El espectáculo de la clase política mexicana

Opinión por Guadalupe Correa-Cabrera

En la política mexicana contemporánea todo parece ser un espectáculo. Desafortunadamente, tarde o temprano ese espectáculo puede tener repercusiones muy lamentables para México y los mexicanos. Se prevén triunfos, sin embargo, para los capitalistas y sus futuros socios: los militares. Y todo se concentraría en la transformación energética guiada por el desarrollo de las energías renovables en un esquema que haría más dependiente a México de Estados Unidos—aun siendo nuestro país un proveedor clave del recursos naturales estratégicos como el litio.

En escena tenemos, por un lado, a la triste oposición política mexicana—de corte circense—encabezada por personajes dignos de una ópera bufa como Lili Téllez, Xóchitl Gálvez, Kenia López, Emilio Álvarez Icaza, Denise Dresser y Claudio X. González (Junior), entre mucho otros que destilan amargura y demuestran en cada intervención y estrategia, su total falta de talento y empatía con el pueblo de México.

Estas vocecillas agresivas y atolondradas van acompañadas de los vaticinios del desastre de la clase reaccionaria mexicana y sus voceros bien representados en los grandes medios de comunicación nacionales y extranjeros. Una nutrida muestra de estas opiniones se vierte en las secciones de opinión del periódico Reforma y otros medios nacionales, así como en los comentarios editoriales de la prensa internacional.

El 28 de octubre, por ejemplo, en el periódico el Miami Herald, Andrés Oppenheimer escribió una columna titulada: “Mientras el Mundo mira para otro lado, México podría estar cerca de perder su democracia”. Los argumentos ahí son exagerados y desafortunados. Al Señor Oppenheimer le convendría más bien mirar al interior de los Estados Unidos y alarmarse por lo que se vislumbra en ese país. En este momento, el vecino de México parece tener más problemas de gobernabilidad que el país al que el periodista argentino está criticando en esa pieza editorial.

Por su parte, la comentocracia antes privilegiada mexicana—esos intelectuales orgánicos de antaño—no pierden la oportunidad de criticar férreamente al Gobierno actual en columnas invitadas para la prensa internacional. No hace falta hacer una lista de los discursos repetitivos que vaticinan una gran depresión, una mega-devaluación del peso, el quiebre de las relaciones México-Estados Unidos y el fin de la democracia mexicana.

Pronostican sí, una reversión autoritaria encabezada por Andrés Manuel López Obrador, destructor (para ellos) de la ciencia, la tecnología, el CIDE, el INE y también jefe supremo de las Fuerzas Armadas—quien iría posiblemente (según temen) en busca de la “reelección”. Esto lo hacen al tiempo que lamentan el desmoronamiento de las instituciones que “ellos”—liberales, modernos y progresistas—construyeron en el proceso de transición a la democracia en los 1990s. Lo que no entienden es que fracasaron pues la gente no cree en la desigualdad que generó ese esquema institucional.

La reacción enarbolada en la oposición mexicana no parece dar una. Cada intervención de estos reaccionarios cargados de frustración alimenta las filias oficialistas y refuerza a la base de apoyo del presidente mexicano, del partido Morena (es decir, del partido en el poder) y de la 4T que de movimiento de transformación tiene muy poco. En efecto, el proyecto obradorista y la administración del partido Morena parecen reciclar los vicios y las estructuras del corporativismo priista—y peor aún, de aquel que incorporaba a los militares como una de sus columnas vertebrales.

La propaganda del grupo en el poder adquiere otras formas, a la par en que el oficialismo toma otras caras. Desafortunadamente, la transformación no llega dado que la ineficiencia y la corrupción parecen continuar permeando en la realidad de México. Lo más inquietante es que al tiempo en el que se requieren cambios estructurales y un verdadero compromiso para transformar al país, se unen al penoso espectáculo de la oposición, otro tipo de figuras igual de grotescas. Estas últimas se abocan a complacer al jefe, reproducir a gritos y tuitazos la propaganda oficialista, y ocupar los espacios que antes ocuparon aquellos que hoy vociferan frustrados y fracasados por la pérdida de micrófonos y privilegios.

Un ejemplo de propaganda oficialista se encuentra perfectamente contenido en un tuit de la diputada Andrea Chávez Treviño también del día 28 de octubre (mismo día de la columna de Oppenheimer). Y dice así:

“Tras su aprobación en el Senado, en la Cámara de Diputados, y en la mayoría de Congresos Locales, la continuidad y el fortalecimiento de la Guardia Nacional ya es una realidad constitucional”.

