El hombre que capturaba tragedias

Crédito: Cuartoscuro

Daniela Rea y Juan Veledíaz*

Metinides, aquel fotógrafo cuya primera imagen publicada a sus doce años fue la de un hombre decapitado por un tren, el mismo niño que hacía posar a asaltantes y asesinos orgullosos de su crimen, aquel hombre que retrataba en el altar de una iglesia las ensangrentadas cartas de amor de una novia suicida, el mismo señor que auxiliaba a las víctimas de un accidente antes de dispararles con su cámara, un excepcional testigo del infortunio a quien le gustaba congelar el rostro de los curiosos que aparecen siempre para rodear a un cadáver en la calle; es decir, Enrique Metinides, un descendiente de inmigrantes griegos, se ha sentado a recordar sus cincuenta años de trabajo en el diario La Prensa, y dice que, si pudiera escoger de vuelta, ya no volvería a ser fotógrafo.

Ahora Metinides está sentado en un sofá de su casa al sur de Ciudad de México mientras sus fotografías son expuestas en galerías de Londres, Tokio y New York. Dice que no viaja en avión porque le teme a las alturas desde que, cuando tenía más o menos siete años, unos muchachos de su barrio lo colgaron con una soga atada a sus pies desde el sexto piso de un edificio en la calle Vizcaínas, en el centro histórico del DF, donde él creció. Dice también que le teme a los incendios, y que en uno de ellos no pudo tomar la única fotografía que iba a torturarlo en su vida, una escena terrible en la que un hombre convertido en tea encendida le imploraba auxilio mientras se quemaba vivo frente a él. El cuerpo de Metinides parece frágil y quebradizo, como el de aquel niño que recuerda de sí mismo y que se comprueba en sus fotos familiares de entonces, y en él dice guardar en forma de cicatrices y fracturas una parte de sus odiseas acumuladas durante ese medio siglo de su vida en que fotografió noticias de tragedias y muertos. Las enumera en voz alta como para que quien lo escuche no se quede con dudas de que es una leyenda: siete costillas rotas, un infarto, una luxación de cuello, una veintena de accidentes automovilísticos, una herida en la cabeza, un dedo fracturado.

El fotógrafo tiene unas manos tan pequeñas que desaparecen al momento de saludar a quienes lo visitan: Metinides es de baja estatura, delgado y luce una calvicie que lo acompaña desde joven, un hombre en apariencia contrahecho para la frecuente dureza de la que fue testigo en su vida. Hoy, septuagenario y desempleado, Metinides tiene una mirada rojiza por la vista cansada, pero advierte que nunca usó anteojos de aumento para fotografiar los casi doscientos accidentes aéreos de los que fue testigo luego del desastre. Ahora su rostro está atravesado por un rictus de amargura, como si él mismo se hubiese convertido en un retrato de su propia memoria. Ese aire de amargura se siente más cuando cuenta su vida épica y se ve estafado porque cree que su trabajo no ha sido reconocido como se merece. Ahora, en la sala de su casa, ubicada junto a una gasolinera, de esas que tantas veces tuvo que retratar en llamas, Metinides se queja de cómo sus compañeros le escondían sus películas fotográficas, cómo sus jefes saturaban su día para agotarlo, cómo la gente pasaba la página sin reparar en sus fotografías, las que hacía, según él, con la intención de convencer a un espectador de que la vida es siempre un accidente a punto de ocurrir.

Porque si pudiera, dice Metinides, no volvería a ser fotógrafo. De niño quiso ser piloto de avión, pero ese traumático miedo a las alturas. Ahora, si pudiera, escogería tener un negocio cualquiera, como un restaurante, que le dé el dinero para vivir y el tiempo para hacer su vida más allá de la cámara y los accidentes. Es lo que piensa desde que está desempleado, y le cuesta trabajo encontrar una escena de su vida sin sangre ni adrenalina. Cuando lo intenta, platica de las comidas familiares durante los días que le tocaban de descanso, aunque siempre estuviese acompañado por un radio de frecuencia policíaca en ristre. Metinides retrocede aún más en su historia y cuenta de los paseos con sus padres al bosque de Chapultepec, a esa misma edad en que se escapaba sin permiso al edificio de la Cruz Roja con su cámara, una Brownie junior de fabricación alemana que le había regalado su padre cuando cerró su tienda donde lustraban zapatos y vendían desde dulces hasta artículos de fotografía para abrir un restaurante muy cercano de la comisaría de policía en la colonia San Cosme, en aquel entonces, uno de los barrios señoriales edificados en el norte de la ciudad. Sin presentirlo, su vida empezó a ser una convivencia con policías, bomberos, paramédicos, heridos y muertos.

