Sostener la vida; el retroceso que trajo la pandemia

Daniela Rea

Es un sábado cualquiera del otoño del 2021. Rosa trapea las  escaleras de un edificio de vivienda en el centro de la Ciudad de México. Un vecino baja con su mascota, Rosa se hace  a un lado, se recarga sobre el palo del trapeador, se saludan  indiferentemente y la suela de sus tenis queda marcada en el  piso recién limpio. Rosa resopla, se acomoda los audífonos,  saca su celular de la bolsa del pantalón y elige una canción  de One Direction. Lo guarda y pasa el mechudo sobre las  pisadas. 

A lo largo de la mañana, mientras Rosa barra y trapee  los cinco pisos, los 124 escalones del edificio, la escena  se repetirá con algunas variantes. Los vecinos bajarán y  subirán con su mandado, con sus mascotas, con su bicicleta o caja de herramientas. Rosa se hará a un lado y volverá  a lo suyo. 

Una y otra vez, todos los sábados del mes. 

Rosa es una joven de 17 años que hasta hace 14 meses estudiaba el segundo semestre de preparatoria; era la primera  persona de su familia en lograr acceder a ese nivel escolar.  

Pero llegó la pandemia y, como 5.2 millones de estudiantes de educación básica y media superior, Rosa abandonó el salón  para cuidar a sus hermanas menores que también se quedaron sin salón de clases. Ni siquiera terminó el ciclo escolar  2019-2020, pues no tenía internet en casa para responder  las tareas y exámenes que le dejaron. Ahora que el ciclo escolar 2021-2022 inició, en algunas escuelas con clases presenciales, Rosa no se inscribió: pesan más la necesidad de  cuidar a una de sus hermanas que sigue tomando clases  en línea, la urgencia del dinero, la inercia de la cotidianidad,  la inseguridad personal que siente para remontar. 

La pandemia trajo un retroceso para Rosa y cientos de  miles de mujeres más que tuvieron que posponer su vida  para garantizar la sobrevivencia, ya sea cuidando hijos, hermanes, madres o padres, ya sea trabajando extra para  completar el ingreso de casa, ya sea multiplicando turnos.  Las mujeres estamos ahí para responder cuando sea necesario, con tiempo, con cuerpo, con capacidad logística. Cuando hay una crisis, una emergencia, cuando hay que resolver la  vida cotidiana, escribieron Griselda Franco Piedra, Estefanie Hechenberger Zavaleta, Ana Heatley Tejada y Luz  Rodea Saldívar en el artículo “Trabajo de cuidado, desastres y género” publicado en octubre de 2021 en la Revista  de la Universidad

Las mujeres ponemos el cuerpo afuera cuando hay que  completar el gasto, las mujeres ponemos el cuerpo adentro  cuando hay que ahorrar o suplir en trabajos de cuidado. 

Rosa es una joven a quien le gusta verse bien. Tiene el  cabello largo y teñido de colores morado y verde, que se recoge en una coleta mientras hace el aseo, pero antes de salir a la calle, de vuelta a casa, se lo cepilla y lo deja suelto hasta  

la cintura. Viste unos jeans blancos, impecables, y sus tenis  verde pastel combinan con la sudadera del mismo color.  

Ella sería la primera mujer, la primera persona de su familia  que lograría terminar la preparatoria. Su mamá, trabajadora  doméstica, se quedó en tercero de primaria, y su papá, albañil, en segundo de secundaria. Terminar la prepa es una ilusión. Quiere hacerle ese regalo a su mamá, quien ha sido  su único sostén. Su padre las dejó y aparece ocasionalmente  para chantajear con que lo hayan olvidado o para reclamar  si se entera de que su madre sale con algún hombre. Rosa  iba bien en la escuela, quería acabarla y luego convertirse en  enfermera o abogada. 

Pero con la pandemia tuvo que dejarla y convertirse  en mamá de sus hermanas pequeñas; después, ya no hubo  vuelta atrás, y cuando volvimos a salir de nuestras casas tras los primeros meses de confinamiento, Rosa salió a buscar un  trabajo. Por hacer el aseo de las áreas comunes de un edificio de cinco pisos (escaleras, vidrios de puertas y ventanas,  azotea), Rosa recibe un pago de 350 pesos. Una quinta parte  se le irá en el transporte de ida y vuelta y algún antojo si le gana el hambre antes de llegar a su casa en Los Reyes, La  

Paz, a dos horas y media de distancia. Rosa no tiene seguridad social aunque trabaje. En México, de todas las personas  que tienen un empleo, menos de la mitad cuenta con este  derecho. 

Las mujeres cuidamos. Y la pandemia trajo consigo la  sobrecarga de trabajos de cuidados sobre nosotras. Aún no  existen estudios, encuestas, datos que nos permitan saber qué  tanto impactó en el cuerpo y en la vida de las mujeres este  tiempo de encierro y recesión económica; menos sabemos  los efectos que permanecerán aunque volvamos a salir a las  calles, pero hay algunas advertencias de ello. Según una  encuesta que la Secretaría de las Mujeres de la Ciudad de  México aplicó a sus empleadas en julio del 2020, el trabajo  de cuidados habría aumentado 32% para ellas. En el año 2019, antes de la pandemia, las mujeres de México dedicábamos 67% de nuestro tiempo semanal a los trabajos no  remunerados dentro del hogar, frente a 28% que, de su  tiempo, dedicaban los hombres. Es decir, las mujeres invertíamos más del doble de nuestro tiempo en cuidar, cocinar, limpiar, organizar la vida en el hogar, según la Encuesta  Nacional sobre Uso del Tiempo de los Hogares de 2019  del Inegi. 