“Recuperaremos la paz en todo el país: ¡sólo el pueblo cuida al pueblo!”.

Por cierto que la autora del tuit es diputada federal de Ciudad Juárez. También es Coordinadora de Comunicación Política del Grupo Parlamentario de Morena y se describe como “feminista, obradorista y con el corazón a la izquierda”. La diputada Chávez Treviño nos recuerda constantemente el flagelo que vivieron los habitantes de su ciudad natal en tiempos de Felipe Calderón Hinojosa y su militarización al declarar una “guerra contra las drogas”.

¡A qué diputada tan osada! Sí se nota que no ha entendido los efectos de la militarización en la seguridad pública. Su frase, así como muchas otras, es vivo ejemplo de demagogia pura, zalamería y triunfalismo ignominioso. Recordemos también que recientemente fue criticada por la forma inadecuada y escandalosa en la que celebraba junto con otra diputada de Morena, María Clemente García, la aprobación de la Ley de Ingresos. Siempre con una frase dolida y teléfono en mano para la selfie del momento, Chávez Treviño es el vivo ejemplo de la nueva clase política mexicana, de una “juventud transformadora” que en la práctica parecería ser bastante superficial. Para muchos, se trata simplemente de otro ejemplo de una nueva generación perdida ya en la frivolidad, el autoelogio y la irresponsabilidad.

Y mientras los oficialistas presumen que están “Ganando como siempre” y se pasean con su celular en el recinto de San Lázaro para celebrar (gritando arrogantemente) sus triunfos y su diversidad, avanza el poder de las Fuerzas Armadas en distintos ámbitos de la vida nacional y se monopoliza toda la seguridad del país en las instituciones castrenses—con todo lo que ello implica. Los militares ahora se encargan de puertos, aduanas, rutas migratorias y se van concentrando en las fronteras [a veces haciendo ejercicios de cooperación con sus contrapartes estadounidenses] para resguardar los recursos estratégicos en cuya explotación participarán, como socios estratégicos, los grandes capitales estadounidenses. Recordemos que la semana pasada vino de visita a Sonora—estado rico en litio—el enviado especial de Estados Unidos para el Clima, John Kerry, para analizar detalles del Plan Sonora de “Energías Renovables”. Todo ello parece ser muy conveniente para los intereses extranjeros de los grandes consorcios energéticos.

En este penoso espectáculo de antagonistas y oficialistas continúan beneficiándose los más ricos. Carlos Slim y los empresarios que ayudarán al Gobierno a controlar la crisis inflacionaria derivada del conflicto mundial reciben apoyo—y prebendas adicionales—por su lealtad, al tiempo que mantienen sus privilegios ante el peligroso avance del “pueblo uniformado.”

En efecto, en la “Sociedad Mexicana del Espectáculo”—nombre inspirado en la obra maestra de 1967 del pensador francés Guy Debord: La Société du Spectacle—siguen ganando los oligarcas, las empresas transnacionales y nuestros socios estadounidenses. Ello, quizás, se consolidará a costa de nuestras libertades, por aquello del avance de las fuerzas castrenses en todos los ámbitos de la vida nacional—avalado gracias al carisma y la legitimidad de nuestro presidente.

Sobre la sociedad mexicana del espectáculo me comenta mi paisano Eli Adán Díaz después de leer el libro de Douglas Day titulado Los cuadernos de la cárcel de Ricardo Flores Magón. Mi amigo hacer referencia a una parte del texto “en donde se explica que los campesinos seguían a Emiliano Zapata porque los ayudaba a no sentirse oprimidos”. Luego describe cómo “Francisco I Madero—en una de sus pocas acciones estratégicas exitosas—se valió de la ayuda del General Felipe Ángeles para restarle apoyo a Zapata, convenciendo a los campesinos de no sentirse tan oprimidos; y lo logra”.

Eli entonces hace una comparación con lo que vivimos en México hoy y me pregunta: “¿Qué tan factible es que el presidente López Obrador (haciendo que los mexicanos no se sientan ‘tan oprimidos’) goce de la venia de los poderes fácticos y les sirva para calmar la agitación popular? ¿Será que su misión es la de implantar un poder militar para controlar a futuro cualquier tipo de rebelión del pueblo ante el avance del gran capital?”. Así siempre pasa en las sociedades del espectáculo.

Guadalupe Correa-Cabrera. Profesora Asociada en la Universidad de George Mason (Virginia, EEUU) y se encuentra afiliada al Woodrow Wilson Center en Washington, DC y al Centro México del Baker Institute en la Universidad de Rice. Es autora del libro Los Zetas Inc. (Editorial Planeta, 2018).

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