Ahora Metinides se acaba de enterar de que en México habrá una exposición mundial de fotógrafos y que él no ha sido invitado. Dice que a veces se siente olvidado: vive solo en un departamento con tres habitaciones en la avenida Revolución, y quién sabe si por eso ha poblado las paredes de su casa con colecciones de máscaras de arlequines, ranas de cerámica, películas de gangsters y de acción, y más de tres mil coches de bomberos y ambulancias en miniatura. De vez en cuando se empeña en organizar los catorce mil negativos que asegura conservar en su archivo. Dice que los otros cincuenta mil se lo quedó la administración de La Prensa, el diario al que le dedicó cincuenta años de su vida, cuando lo despidieron con la llegada de una nueva administración.  Parece como si no tuviese una vida qué contar sin una cámara por delante. Desde que fue jubilado de La Prensa, ese diario popular y amarillista de toda su vida, Metinides no ha dejado de fotografiar aunque ya no a la muerte: ahora trabaja en una serie de retratos de su nieta, los que exhibe en la sala de su casa.

* * *

Un día de finales de 1979, Metinides pidió a la policía que obsequiara a los fotógrafos de prensa una camioneta Ford, que había sido abandonada en un estacionamiento de la antigua Dirección Federal de Seguridad. Los reporteros gráficos acondicionaron el vehículo con una torreta sobre el toldo, un radio de servicios de emergencia y una sirena. La vistieron de rojo con blanco, como las ambulancias, y le pintaron la clave «R11», R por reporteros y 11 porque en las claves de la radio frecuencia policíaca era la señal para identificar a los periodistas. Metinides también heredó al naciente grupo de reporteros gráficos las claves de frecuencia de emergencia que había inventado él para ahorrar tiempo de respuesta y codificar palabras que podían lastimar a los familiares de las víctimas. Treinta años antes, en 1949, Metinides había sido el primer fotógrafo de prensa en acudir a los rescates a bordo de una ambulancia en la que acompañaba a los paramédicos de la Cruz Roja. De algún modo esas primeras fotografías de Metinides llamaron la atención por su modo de concentrar el infortunio de la gente. Había en ellas cierto parentesco con las imágenes de Luis Buñuel en su película «Los olvidados», en la que retrató los rostros de una vida a menudo sin esperanza en la periferia urbana de Ciudad de México.

Cuando esas fotografías empezaron a cautivar a los curiosos de las contraportadas de La Prensa, esos que compraban el diario para mirar las desgracias de las que se habían salvado, los jefes de las demás salas de noticias enviaron a sus reporteros gráficos a cubrir los sucesos con aquel grupo de rescate. Los fotógrafos fundaron la oficina de prensa junto a la sala de control de radio de los paramédicos, y la bautizaron «Enrique Metinides», como se leía en una placa de latón con su nombre escrito junto al de los otros reporteros fundadores. «¿Es la nota roja una gran novela colectiva?», se pregunta el ensayista Carlos Monsiváis. Si lo es, ésta gran novela colectiva tuvo de protagonistas a aquel legendario grupo de Los Once, esos fotógrafos de noticias policíacas que se reunían en las oficinas de la Cruz Roja para dar cobertura a los accidentes de la ciudad. Desde 1979 hasta principios de 2001, aquella ambulancia de la R11 se abría paso por las calles de Ciudad de México con aquella banda de fotógrafos de crímenes y accidentes.

La ambulancia de la R11 no escapó del azar con que el destino suele escoger a sus víctimas. Al menos una media docena de veces sufrió accidentes que al día siguiente ocupaban la portada de los diarios con titulares típicos como «Gajes del oficio». La R11 no sólo circulaba con urgencia por las calles del DF: también llegó hasta el puerto de Acapulco para la cobertura de un huracán, por decisión unánime de sus pasajeros. La R11 no sólo transportó fotógrafos: también trasladó a víctimas de accidentes cuando llegaba antes que la ambulancia. Los fotógrafos las atendían con conocimientos de primeros auxilios aprendidos en la Cruz Roja. Un día de 2001, Metinides recibió una llamada telefónica de uno de los fotógrafos para avisarle que la placa de latón con su nombre había sido retirada de la sala de prensa y que estaba a punto de ser arrojada a la basura. Hoy Metinides la conserva en la misma habitación donde guarda sus colecciones de miles de miniaturas.