La pandemia, el confinamiento, implicó de un momento a otro el aumento de estas horas de trabajo. En los hogares con hijes de pronto las mujeres nos convertimos en  profesionistas, cuidadoras, cocineras, maestras. El trabajo profesional, el trabajo doméstico y la escuela de les niñes  sucedían de manera simultánea y en el mismo espacio: la  cocina, la sala, la mesa del comedor, la pantalla, el puesto  de trabajo en la calle. Y no sólo para mujeres madres, sino  también para hermanas mayores, como Rosa, que se convirtió en “mamá y maestra” de sus hermanas de 13 y 10 años  de edad. 

Y así como Rosa dejó la escuela, Celene dejó el trabajo  para cuidar a su hija que se quedó sin escuela. Y cada una de  nosotras actuamos de alguna manera para que el mundo no  se derrumbara afuera y adentro de nuestros hogares. Pero  la pandemia no generó una crisis de cuidados, sino que aceleró esa crisis de la que las feministas nos habían advertido hace décadas cuando hablaban de la contradicción del mundo capitalista y la reproducción de la vida. 

Una década de retroceso 

La cepal, en el informe “La autonomía económica de las  mujeres en la recuperación sostenible y con igualdad”, publicado en febrero de 2021 y en el cual revisa el impacto de la pandemia con perspectiva de género, refirió que esta  crisis dejó un retroceso de más de una década en los avances  logrados en participación laboral de las mujeres. En 2020,  explica el estudio, se registró una contundente salida de  mujeres de la fuerza laboral, quienes, por tener que atender  las demandas de cuidados en sus hogares, no retomaron la  búsqueda de empleo: 54% del total de las mujeres mayores de 15 años de la región no tenían trabajo remunerado,  frente a 31% de los hombres. 

En México antes de la pandemia la exclusión laboral tenía rostro de mujer: de los 7.1 millones de personas que no tenían trabajo —y lo estaban buscando— 75%, es decir 5.4 millones, eran mujeres. Por cada hombre que estaba excluido del trabajo, había tres mujeres en esa situación. 

Para el tercer trimestre del 2020 la exclusión del campo  laboral ascendió a 8.7 millones de personas, 1.6 millones más  que antes de la pandemia. De este total, casi un millón de  nuevas desempleadas eran mujeres. Para el primer trimestre del 2021, es decir, un año después de que iniciara el confinamiento por la pandemia, hubo una recuperación de personas  ocupadas comparado con el final del año 2020, y la exclusión laboral que se registró fue de 5.7 millones de personas.  

En un corte de caja entre el primer trimestre del 2020 y el  primer trimestre del 2021, 300 mil mujeres no volvieron a tener un trabajo remunerado, según cálculos realizados por  el Centro de Estudios Espinosa Yglesias a partir de las estadísticas del Inegi . Las razones que dieron las mujeres excluidas del mercado laboral estaban relacionadas al género: no  tener permiso de su pareja, el embarazo y el cuidado de hijos  o personas dependientes; mientras que en los hombres las razones fueron las largas jornadas laborales y el poco sueldo,  la falta de conocimientos y habilidades y la edad. 

Este primer corte anual después de la pandemia, escribió Roberto Vélez Grajales en un análisis publicado en la revista Gatopardo en febrero del 2021, sobre el impacto laboral de la pandemia, nos confirma que las mujeres padecen  mayor exclusión laboral y la crisis económica impactó especialmente a aquellas que están en plena edad productiva. 

Celene tiene 29 años y dos hijas de 5 y 1.5 años. Ella y su esposo, con quien lleva siete años de casada, viven en Querétaro, una conservadora ciudad del centro del país. Antes de la pandemia su esposo tenía su propia empresa de mantenimiento industrial y Celene trabajaba por su cuenta  con una microempresa de decoración de fiestas. En enero  del 2020 parió a su segunda hija, y cuando pensaba regresar a la preparación de eventos, llegó el confinamiento.  

Ella y su esposo se quedaron sin ingreso y decidieron que Celene aceptaría el primer trabajo que saliera y él se quedaría en casa a cuidar a las niñas y esperar para reabrir su empresa. 

En este nuevo modelo de familia —familia neoliberal—,  refieren las académicas Patricia Rea Ángeles, Verónica Montes de Oca Zavala y Karla Pérez Guadarrama, “la mujer es la principal o una de las principales proveedoras económicas y de cuidados”, y esto implica que sean ellas quienes lleven a cuestas el sostén de las familias, ligado a su propio cuidado y al de otros y a su propio deterioro como mujeres que envejecen. Y si bien los hombres poco a poco se integran a las labores de cuidado, empujados por la exigencia de las mujeres sobre la democracia al interior de los hogares, o por   su propio desempleo, se trata de un proceso paulatino, gradual y forzado por el nuevo sistema económico global. 

