Los funcionarios divinos

Eje Sur

Opinión por Víctor Hugo Martínez

¿En qué momento un servidor público pierde el piso y se olvida de lo que en su momento fue su esencia social? Ejemplos puede haber muchos, y la justificación más utilizada para su conducta es que su actuar es resultado de la naturaleza del ser humano.


Pero también hay funcionarios que desde el inicio de su carrera, dentro de la función pública mantienen un trato afable, cumpliendo el viejo concepto de la política, “el cargo es para hacer amigos” y vaya que lo cumplen a cabalidad.


En los últimos días hemos sido testigos de “entrevistas agresivas” o de “autoentrevistas” en donde la protagonista central fue la abanderada morenista, Claudia Sheinbaum o también de la autoflagelación del panista, Santiago Creel por decirse víctima de discriminación inversa, lo que entendamos por ese concepto.


Pero nuevamente se cumple la idea que “siempre hay algo más que supere lo realizado”, como lo fue el vídeo del alcalde de Altamira, Armando Martínez Manríquez, que se volvió viral y logró la cobertura en noticieros a nivel nacional.


Cometer errores también forma parte de la conducta humana, lo que no es correcto es el entorno en el que se presenta el yerro.


Porque es muy diferente hablar del servicio público como un apostolado y casi sentirse deidad, a llamar “idiota” a un empleado municipal que presuntamente cometió un error.


El momento surrealista quedó inmortalizado en las benditas redes sociales tan admiradas y bendecidas por los fieles seguidores de la cuatroté.


Hace unos años una funcionaria que llegó acumular tanto poder como el alcalde, confesó a un grupo de excompañeros que lo que más extrañaba era el poder y el dar órdenes, más allá que su salario de primer nivel.


Cuando transcurre la carrera política de una persona se supone se adquiere experiencia y un sentido humanista para ayudar a más personas. Pero al mismo tiempo, también se corre el riesgo de sufrir la transformación en un servidor ajeno y desinteresado de los problemas sociales.


¿En qué momento se pierde la noción de las cosas y se asumen posturas casi divinas? La respuesta puede pasar a un segundo plano, lo más importante es cómo la ciudadanía aterriza en la realidad a quienes tiene el compromiso de servirles.

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