Rosalía y el abigarrado universo de Motomami (una revisión a bote pronto)

Juan Carlos Hidalgo / Marvin

No es difícil de explicar, El mal querer (2018) fue concebido como una minuciosa y cuidada obra de arte que tenía un fuerte núcleo narrativo y que dado el resultado se volvió grande; por su parte, Motomami (2022) es un álbum de parte de una estrella global que tiene que tener elementos por todas partes para ser un éxito comercial -no hay espacio para otra cosa-; y en ese sentido, basta señalar que Rosalía acredita a 11 productores y eso que no se incluye a su amiga Arca.

Si tomamos de punto de partida “Bulerías” -el track 4-, se establece un punto de inflexión al respecto del pasado; en esta pieza está presente Chiqui de La Línea -figura clave en su formación- y se trata de un tema flamenco pasado por Autotune -¡Que los puristas estallen en colera!-; hay cante y tecnología que representa de dónde viene y hacia donde va. Más adelante deja en claro incluso que no esto no se trata del mal querer (“G 3 N15”).

He leído por ahí que Rosalía pasó muchos años estudiando y preparándose, por lo que el periodo por el que hoy pasa es el consecuente deschongue de parte de quien pasó largo tiempo quemándose las pestañas -¡y la garganta!-. La Rosalía de hoy salió al mundo y se dejó empapar de diversas expresiones de la música afroamericana y latina. Por lo que hay que subrayar dos cosas: que su exquisita voz está ahí, pero que su búsqueda estética se encaminó hacia una senda distinta a la que venía transitando.

Que no se diga que no se ha arriesgado en el proceso de búsqueda; “CUUUUuuuuuute” comienza a pura voz y en un punto se viene el estallido de sintetizadores y percusiones. Motomami no es tan impactante como El mal querer -ni modo, hay que decirlo-, es un aquelarre afterpop atascado de elementos diversos.

No se le puede reclamar que no se haya esforzado, es un disco conformado por 16 temas -cada uno con un toque de locura en distinta proporción-; existe hasta la recitación de una lista estilo abecedario con acento cubano llamada “Abcdefg” -que apenas rebasa el minuto-, que antecede a “La combi Versace”, que se antojaba el tipo de canciones que abundaría en el disco -y atascada de bling-bling-, ¡Mucha más efectiva y lograda!

Motomami se grabó entre Barcelona, Miami y Los Ángeles y ello queda clarísimo; entre la larga lista de productores se encuentran El guincho junto a Pharrel Williams y Noah Goldstein, colaborador de Kanye West y M.I.A. (para su disquera -Sony- esto tiene que estallar a nivel global, si o si, no hay otra opción).

Es una maravilla escucharla cantar un bolero tropical en “Delirio de grandeza” e interpretar con enorme belleza “Sakura”, la pieza que cierra el disco y en la que el acompañamiento es mínimo a la hora de evocar a una flor japonesa -¡He ahí la voz que nos arroba!-.

Motomami es el reflejo de lo que Rosalía es en este momento… una selfie de las tantísimas cosas que le atraen (“Bizcochito” es tan confesional). Cabe pensar sí es que este abigarrado rompecabezas encajó bien sus piezas. Cierto, hoy se consumen sencillos mayormente y “Chicken Teriyaki” hará lo suyo (como ya lo hizo “La fama” con The Weeknd), pero en el caso de que el gran público lo llegará a escuchar de principio a fin, seguro se quedaría desconcertado, pero, claro, jamás lo harán.

Rosalía arriesga y ello se valora… el proceso y el viaje… en el camino hay encuentro y extravío.

Este texto se publicó originalmente en Revista Marvin.

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