En octubre del 2020 Celene encontró un puesto en una  comercializadora de harinas de origen animal. Su jornada  era presencial y le pagaban 15 mil pesos libres al mes. Las primeras semanas, cuando el trabajo de su esposo aún escaseaba, pudo organizarse con la inversión de roles: ella proveía, él cuidaba. Poco a poco, conforme la vida se reactivaba  tras los primeros meses del confinamiento, la empresa de  mantenimiento industrial de su esposo empezó a remontar  y él ya no tenía tiempo para cuidar a sus hijas. Celene pidió permiso para hacer home office y repartirse, entre ambos, el  cuidado y trabajo de casa. Sus días se volvieron muy intensos: comenzaba a las 6 de la mañana frente a la computadora a avanzar pendientes, aunque el horario laboral iniciaba  a las 8. “A esa hora ya tenía resuelto todo, le ganaba al trabajo para poder amortiguar, que si quiero ir al baño, que si atender a las niñas, la comida. La hora de la salida era a las 5 de la tarde, pero yo me seguía en la noche, después de dormir a las niñas, por si quedaba algún pendiente, o adelantaba el trabajo del día siguiente”.  

Las horas quitadas a la noche y a la madrugada no fueron  suficientes. El trabajo de ambos fue en aumento. “Él decía que no podía seguir cuidando a las niñas porque  tenía que estar tiempo completo en su trabajo y tampoco  teníamos quien las cuidara.” Hicieron cálculos y, a la hora  de ponderar entre el desarrollo profesional de él o de ella,  ella volvió a la casa a dedicarse de lleno al hogar. “Y pues  tomamos la decisión de que yo tenía que dejar el trabajo porque no tenía con quien dejar a las niñas […]. Él se dedicó de lleno a remontar su empresa y yo tuve que dejar el  puesto. Me puse contra la espada y la pared, y al no tener  apoyo en mi trabajo no me quedó más que dar las gracias  y dedicarme a las niñas.” 

Desempleada, Celene volvió al trabajo del hogar y del cuidado, y, además, ayudó a su esposo con la parte administrativa de su empresa personal, llamadas, mensajes, juntas,  citas. Sin goce de sueldo. Los datos de la cepal y del Inegi dibujan sólo una parte  del problema. Las estadísticas sobre el desempleo femenino siguen mirando el mundo desde la lógica de que la incorporación de las mujeres al mercado es la solución del problema. Pero, como afirman las economistas feministas Silvia  Federici, Mariarosa Dalla Costa, Antonella Picchio, Verónica  Gago y Lorena Navarro, los cuerpos de las mujeres nos cuentan otras historias: mejorar algunos índices económicos (la  rehabilitación del empleo, por ejemplo) no significa que la vida de las mujeres mejore porque seguirá habiendo impactos negativos. La pandemia sólo ha visibilizado todas las  contradicciones de un sistema económico que se construye sobre y a partir de las desigualdades de género. 

Desde el feminismo aprendimos que la paridad de salario o el estar “ocupada” no es una panacea; es sólo lo que  Celia Amorós llama la política de “tierra quemada”: cuando no hay un cuestionamiento de las relaciones de desigualdad entre mujeres y hombres, los derechos que adquirimos están vacíos de contenido y el empleo deja de ser una fuente  segura de ingresos y derechos sociales. 

El concepto de tierra quemada viene de una política militar, también llamada tierra arrasada, que consiste en destruir en un territorio todo lo que pueda serle útil a un enemigo: originalmente campos sembrados de cereales y otros  alimentos, pero también refugios, hospitales, transporte. Las  mujeres que ingresamos al mercado laboral lo hacemos en  un campo de tierra quemada, donde las desigualdades de  género no se cuestionan, pero también —y quizá más grave  aún— donde ya no existen derechos, no existe seguridad  social, menos conciliación laboral. 

Celene dejó un trabajo de 15 mil pesos, y haciendo cálculos,  su trabajo en casa equivale a eso: la guardería de la niña  pequeña, el pago a quien las cuidara en la tarde, el transporte escolar, el trabajo de quien limpiara la casa y cocinara. ¿Equivale realmente a eso? ¿Se trata sólo de acomodar  unos números aquí, unos cuerpos allá? Emanuela Borzacchiello, académica feminista, doctora en Ciencias Políticas  por la Universidad Complutense de Madrid, dice que los datos, los números, nos cuentan que el problema es la diferencia salarial de hombres y mujeres y la expulsión del mercado laboral de las mujeres en tiempo de crisis. Pero ¿la vida cotidiana de las mujeres qué historias nos cuenta? “Las economistas feministas nos enseñan que el trabajo  de las mujeres está infravalorado no sólo en términos de valor monetario, sino también en tiempo y en estadísticas  laborales. Ganamos menos, trabajamos más y casi nunca aparecemos en las estadísticas laborales. Los datos oficiales cuentan ‘las ocupadas y las no ocupadas’. ¿Qué no cuentan estas variables?”, insiste. 

