Barrio, amor y violencia: la versión de la barra de Gallos Blancos

Alejandro Ruiz / Pie de página

Querétaro.- Decenas de videos de hombres golpeando a hombres inundaron los televisores de cientos de miles de personas en todo el mundo. El hecho no fue menor. Lo que comenzó como un partido de fútbol en el estadio Corregidora, en Querétaro, escaló a un concierto de violencia de proporciones escalofriantes.

Los protagonistas de esta historia fueron aficionados de los dos clubes que jugaban aquel día: el Querétaro y el Atlas de Guadalajara. Ambos equipos tienen una rivalidad histórica que, desde el 2007, ha derivado en enfrentamientos entre sus barras o aficiones. Inclusive, sus partidos están catalogados de “alto riesgo”, justo por la violencia que se detona entre sus seguidores.

Pese a ello, jamás se había registrado un enfrentamiento con estas magnitudes. No es normal, ni justificable. Y por lo tanto resulta incomprensible.

Ante esto, nada abonan los calificativos con el que cientos de personas han condenado los hechos, llamando a los agresores “bestias”, “salvajes” o “ignorantes”. Comentaristas, reporteros, funcionarios públicos y audiencias han enarbolado este discurso, cancelando con ello cualquier posibilidad de debate o comprensión en torno a lo que sucedió.

“Querétaro no son ellos”, ha declarado repetidas veces el gobernador de la entidad, Mauricio Kuri González. ¿Quiénes sí son Querétaro, entonces? Valdría la pena preguntarse. Y al mismo tiempo, la interrogante central está en el aire:

¿Cómo explicar lo que pasó en el Corregidora?  

Aquí un intento de respuesta en voz de alguien que desde pequeño ha participado en la Resistencia Albiazul, la controvertida barra del Gallos Blancos.

La Resistencia albiazul

P.* pide que su nombre se omita en esta entrevista. Estamos en su habitación. Cuatro paredes normales con una cama en la esquina, una mesa al centro, un escritorio arrinconado y un espejo colgado con algunas estampas del equipo al que es aficionado: el Gallos Blancos.

P. comienza a narrar:

“Yo tenía 12 años, wey, y empecé a ir a los partidos por mis primos. Mi tío nos llevaba”.

El primer recuerdo que le viene a la mente en su afición a Gallos Blancos data de 2007. En un partido contra el Atlas, donde la histórica rivalidad entre ambos equipos comenzó. Ese día, en ese partido, el club queretano descendió de la primera división.

Antes de esa anécdota, P. se detiene a explicar de dónde nace su afición.

“Era el equipo de moda, wey, y como que había un pedo de ‘ah los Gallos’ y acá”.

En esos años, la franquicia del club tenía una academia en el Instituto del Deporte y la Recreación del Estado de Querétaro (INDEREQ). Esto, dice P., comenzó a generar afición entre los jóvenes.

Pero el gusto por el fútbol en la sociedad queretana se remonta tiempo atrás, con el primer equipo de la ciudad fundado por trabajadores: los Atletas Campesinos.

Es importante resaltar esto. Pues la afición en la ciudad (que posteriormente se extendería a todo el estado) nace de estos pequeños clubes compuestos por trabajadores de las fábricas textiles asentadas en barrios o colonias populares de Querétaro.

“Aquí en Querétaro hay un chingo de banda de familia que iba a los Atletas Campesinos, o sea que le late el futbol, que es futbolera, wey. A mí no me tocó eso, pero conozco a toda esa banda que empezó el pedo. Eran un chingo de banda de barrios que iban por tradición, por la onda de que sus familias los llevaban y como que se empezaron a topar ahí en el estadio”.

Es así que se forma el primer grupo de animación para el equipo local. “Rebeldía queretana” era su nombre, compuesta por dos grupos que, con el paso del tiempo, se dividirían. Así nace la “Resistencia Albiazul”, quienes se asentarían en la cabecera norte del estadio.

La conversación se interrumpe. P. enciende un cigarrillo y guarda silencio un momento. Se torna reflexivo después de una pregunta que surge en la entrevista:

-¿Tú por qué crees que sea la banda de los barrios la que llega a la barra?

-Eso es justo lo que me cuestionaba hace rato.

“Al final, en las barras también hay una jerarquía bien patriarcal. O sea, se respeta al barrio porque se da un tiro… Hasta nosotros mismos nos relacionamos así… No sé, wey, no quiero caer en tratar de explicarlo por la industrialización de Querétaro, o que la banda haya ido a los partidos… Pero creo que sí ha sido una costumbre queretana el fútbol, el fútbol llanero”.

Punto de encuentro

Contrario a la imagen de industrialización y “progreso” que los gobiernos queretanos ofrecen a inversionistas, en la capital del estado existe un sinfín de colonias populares y barrios que con el paso del tiempo han sobrevivido en la ciudad.

