“Escribir a pesar de todo, a pesar de México”: Roberto González

Emmanuel Martínez Zamorano

Todo es muy simple es el título del nuevo libro del escritor tampiqueño Roberto González Elizalde, un compendio de 8 cuentos donde lo sobrenatural, paranormal, lo ordinario y extraordinario encuentran su cauce y desembocadura en la violencia. Una violencia normalizada (y hasta justificada) por más de una década en la zona huasteca de México. Infiltrada en el ordinario, la violencia se desenvuelve en simbiosis con la vida de los personajes de estos relatos. Este nuevo título es la excusa perfecta para una entrevista con Roberto y Elefante Blanco. Y de pilón, para los lectores y para nosotros, Roberto nos presta uno de sus nuevos cuentos: “Extranjeros”. Léalo, disfrútelo. Verá con mayor claridad lo que le cuento.

El autor nació en Tampico (1986) es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Tamaulipas y maestro en Arte Moderno y Contemporáneo por el Centro de Cultura Casa Lamm. Ha sido beneficiario de la Beca Jóvenes Creadores del PECDA Tamaulipas en las ediciones 2016 y 2019. Es redactor web para el Sol de Tampico. Declara que la literatura también es resistencia.

“La literatura encuentra su lugar en el lado más íntimo de las cosas de la vida. Es a través de esas grietas que hay en el lienzo completo, por donde se puede ver la complejidad de la vida. Quién quiere escribir va escribir a pesar de cualquier situación. La pasión (por la literatura) te lleva a eso, a seguir escribiendo a pesar de todo, a pesar de México”.

Roberto González Elizalde

Extranjeros*

Roberto González Elizalde

El último hombre que vio con vida a los dos muchachos que desaparecieron en Miramar declaró que los habían matado los extraterrestres. Tres días después de que las fami- lias de los jóvenes turistas perdieran contacto con ellos, los cuerpos de Ken Yagami y de Rick Blake fueron encontrados semienterrados en la arena de un predio abandonado, a po- cos metros de la casa de playa donde se hospedaban. Según el parte forense, ambos tenían quemaduras en diversas par- tes del cuerpo y habían sufrido traumatismo craneal. Yo iba para cinco años en la nota policiaca. No era ni de lejos lo más sangriento que me había tocado ver..

Los agentes de la ministerial hallaron a una persona merodeando en la zona del delito y lo detuvieron. En las oficinas de la procuraduría presentaron al sospechoso: Everardo Tinajero, un raquítico muchacho que, en el lado izquierdo de la cara, mostraba una hinchazón violácea que le prensaba el ojo; como para imprimirle más horror a las circunstancias. Esa fue la primera ocasión que escuchamos declarar a Tinajero que los responsables del crimen provenían de las estrellas.

―Fueron los ovnis… les echaron sus luces a los gringos y se los llevaron.

Entre miradas de consternación y risillas nerviosas, el interrogatorio de la prensa continuó con intervenciones de mis compañeros más o menos pertinentes. Las palabras de Tinajero encabezaron los titulares de los tres diarios de la ciudad. “Real o no, esto no deja indiferentes a los lectores”, exclamó triunfante en la redacción el jefe editorial aquel día. Yo maldije en silencio mientras pensaba en cosas como moderación y veracidad.

—En cierto sentido, Tinajero es poético: los asesinos de Ken y Rick no son humanos ―dijo Abigail Ledezma, mi competencia directa. Afuera de la ministerial intercambiábamos notas y comentarios, cuando no bebía de su refresco. Durante algún silencio miramos la calle y vimos pasar un par de perros que se lanzaban feroces gruñidos y se daban de dentelladas. El calor de marzo no sólo nos desesperaba a nosotros; era como si un pedazo del infierno nos hubiera caído encima.

Para los turistas, entre más rayos ultravioleta, mejor. Durante la temporada de vacaciones llegaban de todas partes con destino a la playa. Como una manada que migraba para sobrevivir, se dedicaban a invadir restaurantes y bares. Paseaban divertidos en sus trajes de baño y sus chanclas, su alcohol, su ruido y gritería. Por fastidiar o sólo por tener algo que decir, le reclamé a Abigail que tomaba mucho refresco y que eso la enfermaría.

―Aquí todos nos morimos, mi estimado. Tarde o temprano.

Ken y Rick no querían morirse. Sólo eran un par de gringos universitarios con intenciones de pasarla bien en su esprinbreik. Dos amigos que se conocieron en las clases de dirección cinematográfica de la Universidad de Houston y que decidieron internarse en el salvaje y exótico Golfo de México que vieron retratado en películas viejas. Qué cruel estudiar artes y morirte en un lugar común. Pero la muerte no conoce de estilos y los muchachos no estaban pensando en ella. Por los mensajes de texto y redes sociales publicados por Ken y Rick que se dieron a conocer posteriormente, podría suponerse que sus vacaciones iban muy bien. Hasta que se toparon con Tinajero.