A través de la pregunta de Emanuela trato de tejer una  conversación con Celene y con Rosa. No sólo es el desempleo, la falta de independencia económica, de desarrollo profesional, de abandonar la escuela, de precariedad laboral. “Cuando tuve que dejar el trabajo me sentí frustrada y no sabía qué hacer”, me responde Celene cuando le pregunto qué significó volver al hogar. “Como que la parte de mi ser mujer, ser Celene, mi personalidad activa, mi deseo  de trabajar, de tener contacto con más gente, sentirme útil  y que aporto, esa parte de mí decía: ‘Yo sí quiero seguir  trabajando, yo sí quiero seguir aquí, me gusta lo que hago, me encanta mi trabajo’. Pero veía a mis hijas y ellas me necesitaban, era prioridad. Buscamos muchísimas opciones  y no encontramos.” 

Celene y yo hablamos por teléfono a lo largo de un mes. Todas las conversaciones que tendremos se pospondrán eventualmente, y cuando sucedan, será en las noches, mientras prepara la cena o alista la jornada del siguiente día. Las llamadas terminarán abruptamente cuando sus hijas —o las mías— lancen el grito de emergencia: una caída, un pleito, el hambre. 

“Lloré cuando tomé la decisión. Me dije a mí misma: ‘Va  a ser temporal y esto pasará y podré regresar’. Sigo esperando eso.” 

Nuestros cuerpos sufren, se enferman, viven constantemente bajo explotación porque vivimos en una lógica económica que exige que haya trabajos invisibilizados, sin acceso a la ciudadanía, demasiados precarizados, que reciban  una remuneración mísera. 

Hoy en día con la pandemia —y más allá de ella— lo que se vuelve visible no es sólo la expulsión de nuestros cuerpos del mundo del trabajo, sino que la sostenibilidad de la vida es inalcanzable cuando vivimos en un sistema económico cuyos pilares y centro de atención no son los cuerpos  y la tierra, sino los flujos monetarios y la creación de valor  de cambio. 

Sostener la vida 

Lourdes es la madre de Rosa y es trabajadora doméstica.  Cada día de la semana va a limpiar y cocinar a una casa  distinta. Con el confinamiento, la mitad de sus empleadores  la despidieron. La cepal calculó que, pese a la evidente importancia del trabajo de cuidados con la pandemia, el trabajo doméstico remunerado cayó en México 33.2%, es decir,  una de cada tres mujeres (porque 80% de quienes se desempeñan en esta área en México son mujeres) que trabajaban  en el sector perdió su empleo, como Lourdes. 

Lourdes, Rosa y sus hermanas viven en un pequeño  cuarto en obra negra, ubicado en una azotea en las afueras  de la Ciudad de México. El espacio es pequeño, pero tienen una gran terraza: si miran hacia el poniente, se ve la mancha  urbana, casi siempre bajo una nata de esmog; si miran  hacia el oriente, se ven los últimos cerros no habitados en  la zona, sin árboles pero verdes, con esas hierbas y flores silvestres que reaccionan a las primeras lluvias. Ahí les gusta  descansar la mirada cuando vuelven de cruzar de un extremo a otro la ciudad, amontonadas en el transporte público, expuestas al contagio. 

En el país, 90 millones de personas mayores de 12 años  realizan trabajos domésticos y de cuidados en sus hogares sin recibir remuneración. Del total de las horas que se dedican a los cuidados de los miembros del hogar, 71% son  realizados por mujeres. ¿Quién cuida y cómo cuida? ¿Es esto  solidaridad familiar o abuso del trabajo de mujeres? 

Como Rosa nos enseña, las mujeres empezamos a trabajar antes que los hombres: cuando somos niñas, cuidamos la  casa, a les hermanes menores. Cuando crecemos y entramos  en el mundo del trabajo asalariado, el trabajo doméstico no  se elimina, sino que se transforma en una condición de vida   que limita nuestras posibilidad de participación en cualquier ámbito de la vida pública y política. Cuando salimos de casa  y logramos estudiar y convertirnos en profesionistas, los empleadores prefieren mujeres solteras, porque tienen mayor rendimiento, no tienen las “cargas” de la maternidad y pueden hacer con más facilidad trabajo extraordinario cuando  la empresa lo requiere. 

¿Se puede medir el valor de nuestro trabajo que por siglos fue invisibilizado? Sí. En México el trabajo de cuidados  no remunerado equivale a 22.8% del pib, según cuentas del  INEGI. El trabajo de cuidados supera a cualquier otra actividad económica en el país. Por ejemplo, el sector comercio  aporta 18.6% del pib; la industria manufacturera, 17.3%; servicios inmobiliarios, 9.7%, y construcción, 7.1 por ciento. Y eso no es todo: en la última década, el trabajo de cuidados aumentó su valor en la generación de riqueza del  país en 5%, al pasar de 19.3% en el 2008 a 22.8% en el 2019.  Cifra que seguramente será mayor por el aumento del trabajo de cuidados no remunerado que trajo consigo la pandemia. En un intento por cuantificar, medir nuestro trabajo  de cuidados, el Inegi calcula que “cada persona participó en  promedio con el equivalente a 44507 pesos anuales por sus labores domésticas y de cuidados”. Pero, al desagregar este monto por género, vemos que nuestro trabajo tuvo un valor  equivalente a 62 288 pesos, mientras que el de los hombres  fue de 24289 pesos, es decir, aportamos económicamente  2.56 veces más. Y si continuamos con las intersecciones, y al  género le agregamos el nivel socioeconómico, el abismo se hace más grande: las mujeres del decil más bajo contribuyeron con 68041 pesos en promedio al año; mientras que las  mujeres del decil más alto aportaron el equivalente a 56 507  pesos en el mismo periodo. 