San Francisquito, Lomas de Casablanca, Menchaca, el Tepetate, el Cerrito, la Trinidad, San Roque, Hércules, la Reforma Agraria… son tan solo algunos de ellos.

Todos integran la barra. Todos, también, tienen problemáticas específicas como cualquier colonia o barrio popular de Latinoamérica: pobreza, pandillas, adicciones, violencia, marginación. Aunque tampoco estas problemáticas definen lo que son.

Muchos de estos problemas, hay que resaltarlo, son producto del abandono y precarización que el gobierno y sus instituciones han promovido durante décadas.

Pese a ello, la vida comunitaria, la solidaridad, el respeto y sobre todo la conciencia sobre su territorio, forman parte de la vida que acontece en “las periferias” queretanas.

Algo transversal, acaso por el origen de los clubes del fútbol en Querétaro, es la pasión por el balonpié.

P. no duda en asegurar que el fútbol “es algo también de la cultura de los barrios”, de su identidad. También lo son las subculturas urbanas que ahí coexisten, como los rockeros, skaters, graffiteros o punketos.

P. explica que la barra, atravesada por la afición y la tradición, es un punto de encuentro entre barrios y culturas.

“Es una reunión de pinches culturas ahí”, señala.

Durante 90 minutos, estos grupos, estos barrios, coexisten bajo un solo objetivo: alentar a su equipo.

“De alguna u otra manera, pues uno le agarra pasión, porque al final sí es contagiador. El pedo de estar saltando, de estar cantando. Estar ahí en la euforia del cántico, de escucharlo… O al menos, para mí, era así como un pedo de ‘¡no mames, qué pedo!’ Y te llena la pinche energía, y cantas, y te apasiona wey…”, narra P., exaltado.

Regresa el silencio a la habitación. P. enciende otro cigarrillo. Su tono de voz vuelve a la normalidad. Da una bocanada y responde a la pregunta.

-¿Hasta qué grado llega esa pasión?

“Pues es el pedo ahí ¿no, wey? Cuando no distinguimos y vale verga… cuando pasa esto wey, cuando pasa esto. Y eso lo puedes ver, porque así como pasó hoy, lo hemos vivido en San Luis, en Celaya… Una vez le caímos así de civiles en una van, pero le caímos a su cabecera por equivocación wey ¿no? Y dices ¿Hasta qué grado a esos weyes les iba a ganar la pinche pasión? Y vas con el temor de, ah bueno: ojalá que no les gane la pasión, ojalá que no acá… O sea, vas consciente. Pero tal vez ya en los pinches pedos masivos te gana…”.

La barra

P. no rebasa los 30 años. Es joven. Sus aprendizajes en la barra, sin embargo, no cualquiera los tiene. Él sabe de lo que habla. Ha vivido al filo de la butaca la pasión y el derroche, la violencia. No obstante, el 5 de marzo, cuando todo se salió de control en el Corregidora, él no estaba.

Pese a ello, él no cree en las teorías que han surgido para explicar lo que pasó ese día. Él conoce la barra. La ha vivido. Conoce a los “capos”(dirigentes de la barra). Conoce lo que pasa ahí dentro. Lo que se mueve ahí adentro.

Dentro de la barra, asegura, “yo sí veo que hay una distinción entre aficionados que sí son futboleros y que van por un genuino sentido del fútbol. De verlo. De apreciarlo, y que al final encontraron una cultura (…) Y creo que sí hay esa distinción de banda que va así, sin saber ni qué pedo, ni quién juega, ni cuál es la alineación, carnal. Que va ahí nomás porque su barrio va, wey, y pues para no quedarse solo en la esquina pues mejor los acompaña al estadio”.

No obstante, reconoce que con el paso del tiempo se ha difuminado el sentido inicial de la barra.

Los ideales

P. afirma que al inicio había un sentido distinto para participar en la barra: 

“Sí empezaron con ciertos ideales, dentro de los mismos códigos, claro, de la barra. Pero ciertos ideales, que como pasa en todo movimiento, se van perdiendo. Porque la banda que va entrando no sabe bien cómo está el pedo, no sabe por qué la está haciendo de pedo. Y es ahí donde hay banda que pues cae y va con otro pinche sentido que no es el futbolero, que no es el ver a Gallos Blancos, que no es el ver a tus compas de la cancha. Que no es el estar interesado en el fútbol”.

¿Cuáles son esos ideales? La defensa de sus colores. El aguante. Es decir, afrentar al equipo rival y su afición con cantos durante 90 minutos. Saltando. Cantando.

“Se presume eso en los cantos, de si vas al frente o si no vas al frente, wey. En cuestión de un tiro, del resistir”, explica.

