas (más de 30) en diferentes alturas para maximizar el uso de luz y espacio y, entre otras cosas, el ciclo de la biomasa: poda estratégica de árboles para generar materia orgánica que cubre y nutre el suelo.

Con trabajo de campo, a partir de talleres y voluntariados, Tierra del Sol quiere ser un centro de enseñanza desde la práctica, un ejemplo de cómo volver a vincular a las comunidades de su territorio con los procesos sostenibles que desarrollaron durante cientos de años. Un modelo que va en contra de las promesas que han llegado. 

La agricultura digital, al igual que lo hizo la Revolución Verde, promete mayor productividad y eficiencia a través de la tecnología, pero Pablo argumenta que estas promesas no se cumplen y generan consecuencias graves, como la pérdida de habilidades locales, la concentración del conocimiento y la riqueza en unos pocos actores.

Para Verónica Villa y el Grupo ETC, la concentración de la riqueza y el conocimiento es un punto crucial a tener en cuenta ante la posible llegada de un nuevo modelo agrícola. La dinámica global que ahora marca el mercado de las tecnologías evidencia que están los países de donde salen las materias primas para la infraestructura, y los países de donde salen los modelos y desarrollos. “Es un nuevo orden mundial digital, en donde las infraestructuras y los aparatos le pertenecen a unos cuantos”. 

América Latina se ha convertido en un banco de materias primas estratégicas para el desarrollo tecnológico global, pero sin ejercer control sobre los procesos que realmente agregan valor a esas materias. Según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la región suministra alrededor del 35 % del litio y el 40 % del cobre que se utiliza en el mundo, elementos esenciales para baterías, energía renovable y dispositivos electrónicos. 

En el caso de México, a pesar de que el país cuenta con depósitos de litio, las restricciones para explorar nuevos yacimientos han limitado la potencial participación de la industria nacional en estas cadenas globales. 

Según datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI/WIPO), más del 70 por ciento de las patentes relacionadas con tecnologías digitales, automatización y agricultura de precisión se concentran en países como Estados Unidos, China, Alemania y Japón, donde también se ubican las principales empresas de software, maquinaria agrícola y plataformas de datos. 

A su vez, informes del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) señalan que, aunque la región de América Latina ha visto un crecimiento de startups AgTech, la mayoría se enfoca en la adopción o adaptación de tecnologías existentes, no en el control de la infraestructura digital ni de la propiedad intelectual. Esta asimetría implica que países como México utilizan tecnologías diseñadas bajo lógicas productivas, económicas y ambientales ajenas a sus territorios, lo que limita su capacidad de decidir cómo se digitaliza el campo y refuerza una dependencia tecnológica que también impacta en la soberanía alimentaria y digital.

Transferencia tecnológica y de conocimientos

Para Pablo una cosa es clara: lo de la agricultura no se puede reducir a ganancias monetarias y no es posible medir la riqueza en materia de mejor producción. “Sí es posible incrementar la producción siempre y cuando estés cuidando tu capital natural, tu suelo, tu agua, tu diversidad biológica, tus semillas, tus aves, tus insectos, entonces sí podemos estar hablando de una mayor productividad, pero si todo lo reduces a pesos y centavos, es otra trampa”. 

Tierra del Sol no rechaza la tecnología de forma absoluta. Herramientas como los sistemas de información geográfica o los drones pueden ser útiles cuando se ponen al servicio de las necesidades locales. Por ejemplo, el levantamiento topográfico de un terreno permite modelar el flujo del agua y diseñar estrategias para su infiltración y retención. La diferencia, subraya Pablo, está en el enfoque: la tecnología no debe sustituir el conocimiento campesino, sino dialogar con él.

Si la tecnología y los profesionales se ponen al servicio de lo que requieren los campesinos para producir, sería una manera de resolver los problemas actuales del campo, pero de otra manera es un riesgo, al no saber en manos de quién estarían esos datos, dónde y cómo se almacenaría incluso la información genética de las semillas y de los suelos. 

Por otra parte, si bien desde la academia hay una intención de vincular conocimientos técnicos con saberes campesinos, como lo asegura el doctor Jorge Cervantes Rojas, investigador del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (CINVESTAV) especializado en agricultura de precisión, se trata de un desarrollo tecnológico que avanza, pero en condiciones estructurales adversas. El problema no es únicamente técnico, sino político y económico. 

En el campo mexicano, la incorporación de tecnología ocurre de forma fragmentada. Existen empresas privadas que rentan drones o venden servicios de monitoreo agrícola, y estas prácticas comienzan a normalizarse en ciertas regiones. Sin embargo, Cervantes advierte que esto no equivale a una transformación estructural del sector: “Hay una brecha técnica y tecnológica muy grande entre lo que se está promoviendo y las prácticas reales del campo”. La digitalización avanza como servicio comercial, pero no como un proceso de apropiación tecnológica ni como política pública integral.

Uno de los principales obstáculos es la llamada “transferencia tecnológica”. Aunque los programas gubernamentales apuestan por digitalizar el campo, en la práctica, señala el investigador, no existe en México un ecosistema que facilite esa transferencia. La articulación entre industria, academia y productores rurales sigue siendo débil y descoordinada, lo que dificulta que los desarrollos científicos lleguen al territorio de forma viable.

Desde su experiencia, Cervantes subraya que la tecnología no puede imponerse como una receta universal. “La asimilación tecnológica tiene que venir acompañada de procesos de sensibilización”, afirma. El objetivo de aumentar el rendimiento agrícola no puede desligarse del cuidado ambiental ni del conocimiento campesino acumulado durante generaciones. En ese sentido, el investigador insiste en que el productor no es un usuario pasivo, sino un actor central: “El campesino es quien mejor conoce su cultivo y su campo; muchas veces es quien nos aterriza las soluciones”.

Para revertir esa situación, Cervantes plantea la necesidad de una política de Estado que impulse un ecosistema real de innovación, formación de recursos humanos especializados y colaboración sostenida entre sectores. “La pregunta es si vamos a seguir siendo un país dependiente o si vamos a desarrollar tecnología a nuestro nivel para resolver nuestros propios problemas”.

Las limitaciones que señala Jorge Cervantes sobre la transferencia tecnológica, la falta de articulación entre academia, industria y campo, no solo son técnicas. También tienen que ver con quién entiende, decide y controla el uso de esas tecnologías. 

Mientras tanto, ante la promesa creciente de sensores, drones y algoritmos que reclaman transformar el campo, en Tlacochahuaya se teje la promesa de recuperar las funciones de la vida, que se han perdido por décadas de agricultura extractiva. Y Tierra del Sol demuestra que, antes de hablar de agricultura digital, es necesario hablar de suelo vivo, de campesinos con voz, de saberes que no han sido sistematizados pero que sostienen la producción de alimentos desde hace generaciones. El campo no necesita ser traducido a datos para tener futuro; necesita tiempo, conexión y cuidado. 

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Este esfuerzo ha sido producido con el acompañamiento de Artículo 19 y con el apoyo financiero de la Unión Europea, por lo que el contenido aquí vertido es responsabilidad exclusiva de Anaiz Zamora Márquez y no necesariamente refleja los puntos de vista de la Unión Europea o de Artículo 19.

* Foto de portada: César y Rutilio volando un dron en el campo de Mitla, Oaxaca. Crédito: César Pimentel  

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