Lourdes, la madre de Rosa, comenzó a trabajar a los 9  años de edad, cuando su madre salía a limpiar a casas ajenas  y ella se quedaba cuidando a sus otros cinco hermanos menores. Por eso tuvo que dejar la escuela primaria. A Lourdes le duele particularmente que, pese trabajar toda su vida  todos los días de la semana, no haya podido romper el  círculo de pobreza con sus hijas, no haya podido evitar que,  al menos su hija mayor, siga sus pasos: dejar la casa, cruzar la  ciudad, para limpiar otras casas, alimentar otras bocas, calmar a otres hijes. Rosa dejó la escuela para, también, cuidar  a sus hermanas menores a raíz de la pandemia. 

Aleida Hernández es doctora en Derecho e investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades en la unam. Experta en temas laborales  y de género, Aleida recuerda cómo en algún momento de la  historia y “optimistamente” se pensó que el que las mujeres  saliéramos al mercado laboral era una forma de su desarrollo y libertad, de ganar autonomía. “Pero si sólo lo vemos en el término ingreso-laboral, no  

alcanzamos a ver que faltan políticas de igualdad en ámbitos menos democratizados como las familias”, dice Aleida. Porque las mujeres salimos al mercado laboral, pero resulta que ahora tenemos tres jornadas laborales: el trabajo profesional, el trabajo del hogar —que ahí nos espera al volver— y  el trabajo de los cuidados. “La incorporación al trabajo no cambió la desigualdad de la relación del cuidado, el Estado no lo hizo, no intervino, porque es patriarcal, pero también porque se pensó que en los hogares el Estado no debía entrometerse. Si no democratizamos las estructuras familiares, si éstas proyectan en la sociedad lo que somos, ¿cómo desvincularlas? No hay un afuera y un adentro, hay una  articulación: tenemos que democratizar la vida pública y la  vida en los hogares”. 

Los días de Celene inician a las 6 de la mañana: a esa hora  y hasta las 8 hace quehacer y prepara el desayuno. Luego  despierta a sus hijas, y ella y su esposo las llevan a la escuela.  Vuelven a casa a desayunar. Si su esposo tiene algún papeleo  urgente, ella lo resuelve entre café y trastes sucios. Y se queda en casa con su hija pequeña hasta que sale a la 1:40 para recoger a la mayor en la escuela. Durante la mañana en casa  

lava ropa, pañales de tela, cocina, organiza, va al mercado.  Al volver de la escuela comen juntas y hacen tarea. Después  de este trajín, Celene les da chance de ver televisión durante  una hora y media, y es el tiempo que ella tiene para ver sus  

mensajes, correos, distraerse un poco. Luego salen al parque  un rato, y, a las 7:30 de la noche que el esposo llega a casa, cenan. A las 9 de la noche baña y duerme a sus hijas, y un  par de horas después, antes de irse a dormir, se pinta las uñas,  descansa un poco, platica con su esposo. 

—¿Hay algún momento del día en que estés haciendo  nada? —le pregunto a Celene. 

—En las noches cuando ellas ya están dormidas. Me  siento muy cansada y no alcanzo a ver ni una serie. 

—¿Cuál sería para ti el lugar ideal? 

—Mi situación ideal sería que las niñas fueran a la escuela juntas, escuela de tiempo completo, y yo tener un trabajo  que concilie con el de las niñas. Sí quiero volver al ámbito  laboral, a una empresa, sentirme involucrada y aportar a algo, pero también quiero estar con mis hijas, verlas crecer, disfrutarlas. Ahorita me siento fragmentada todo el tiempo. 

—¿Qué se siente sentirte fragmentada? 

—Me siento como presionada, a veces como estancada,  como atada. Me siento como en pedacitos. No quiero descuidar mi parte de ser mamá, quiero estar con mis hijas, es una oportunidad que muchas mujeres no tienen, poder  

verlas crecer. Pero también está mi parte de Celene-godín,  de estar en una oficina, aportar, me gusta trabajar; pero no me gustan los malos tratos ni el mal pago, ni los horarios, la  falta de prestaciones. Y también está mi parte social, Celene la de los amigos. Y este tiempo he pensado que, de darle mi  

vida al trabajo, mejor se la doy a mis hijas. Pienso en lo que dice Celene: muchas mujeres no tienen  oportunidad de cuidar a sus hijes porque tienen que ganarse  la vida en otro lugar y en otro tiempo. Como Lourdes, la  mamá de Rosa, que parió tres hijas y que, para alimentarlas,  vestirlas, educarlas, debe atender a las hijas de otras mujeres. Es una cruel paradoja de nuestras vidas, no tener derecho  a cuidar al fruto de nuestro vientre. 