A pesar de los golpes que le desfiguraban el rostro, era posible adivinar en los rasgos de Everardo Tinajero a un muchacho moreno no mayor de veinte años. Cuando la mona se lo permitía, vendía rosas o chicles en los antros aledaños a la playa. Para goce de los fuereños, la ley se limitaba a concentrar su atención en el mar; sobre todo cuando se trataba de La Candela, uno de esos lugares donde las mujeres bailan y se quitan la ropa por unos billetes y donde, con frecuencia, Everardo ofrecía su triste mercancía.

―¿Y en tus excursiones nocturnas a La Candela nunca te llegaste a topar con Tinajero? ―preguntó Abigail con su habitual sarcasmo.

Claro que conocía La Candela. Claro que había pisado esos charcos y, al llegar a casa, con los zapatos sucios, me había metido en mi cama. Nunca me topé a Tinajero. Y así como los habituales llegábamos hechos un nudo de entusiasmo y remordimiento que nunca sabíamos aliviar, así entraron Ken y Rick al lóbrego antro. Según lo dicho por Tinajero, los muchachos bebieron, se hicieron de compañía, bebieron y siguieron bebiendo. En algún momento, entre la música estruendosa, el humo de cigarro y los cuerpos desnudos, Everardo se acercó a ellos para ofrecer dulces y cacahuates. Les resultó simpático; eran casi de la misma edad. Con esa aparente astucia que proporciona el alcohol, mezclaron palabras de español e inglés y lo invitaron a tomar con ellos.

Cuando se apagaron las luces dentro del bar, porque las de afuera iban emergiendo, los visitantes decidieron continuar la fiesta en la casa de descanso que rentaban. Tinajero incluido. En algún momento de la solitaria maña- na, los tres salieron a despabilarse la borrachera con aire más limpio. Entonces la nave espacial desgarró los cielos para abducir a los dos texanos. Así lo aseguró Tinajero y hubo muchos que lo creyeron.

En la ciudad se suscitó un singular interés por los seres de otro planeta durante las semanas posteriores al asesinato. Y las cosas se exaltaron aún más cuando Horacio Menéndez grabó una emisión de su programa de televisión en la playa. Menéndez se había hecho popular por dar a conocer borrosas y temblorosas grabaciones de aficionados, videos que hacía pasar por evidencias contundentes de la existencia de seres que estudiaban nuestro mundo.

―¿No te entusiasma? Sólo falta que lleguen los investigadores de aquella serie de televisión…

―No veo tele. Y esto ya parece un puto circo ―dije y escupí.

Menéndez fue recibido por las autoridades municipales y, en nombre de la ciudad, le entregaron una figura esculpida por un artista local: era la efigie de un monigote largo de color verde y ojos grises achatados. Tan flaco como Tinajero.

“Que la presencia extraterrestre haya elegido este lugar para hacer contacto con el planeta Tierra habla muy bien de la gente de provincia”, se le oyó declarar a la estrella de televisión. Un imbécil, pues.

A Everardo no le fue tan bien. Para evitar un conflicto grave con Estados Unidos, las autoridades agilizaron el proceso a la mala. A él se le giró orden de aprehensión por ser el principal sospechoso del asesinato de los muchachos. Nunca volví a saber nada de Tinajero. Pocos días después, la muerte continuó apareciéndose en sus formas rutinarias y a ocupar su espacio asegurado en las planas de los periódicos.

Antes de irnos de la ministerial, Abigail recordó que una amiga de tiempos de la universidad le llegó a contar cómo ella y su novio pasearon empastillados por las escolleras de la playa. Casi se mueren del susto cuando a lo lejos vieron las luces de los buques petroleros. Ella aseguraba que eran naves extraterrestres.

―¿Qué crees que pasó con los gringos? ―pregunté. Abigail respondió que no era difícil de imaginar a Tinajero dando una señal para que llegara el coche. Los hombres descendieron del vehículo y, a empujones y tal vez armados, se llevaron a Ken y a Rick. Los torturan, pero algo sale mal, y antes que sea posible pedir el rescate los asesinan.

Esa noche, tras cumplir con las notas del día, llegué a casa y me metí en la regadera. La ducha no amainó el calor y mientras me secaba volvía a empaparme de puro sudor; envuelto en la toalla me senté en la cama y de inmediato sonó el teléfono. Era Abigail.

―No puedo dormir. Subí a la azotea para fumar y me quedé viendo las estrellas, el cielo estaba despejado y traté de que mis ojos las distinguieran todas. Sentí vértigo… No sé, tal vez, acaso, ¿y si fuera cierto?

―Por favor, no empieces. Y deja de ver los programas de Menéndez.

―Todo es tan grande y uno nunca acaba de comprender nada. Pobre Tinajero.

Sentí pena; no podía hacer nada más. Ahora pienso que debí ser más compasivo, aunque eso significara ceder un poco a la postura de Abigail. Colgamos. Yo sudaba a chorros. Los chavos gringos ya no sudaban. Otra vez volví a pensar en el infierno. Abrí la ventana del departamento. Corría algo de vientecillo y me estremecí al ver la noche repleta de luces. No era siquiera lo más atroz que habríamos de cubrir. No me atreví a mirar al cielo.

*Cuento completo del Todo es muy simple de Roberto González Elizalde. Reproducción con permiso del creador.

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