Como todas las leyendas vivientes, de Metinides se ha contado casi todo: que «no se limita a mostrarnos la apariencia del destino, sino que además nos enseña a reconocerlo», escribe Geoff Dyer, en el prólogo de la exposición que de Metinides se presentó en la Photographer’s Gallery de Londres; que sus ojos «entendían a profundidad el corazón humano, su nobleza y su corrupción», según el crítico de arte Gabriel Kuri; que era muy celoso de su vida privada y que «en los treinta años que trabajamos juntos nunca habló de su familia», dice Carlos Peláez, quien archivaba sus negativos en el diario La Prensa, donde Metinides publicó aquella primera fotografía de un hombre decapitado por un tren en Tlatelolco; que «era un tipo al que le gustaba trabajar en solitario, a diferencia de nosotros, y sólo permitía la compañía del radio de frecuencia policíaca, hasta cuando dormía», dice Martín Celaya, su colega durante sus últimos años de servicio.

Crédito: Cuartoscuro

Antes de dedicarse a fotografiar escenas de homicidios y accidentes, Martín Celaya fue corista de ópera en el Palacio de Bellas Artes. Lo cuenta un sábado por la tarde en un café del centro histórico de México, adonde ha llegado después de ganarse unos pesos extras siendo fotógrafo de un bautizo. A sus cuarentitantos años, Martín Celaya habla con la voz pausada de un maestro que explica una lección difícil, y tiene un cuerpo delgado salvo por su barriga, que delata cierta mala nutrición de los periodistas de crónica roja, unos esclavos de la urgencia y el azar que suelen comer en el instante y el lugar que la sucesión de tragedias les permite. Tal vez por ese pasado de corista de ópera podría parecer normal que tararee piezas de Mozart o Mahler mientras retrata accidentes y crímenes. Pero no las tararea por gusto o por costumbre sino porque tiene miedo: Celaya se ha creado una banda sonora para refugiarse de los sucesos a los que asiste cada noche.

Cada nota musical que repasa es como una cortina que deja caer para aislarse de todo sonido externo, incluso de las sirenas de auxilio. Hasta su voz suena firme cuando dice que canta para protegerse de la tragedia, como un día en que llegó a la carretera de México a Querétaro, rumbo al norte del país, para retratar un accidente de dos camiones que transportaban combustible de avión. Celaya recuerda que ese día estuvo frente a los cadáveres quemados de ambos choferes, los cuales lucían unos dientes desnudos, sin labios ni mejillas que los ocultaran. «Eran dos muertos que me miraban sonrientes», dice, y frente a ellos, lleno de miedo, el fotógrafo recuerda haber tarareado el Lacrimosa de Mozart: «Sanctus sanctus sanctus dominus deus deus sabaoth pleni sunt caeli et terra gloria tura gloria tura».

Celaya dice que un fotógrafo de nota roja se acostumbra a todo, incluso hasta a la vida. Dice que la mayoría de las veces no tiene miedo porque, al llegar al lugar de los hechos, la muerte ya se fue y no queda más que su estela. Aquella tarde frente a los dos hombres calcinados, Celaya volvió a tener miedo después de mucho tiempo: la última vez había sido cuando estaba en el Ejército, y en una comunidad de la sierra de Chiapas vio el cadáver de un presunto violador con un palo enterrado desde el ano hasta la garganta. Para él, tener miedo mientras retrata muertos es sólo la confirmación de que está vivo. Al propio Metinides le costó convivir con el miedo: hubo instantes en que lo inmovilizó, como en ese día, cerca de los cincuenta años de edad, cuando buscó capturar el mejor ángulo de un suicida en lo alto de un barranco y listo para lanzarse. Metinides había llegado hasta ese lugar, en una zona de montañas sobre la carretera de México a Toluca, y descendió por el acantilado de rocas para poder captar el instante en que se iba a lanzar. Sólo al terminar de disparar su obturador, se dio cuenta de que estaba parado en la orilla de un profundo precipicio. Volvió a sentir ese temor infantil a las alturas y los rescatistas tuvieron esa vez que bajar a rescatarlo a él. Esa noche, recuerda Metinides, lloró en el silencio de su habitación.