Pienso en lo que dice Celene: dar nuestra vida. Al trabajo o a les hijes, pero darla. La vida, pareciera, no nos pertenece. 

—¿Para qué sientes tú que está sirviendo tu trabajo? 

—Yo diría que para nosotros mismos, como familia, en tener la comida lista, la casa bien, bonita. Si no lo hiciera yo,  lo haría alguien más, pero representaría un costo, entonces  sirve para nosotros mismos, si lo hago yo nos lo ahorramos, ya es un costo menos. 

Le comento a Celene que nuestro trabajo, ese que ella  hace desde que se despierta a las 6 de la mañana hasta que  se duerme, ese que no se paga, representa casi una cuarta parte del PIB nacional. Más que la industria automotriz, más que el turismo, más que la minería. Celene se queda callada  del otro lado de la línea, incrédula. Algo así me sentí también cuando leí a Silvia Federici un par de años después de haber parido a mi primera hija: entendí que el capital copta  nuestros cuerpos, nuestros cuidados, nuestros sueños. Me sentí un cuerpo usado, despojado de la capacidad de decidir; desconfié incluso de la ternura hacia mis hijas. La fuerza  de trabajo la gestamos, la parimos, la criamos, la crecemos, la  cuidamos, la vestimos, la educamos, la entregamos. 

—¿Qué te hace pensar o sentir esto, Celene? 

—Mi mamá decía que en su trabajo no tenía sueldo y  nunca tenía vacaciones… ¿Algo que le den a ella para que se compre? Nada. Sólo para la despensa. A final de cuentas  nuestro trabajo es para tener seres humanos bien, personas que van a estar listas para que se vayan a laborar, y quien  está detrás no está recibiendo nada a cambio. Esto es cierto y también es muy triste. 

¿Políticas públicas para el cuidado? 

A inicios de la pandemia el gobierno federal lanzó una serie de programas para atender la recesión económica que traería el confinamiento. Las acciones no fueron del todo  claras y estuvieron esparcidas en distintas áreas, tiempos y  presupuestos. Ana Escoto, doctora en Estudios de Población por El Colegio de México y profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la unam, rastreó algunos de estos programas hasta noviembre del año 2020, con base  en el trabajo del celap, y encontró que se destinaron 25  millones de pesos del presupuesto federal para dar créditos a pequeñas empresas que mantuvieran el pago a sus trabajadores registrados ante el imss. También se impulsaron  los programas de créditos “Tandas para el Bienestar” y el  programa de “Crédito a la Palabra”, con un presupuesto  de casi 28 mil millones de pesos para préstamos de entre 6 mil y 50 mil pesos, el primero orientado a personas no  jóvenes en municipios de alta marginación, alta violencia,  y priorizando a las mujeres. Además se adelantó el pago de  pensión para adultos mayores por dos meses. El impacto  de los programas no se ha dado a conocer de manera oficial,  pero publicaciones periodísticas como la de Dalila Sarabia  en Animal Político ponen en duda su eficacia. Según la publicación, para el 2022 “Tandas para el Bienestar”, que ha beneficiado a 970 mil personas en tres años de operación,  ya no tendría presupuesto designado, pues operaría con el  pago del crédito de los beneficiarios de años previos; pero  ese monto —en caso de recuperarse en su totalidad— sumaría apenas 11% de los 7 mil millones de pesos que se le  destinaron al programa entre 2019 y 2021. Por su parte  la Auditoría Superior de la Federación señaló que ese programa no tiene mecanismos de control y seguimiento que  permitan conocer el impacto del préstamo y la cantidad de reembolsos. 

De manera poco clara, los gobiernos estatales también  lanzaron sus propias políticas de contención de la crisis  económica por el confinamiento, las cuales consistían en la  distribución de créditos, transferencias monetarias y entrega de despensas o alimentos. “Buena parte de las medidas  refieren a ampliar las carteras crediticias […]. En gobiernos  estatales y federal estas ayudas consisten principalmente en  la otorgación de créditos o incentivos fiscales y administrativos”, señala Ana Escoto. 

En la Ciudad de México hubo distintos esfuerzos; por  ejemplo, la alcaldía de Tlalpan lanzó un programa para  apoyar a mujeres cuidadoras de menores de 0 a 5 años: en  total entregó 3 686 pesos a 790 mujeres durante dos meses.  

Otro ejemplo es el del apoyo que la Ciudad de México  dio a mujeres trabajadoras sexuales, trabajadoras domésticas y jefas de familia que tuvieran riesgo por la precariedad  y violencia doméstica; constó de tres apoyos de 2170 pesos  cada uno. 

Más allá de la coyuntura de la crisis económica por la pandemia y de la insuficiencia de políticas públicas para contenerla, lo que es importante ver es que éstas siguen encaminadas a confirmar los roles y estereotipos de género. 

“Se esperaba que, dada la carga de trabajo de cuidados,  el gobierno otorgara apoyos específicos a las mujeres que  cuidan. Pero también hay un doble filo en términos de  fortalecer este tipo de políticas públicas que confirman  el rol de género en los cuidados”, dice Aleida Hernández.  