Y agrega que, aún dentro de los códigos de la barra, de enfrentar y mostrar su superioridad, los grupos de animación deberían ser un “carnaval”.

“Un carnaval dentro de la barra, de la fiesta, de alentar y que no sean los putazos, wey. O sea, al final yo pienso que mucha banda acá busca ganar, pero en la tribuna. O sea, de: ‘ah es una barra con aguante que canta los noventa minutos, que está saltando, que viaja a todos lados’. O sea, es ahí donde hay otro sentido del aguante. Pero claro, está inmerso también dentro de los códigos de la barra”.

Pese a esto, en los últimos años el sentido futbolero se ha difuminado. Marcado, lamentablemente, por hechos, rencillas y peleas. Motivadas, en su mayoría, por el contexto de precarización y violencia generalizada que vive el país.

Un niño juega fútbol en el barrio de San Francisquito. De fondo, un mural del equipo local: los Gallos Blancos. Crédito: Alejandro Ruiz

Un espejo de la sociedad

El 20 de agosto de 2011 grupos criminales comenzaron a disparar durante un partido de fútbol en Torreón, Coahuila. Las imágenes, transmitidas en vivo por cadena nacional, dieron la vuelta al mundo. El crimen organizado, decían, había llegado al fútbol.

En 2006, después de que el ex presidente Felipe Calderón declarara la supuesta Guerra contra el narco, la vida en México no volvió a ser la misma. La presencia de grupos criminales se extendió en todo el país. Las calles, ahora, eran su trinchera. 

Desde su inicio se han contabilizado más de 350 mil muertes en el país. Además, la figura del narcotraficante, y el aura de violencia que le acompaña, comenzó a ser parte de la cultura mexicana. 

La violencia y los símbolos de los grupos criminales ahora llegaban a las y los jóvenes a través de música, series, películas y un constante bombardeo de imágenes en la televisión. Cuesta admitirlo, pero ser narcotraficante se volvió en una aspiración para las clases y sectores populares. 

Hoy en día, cuesta imaginar que exista un lugar en este país que no esté atravesado por eso. Se vende droga en la calle, en la esquina, en los bares, en oficinas. Se vende droga a domicilio, en casas de ricos y barrios populares… por supuesto, también en los estadios. 

P. lo reconoce: en la barra del gallos hay dealers. Sin embargo, aclara, esto no es algo que ocurra bajo el conocimiento de los líderes de la porra. Es, como en todos lados, una práctica clandestina. 

“Sí hay banda que hace su bisne, pero pues tampoco le van a decir que no. También no es meterse en pedos; sino pues cámara, si te tuercen tampoco los líderes se van a hacer responsables de a quien tuerzan vendiendo o acá. Mira, te voy a decir, por ejemplo… yo he llegado a pasar dos tres veces la bolsa… y pues nunca hubo un paro de ‘ah ve wey, ahí te va a ayudar el de seguridad a pasarlo’ o ‘pásate con este wey para que no haya pedo’ o ‘dile al capo que acá…’ no wey, te tenías que rifar a pasar los anillos de seguridad wey”.

Para P. no es el crimen organizado quien está detrás de las peleas o la violencia que se vive en la barra. Son los códigos y contextos de los barrios y colonias populares. Es la pérdida del sentido de afición. 

Reconoce que no han sido pocas veces en las que pandillas rivales se enfrentan adentro de la barra. Inclusive, relata, en algún momento los líderes de la porra intervinieron para alivianar las tensiones. Esto, lamentablemente, no ha dado resultado. 

Aunado a ello, los intereses empresariales que se ciernen sobre el equipo también han moldeado las dinámicas de violencia. Históricas rivalidades construidas por la televisión. Empresarios manchados de corrupción y vínculos con el crimen organizado. El lucro con las pasiones, con la afición, sin la responsabilidad de atender las causas que originan la violencia. 

“Yo empecé a ver un cambio cuando llegó Gallos a primera con Efraín Cortez, con Vucetich. Cuando empezó a tener reflectores empezaron a venir inversionistas y acá ¿no wey? Como que empezó a cambiar el trato hacia Gallos Blancos wey, le daban difusión”. 

Gallos: la empresa

La historia del Gallos Blancos, como equipo de fútbol, está llena de claroscuros. Su desempeño en la primera división de la Liga mexicana de fútbol ha estado marcado por los intereses empresariales que, desde los años ochenta del siglo XX, han estado sobre la franquicia. 

En realidad, la historia del equipo queretano es un constante ir y venir entre la segunda división y la primera. Sus históricas rivalidades con otros clubes (como el Atlas, San Luis o el Celaya) han nacido en partidos donde se disputa el acceso a la liga mayor. 

En muchos casos, han sido sus directivas las que han rescatado al Gallos Blancos a partir de movimientos empresariales y cambios de franquicias. No son pocas las veces donde el equipo ha estado en medio de escándalos de corrupción y delitos de cuello blanco. 

