1 de julio: cuatro años después

Crédito: LópezObrador.org.mx

Explicador político

Opinión por Ernesto Núñez (@chamanesco)

La inauguración de una refinería que promete acabar con la dependencia de las gasolinas importadas, pero que aún no refina ni una gota de petróleo, es el símbolo perfecto de la cuarta transformación.

Por eso, el presidente Andrés Manuel López Obrador no pudo haber escogido un mejor escenario para celebrar los cuatro años de su triunfo en las urnas.

El 1º de julio de 2018 sigue siendo, sobre todo, la promesa de un México en paz, más justo, más democrático y menos corrupto.

De aquella noche de alegría, fiesta democrática y emociones a flor de piel lo que perdura es la ilusión del cambio verdadero.

En estricto sentido, no se han resuelto los problemas que tenían hartos a 30.1 millones de mexicanas y mexicanos que votaron por AMLO y en contra del tripartidismo; pero la promesa de transformación se renueva permanentemente, mañanera tras mañanera.

No se han reducido la violencia, los homicidios dolosos, los feminicidios, los crímenes en contra de periodistas, la desaparición de personas ni los índices delictivos en general. Pero el presidente insiste en que pronto se verán los resultados de la “nueva estrategia”.

Y, aunque en los hechos no cambie nada, el presidente mantiene el discurso de que se están atendiendo las causas profundas de la violencia y la inseguridad, y que su prioridad sigue siendo “el anhelado propósito de vivir en paz”.

No se siente, pero según sus cifras, se han reducido en un 30 por ciento los delitos del fuero federal, un 5 por ciento los homicidios dolosos, 44 por ciento el secuestro, 40 por ciento el robo de vehículo y 24 por ciento el robo en general.

Y, aunque los especialistas tengan otros datos u otra lectura de los datos, el presidente promete que se seguirá avanzando, porque trabaja todos los días, porque “estamos unidos, hay profesionalismo y no se permite la corrupción ni la impunidad”.

Nuevamente, la promesa renovada.

Lo mismo ocurre en desarrollo económico, creación de empleos, combate a la pobreza, educación, salud… temas en los que la narrativa oficial va mucho más rápido que la realidad.

En el discurso, “los hechos hablan por sí solos”; en la realidad, los datos aun muestran que persisten la corrupción, la injusticia, la desigualdad, el desempleo y la falta de oportunidades.

En el discurso, “el triunfo de una revolución de las conciencias, de una revolución moral, pacífica y duradera” permitió echar a andar un programa social atrevido que, si garantiza el bienestar de la mayoría, traerá paz y tranquilidad.

En los hechos, los programas sociales, becas, pensiones y apoyos de toda índole que hoy llegan a 25 millones de familias siguen sin aliviar el México pauperizado y en enorme tensión social que recibió AMLO en 2018.

Sin embargo, el mundo simbólico que ha logrado crear el presidente, gracias a 900 conferencias mañaneras y una exitosa propaganda gubernamental respaldada por múltiples simpatizantes en redes sociales, parece imponerse a la terca realidad.

La 4T es un ejemplo casi perfecto del mundo que describe el coreano Byung-Chul Han en su libro No-cosas (TAURUS, 2021): “hoy nos encontramos en la transición de la era de las cosas, a la era de las no-cosas; es la información, no las cosas, la que determina el mundo en que vivimos”.

Quizás por ello, donde sí hay coincidencia plena entre discurso y realidad es en el respaldo al proyecto de López Obrador.

Ésa es la asignatura más exitosa de la 4T: el apoyo social al personaje que el 1º de julio de 2018 prometió pasar a la historia como un buen presidente.

En su discurso del viernes pasado en la refinería de Dos Bocas, AMLO afirmó que su programa convence, conmueve y hace posible el empuje y el respaldo de la gente.

No se equivoca: su partido-movimiento ha logrado sentar sus reales en las cuatro citas electorales ocurridas entre 2019 y 2022. Morena (con sus impresentables aliados, PT y PVEM) sigue ganando gubernaturas, presidencias municipales, ciudades capitales y mayorías en Congresos locales.

Y sus opositores siguen sin reponerse del tsunami que los arrasó en 2018. 

Un dato confirma el éxito electoral del lopezobradorismo: de los 5.2 millones de votos emitidos en los comicios locales del pasado 5 de junio, Morena se llevó 2.3 millones; y sus aliados más de 400 mil.

El PAN obtuvo apenas un millón, el PRI 862 mil, el PRD 132 mil y MC 250 mil sufragios.

El respaldo electoral a la cuarta transformación se mantiene por arriba del 50 por ciento de las personas votantes; suficiente para ganar el 2024 y para que el presidente pueda festejar los cuatro años del 1º de julio de 2018 hilando su discurso en contraste con lo que hacían los partidos del antiguo régimen.

Lanzando esas frases que tanto abonan a la construcción de la narrativa transformadora: “nuestros adversarios tendrán que entender que ningún grupo, por importante y poderoso que sea, seguirá conspirando contra la paz social en beneficio propio. Nada ni nadie puede valer más que el bienestar y la felicidad del pueblo”.

La transformación no llega, pero la promesa de que ocurrirá sigue convenciendo a una mayoría que responde encuestas de popularidad y que sigue votando por “la izquierda”, aunque “la izquierda” no siempre actúe como izquierda.

La transformación es aún inexistente, pero es convincente.

Cuatro años después, la 4T es una no-cosa; al igual que la refinería que refinará petróleo más de un año después de ser inaugurada, cuyo cascarón aporta el escenario perfecto para renovar las promesas de la noche electoral histórica.

Ernesto Núñez Albarrán. Periodista desde 1993. Estudió Comunicación en la UNAM y Periodismo en el Máster de El País. Trabajó en Reforma 25 años como reportero y editor de Enfoque y Revista R. Es maestro en la UNAM y la Ibero. Iba a fundar una banda de rock progresivo, pero el periodismo y la política se interpusieron en el camino. Analista político, actualmente es asesor en el Instituto Nacional Electoral.

*Esta nota fue realizada por Pie de Página, medio aliado de Elefante Blanco. Aquí puedes leer la original.

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