“Hay que atender a las mujeres que tienen más carga de  cuidados, por otro lado hay que apoyar a mujeres que estaban en el mercado laboral y que se quedaron sin trabajo porque el empleo, la economía se contrajo. ¿Cómo las incorporas de nuevo? Necesitamos la reincorporación al trabajo, pero a trabajos dignos congruentes con las necesidades de cuidado, y necesitamos que los hombres se incorporen a los cuidados.” 

“No basta con generar soluciones individuales”, escribieron  Griselda Franco Piedra, Estefanie Hechenberger Zavaleta,  Ana Heatley Tejada y Luz Rodea Saldívar en la Revista de  la Universidad. No basta con delegar los cuidados en otra  mujer para que esa mujer salga a trabajar. No basta con  ofrecer dinero extra a las mujeres que trabajan de manera adicional ante la pandemia. “Esto únicamente remedia el  problema de manera temporal o transfiere la carga de cuidado a otra mujer con vulnerabilidades propias”. 

Las políticas públicas tendrían que ir enfocadas en la corresponsabilidad entre familias, comunidad, empresas y Estado, dice por su parte Ana Escoto. “Necesitamos jornadas  de trabajo que permitan a las personas realizar los cuidados,  tanto para hombres como para mujeres. Eso para mí es lo principal: que se entienda que vivimos en una sociedad que  necesita cuidados y vamos a cuidar; que se revalore el cuidado, que se ponga al centro”. 

En noviembre del 2020 la Cámara de Diputados reconoció  el derecho a ser cuidado y aprobó el Sistema Nacional de Cuidados (snc), un organismo que tiene como tarea coordinar las instituciones existentes y sus programas y presupuestos alrededor de la atención al cuidado y a las personas cuidadoras. Es una noticia importante, pero el camino aún va a ser largo. El Centro de Investigación Económica  y Presupuestaria, en un análisis que realizó para el posible funcionamiento del snc, estimó que el gasto actual destinado para el cuidado es de 24 mil 39.8 millones de pesos en  2021 (distribuidos en 12 programas como educación inicial  y básica, estancias infantiles, guarderías, escuelas de tiempo  completo, programa de apoyo para hijos de madres trabajadoras, programa de apoyo para refugios para mujeres víctimas de violencia, seguros de vida para jefas de familia, entre otros), recursos que se han reducido 34.4% desde 2017. 

El Estado mexicano destina 0.1% del PIB a los cuidados, pero los cuidados no remunerados representan 22.8% del PIB. 

Evidentemente algo no está bien. Evidentemente, en esa ecuación, alguien está ganando. Y no son las mujeres. 

Reciprocidad, comunidad, autonomía 

La Cepal, como cité al inicio de este texto, dijo que la pandemia trajo consigo un retroceso de una década para las  mujeres, porque el porcentaje de mujeres que trabajan y reciben un salario después de la pandemia es igual al de hace  una década. ¿Formar parte de un sistema laboral capitalista  que nos exprime y no nos permite conciliar con los cuidados,  con la crianza, es a lo que aspiramos, lo que queremos? ¿Qué  significa este retroceso en términos de nuestras vidas? “Volver a salir de las estructuras familiares donde se instalan estos roles de género implica sortear de nuevo todos los retos que se sortearon cuando lograron ingresar al espacio laboral”, dice Aleida Hernández. Cuando se habla de  un retroceso de 10 años, significa que quizá muchas de esas  mujeres que salieron del espacio laboral o educativo ya no  regresen, porque las estructuras familiares y laborales tradicionales son difíciles de volver a abrir. 

“Este retroceso implica que las mujeres están teniendo  menos ingresos y están en situaciones donde tienen menos  posibilidades de negociar dentro del hogar y vuelven de nuevo hacia la polarización en la división sexual del trabajo”, dice Ana Escoto, “porque las mujeres vuelven a la  esfera privada y esto implica que no hay espacios de democratización de la vida familiar, de la vida social”. Y una familia, una sociedad menos democrática en términos del género, puede llevar a aumentos en las violencias y al mismo tiempo estamos perdiendo la creatividad, la imaginación, la  acción de las mujeres en la vida pública. 

¿Por qué, si es tan evidente el trabajo de cuidados, si es  evidente que sin ellos no existiría sociedad alguna, por qué no los vemos, no lo reconocemos? ¿Qué hay detrás de ese no querer reconocerlo?, les pregunto a Aleida Hernández y Ana Escoto. 

“Si puede una sociedad seguirse sosteniendo en la vida de las mujeres, en su trabajo, pues sigamos. Es un amor extractivista, es más fácil no mover esa estructura. No se quiere cambiar eso porque quedaría huérfana la sociedad”, dice  Aleida. “Amamos a las mujeres retóricamente; la sociedad  les da las gracias por un trabajo que realiza no pagado, un  trabajo fundado o sostenido en la función de amor, por eso  es un amor extractivista, porque a partir del anclaje del  amor les extraemos a las mujeres trabajo, fuerza, destino,  energía, proyecto de vida, vinculando lo que hacen con el  amor a nosotres, a todes, a la sociedad, a cambio de dar las  gracias —retóricamente en la mayoría de los casos—.” 