* * *

Metinides intentaba acercarse al lugar de una tragedia con la mirada clínica e impasible de un médico forense, y así evitaba quebrarse mientras hacía su trabajo. Cuando regresaba a casa, recuerda que, a veces, lloraba sobre su cama hasta quedarse dormido. ¿Qué pasa por la mente de un fotógrafo cuando se enfrenta a una tragedia? «La sangre y el muerto son indispensables en una foto. No se necesita más para aliviar la desgracia de los vivos», dice Bernardo Reyes, El Padrecito, un hombre de la vieja guardia de reporteros gráficos de México, quien colecciona sus fotografías de manos de mujeres muertas, las que, según sus compañeros, El Padrecito leerá para adivinar su pasado y escribirlo, como lo ha hecho con las historias de las mujeres con quienes se ha acostado. «No podemos cargar muertos ajenos en la espalda. Necesitamos reír porque si no nos da esclerosis», dice Lázaro González, un veterano colega de Metinides, para explicar por qué los fotógrafos pueden reírse de cómo a unos bomberos se les revienta la manguera de agua mientras las víctimas del incendio lloran al lado de ellos. «La ciudad está enferma de ambición, desesperación y soledad. Y todos estamos tensos esperando que lleguen las malas noticias», dice Jaime Llera, El Verde, un reportero gráfico de la última generación de Los Once, quien dice conocer todas las formas de muerte, incluso la suya, como cuando –mientras cubría la visita del Papa Juan Pablo II a México– fue atropellado por un camión y sobrevivió, o como cuando intentó suicidarse luego de haberse separado de su mujer. «Quizá el público se vuelve hacia el fotógrafo con la esperanza de que éste pueda explicar por qué ocurren las tragedias», dice Geoff Dyer, aquel escritor y crítico de fotografía que presentaba el catálogo de la exposición de Metinides en Londres.

Un día de su descanso laboral, un fotógrafo conocido como El Tucán fue a ver cómo trabajaban sus compañeros en una jornada cualquiera. Se dio cuenta de cómo suelen apuntar a un cadáver sin percatarse de las historias que ocurren a su alrededor. Una de ellas fue la de un paramédico que, a mitad de una emergencia, se peleaba con su novia por el teléfono celular. Un fotógrafo de crímenes y accidentes suele inmiscuirse en la escena sin darse tiempo para mirar a su alrededor, mientras sus colegas cronistas esperan la llegada de los policías para reconstruir el suceso y en ocasiones conformarse con publicar una versión oficial. Fue esa mirada oblicua la que cultivó Metinides desde niño, gracias a esas películas de gangsters de las que, según él, aprendió a mirar en contexto, es decir, a reparar en todos esos mirones que se convierten en protagonistas del instante. Recuerda que, antes de cumplir diez años, prestaba especial atención a los pasajes de ejecuciones que veía en los filmes de James Cagney o Humprey Bogart y que años después él intentaría al retratar un homicidio.

Sus ojos, dice Metinides, miraban en planos abiertos, casi siempre con un gran angular implícito que enfocaba los enigmas de un detalle. Cuando no existían lentes de acercamiento, Metinides utilizaba un truco: quitar el lente de la cámara y colocarlo al revés. «Funcionaba hasta para retratar hormigas», dice él. El fotógrafo miraba una historia y no a un muerto. Metinides recuerda que sus compañeros de la R11 lo acusaban de tener un pacto con el diablo: una vez, por sueños, advirtió el desplome de un avión de la empresa Petróleos Mexicanos en la periferia de la ciudad y el incendio de unas chozas al oriente de su centro histórico. Sus ex compañeros de ambulancia dicen que hubo una época en que se iba a dormir con el radio de frecuencia policíaca, y que, al lado de su cama, sobre una silla, Metinides colocaba una muda de ropa y unos zapatos preparados para cualquier emergencia. No recuerda en qué momento de su vida comenzó a soñar con incendios y accidentes que sucederían días después. La frecuencia de esos sueños premonitorios lo obligaron a consultar a una vidente, quien le explicaría la naturaleza de ese don. Sobre el terreno, según Metinides, aprendió a tomar en cuenta algo que le pulsaba desde adentro, como una voz interior que le decía que saliera de una fábrica a punto de derrumbarse, o de un incendio en el que presentía que iba a haber una explosión. «Hasta ahorita no entiendo», dice él.

Ahora, cuando las verdaderas ambulancias de la Cruz Roja pasan por la avenida Revolución, por la puerta del actual departamento de Metinides, hacen sonar sus sirenas a manera de saludo. Pero él insiste en quejarse de que, cuando lo jubilaron del diario La Prensa, se quedaron [O: le robaron] más de la mitad de los negativos que había registrado durante cincuenta años y que no tiene derecho sobre ellos. Ésa es parte de la cara de amargura de Metinides. Y también parece ser el destino normal de los reporteros gráficos que dedicaron su vida a ser testigos de lo que quedaba de una tragedia, y acabaron como los boxeadores, noqueados y sin derechos de autor, fotografiando escenas de bodas y quinceañeros para ganarse la vida, una cruel ironía para quienes retrataron crímenes y accidentes. «Hasta ahorita no entiendo», podría decir Metinides. Pero por ahora se ha levantado del sofá de su departamento a continuar alerta y despierto.       

*Este texto se publicó originalmente en la revista Etiqueta Negra, en el año 2006, y fue editado por Julio Villanueva Chang.

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