Aleida lanza un abismo: “Cuando Nietzsche dice: ‘Dios ha muerto’, ¿qué ponemos en su lugar? Si las mujeres terminan por ser iguales que los hombres, ¿qué ponemos en su lugar? Ese vacío de nosotras ¿quién lo va a llenar? Es la orfandad de una sociedad.”  

Aleida recuerda que cuando esta frase del filósofo alemán se  enunció, la Europa ilustrada de 1882 se escandalizó por la  prácticamente blasfemia y, porque en el fondo, en un sentido  filosófico y existencial quedaría un vacío, y se preguntaban en ese momento con qué se podría llenar la ausencia de Dios. 

Aleida traza una hipótesis: “En el caso de las mujeres  que históricamente hemos dado todo para les otres, hemos  sido para les otres, ¿quién, si las mujeres dejan de hacer todo eso que es dar la vida, va a llenar ese vacío? Es un  vértigo al que nos enfrentamos las sociedades, porque si las  mujeres no están dándolo todo por amor, ¿quién?, ¿cómo se va a llenar ese vacío que están dejando?”. Es decir, si nos fuéramos todas a no cuidar, a hacer lo que  queremos, estudiar, amar, gozar, alguien tendría que llenar todos los espacios de cuidados. “Por eso es indispensable la democratización de los hogares y la sociedad. La única respuesta es que todas y todos nos coloquemos en ese lugar, llenando ese vacío, incorporarse a ese espacio los hombres  y las sociedades, trabajar con la noción de comunidad que  llene el vacío que dejarían las mujeres”. 

Si ese vacío no se llena, ¿qué pasa? La pregunta abre ante  nosotras un abismo. Sabemos que sin los cuidados la vida no  existiría. Pero hay que hacer un esfuerzo por nombrar qué  sería de la vida sin cuidados. 

Cuando las políticas públicas no llegan, o llegan demasiado tarde, las prácticas de cuidado puestas en marcha  por las mujeres vuelven a poner en el centro la sostenibilidad de la vida, reconstruyendo la comunidad a partir de  otras palabras clave como la reciprocidad, la autoformación  y la autonomía. 

A raíz del desempleo, Celene y otras dos amigas —también mamás que dejaron o perdieron su empleo por la pandemia— comenzaron a planear una microempresa de  

venta de granos y producto deshidratado: una revisa la parte técnica, certificados de calidad, y otras dos prospectan clientes, ventas, catálogo. Además, Celene intenta reactivar el pequeño negocio que tenía de decoración de fiestas: ahora lo lleva con una prima que tiene una hija de  19 años con discapacidad a quien contrataron para tareas  como llenar las bolsitas de dulces, frituras, pegar etiquetas.  

“Estamos contentas y emocionadas porque somos mamás  y somos comprensivas con el tema de horarios y cuidado  de hijos. Sabemos que desde la 1 de la tarde que tenemos  a hijos en casa, hasta las 9 de la noche que duermen, no  nos molestamos. Tratamos de empatar los horarios, de  acuerdo a nuestras tareas del hogar”. 

Rosa continúa en el trabajo los sábados. Entre semana se  convierte en la mamá de sus dos hermanas menores: lleva  a una a la escuela, a otra la cuida en casa mientras toma sus  clases presenciales; les prepara de comer, organiza la vida cotidiana, mientras su madre cruza la ciudad para limpiar  casas ajenas a cambio de un pago que les permita tener lo  básico de comida y vivienda. Un sueldo que no satisface  la salud, la diversión, la escuela. En un rincón de su cuarto  quedaron los cuadernos del primer y segundo semestre de preparatoria: 

—Un día los voy a retomar y voy a volver a estudiar para  ponerme al corriente —dice mientras mira cualquier cosa  en su celular sin mucho interés en mis preguntas. 

—¿Cómo te sientes de haber dejado la prepa y cuidar a  tus hermanas? 

—No sé… —responde Rosa mientras levanta los hombros.

—Supongo que así es, nos toca ayudar en nuestras casas,  y por mí está bien, quiero ayudar a mi mamá y si así la ayudo por mí está bien. Sí me siento triste, como presionada  porque yo quería hacer mi prepa, y, bueno, la voy a hacer,  voy a regresar para terminarla. Rosa ahorra una parte de su salario limpiando el edificio para pagarse un curso de regularización y terminar la preparatoria abierta para sí misma y también para su mamá. Con la prepa abierta tendrá tiempo para cuidar a sus hermanas  menores hasta que se valgan por sí mismas. Posponer la vida, estirar los límites de lo posible, en un  intento por recuperar sus sueños, por decir: “Esta vida me  pertenece”. 

*Mexicanas en pie de lucha es coordinado por Nayeli Roldán y contiene textos escritos por las periodistas Laura Castellanos, Valeria Durán, Ivonne Melgar, Claudia Ramos y Daniela Rea

*Esta texto es parte del libro Mexicanas en pie de luche y fue compartido por Pie de Página, medio aliado de Elefante Blanco. Aquí puedes leer la original.

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