Uno muy particular ocurrió a inicios del siglo XXI, donde la Liga Mexicana de Fútbol decidió descender al equipo queretano tras una modificación en su organización. Sin embargo, de fondo, estaba una investigación que la entonces Procuraduría General de la República realizaba con la directiva de ese entonces. Se les investigaba por delitos asociados al narcotráfico y el crimen organizado. 

El asunto no escaló más. La Federación desapareció a la directiva y el club volvió a segunda división. La dramática historia de Gallos Blancos seguía su curso, mientras que la afición local les seguía alentando. 

“En segunda división, cuando no tenía los reflectores Gallos Blancos wey, así pues, criminalizaban bien machín a la banda. O sea, tampoco te voy a decir que no hubiera así de pedos, porque desde segunda división la Resistencia pues sí ha sido medio castrosa wey”, cuenta P.

Como hoy, en aquél entonces la barra cargaba un estigma alimentado por las administraciones gubernamentales. 

P. recuerda esos días. Cuenta cómo la sociedad se refería a ellos

“Así de que pinches delincuentes, pinches drogadictos; y de repente se transformó cuando hubo más intereses empresariales, y pues ha sido culero”. 

Pasaban los años, pero una excelente temporada deportiva puso a Gallos Blancos de nuevo en primera división. El equipo jugaba bien, era 2011, un año antes de que P. comenzara a ir a los partidos. 

Dos años después, sin embargo, volverían a descender de manera dramática. De nuevo, un movimiento empresarial les aseguró su estancia en la primera división. El “salvador” fue Amado Omar Yáñez Osuna, director de la empresa Oceanografía; actualmente investigada por un millonario fraude contra bancos privados. 

Este movimiento implicó que el escudo del equipo sufriera una pequeña alteración. Una de las franjas en el logotipo sería de color naranja; pues era el color favorito del empresario. La afición reaccionó:

“Me acuerdo del pedo de oceanografía ¿no? De este Amado Yáñez, que también tuvo un pedo de corrupción a nivel nacional wey. O sea, ahí la banda defendió, lo que te digo, su cultura, sus colores; hasta fue al CEART a pegar stickers, así bien machín llenaron la entrada del CEART, de nuestros colores son sagrados, porque este wey quería cambiar la franja a naranja”, relata P. 

A los empresarios, enfatiza P., no les importaba la tradición, el equipo o la identidad de la afición. Su apuesta siempre fue el dinero. Y así, después de Yáñez, vino Grupo Imagen, de  Olegario Vázquez Aldir; Grupo Caliente, del controvertido Jorge Hank Rhon; y más recientemente un conglomerado de empresarios con Gabriel Solares a la cabeza. 

Estas administraciones apostaron a sostener la franquicia en primera división. Comenzaron a vender bonos para el estadio. Firmar contratos con televisoras para la transmisión de los partidos. Los encuentros más polémicos fueron bautizados como “clásicos”; es en esos partidos donde la violencia entre las barras ha ido escalando. 

Para las cadenas televisivas, sin embargo, las rivalidades se exaltan. Es parte del negocio. Vender la pasión, sin medir las consecuencias del fanatismo descontrolado. 

Asimismo, y aunque en estos días el gobierno llame “criminales” “vándalos” o “bestias” a los integrantes de las barras; no son pocas las veces en las que diputados panistas han usado a los Gallos Blancos como discurso político para llegar a las colonias populares de la entidad. Con slogans como “Soy Gallo de corazón” y fotos en canchas de fútbol con la camiseta del equipo; los Gallos Blancos también se han convertido en un recurso electoral. 

La violencia siempre ha estado ahí. Alimentada por las televisoras; aprovechada por los discursos políticos; capitalizada por los empresarios. Sin embargo, cuando se sale de control, los votantes, compradores y consumidores se convierten en enemigos “salvajes” como diría el regidor queretano, José Luis Aguilera Rico. 

Y, aunque se venda como familiar, el fútbol en Querétaro desde hace mucho es un espectáculo de violencia. 

Pese a ello, P. no deja de sorprenderse, pues para él la violencia al interior de la barra ya se había controlado. 

“Yo hasta antes de este pedo ya hasta había considerado que ya se había calmado bien machín. Porque antes, en cada pinche partido, era un tiro de barrio con barrio, adentro de la misma barra, o afuera. Y yo hasta sentía que se había calmado bien machín wey”.

Entonces ¿qué pasó el 5 de marzo? 

La respuesta de P, sin rodeos: negligencia. 

Un gobierno omiso, una directiva ausente

P. no titubea. Reconoce lo que pasa en la barra. Sabe que en algunos momentos se sale de control. De fondo, señala, está la violencia estructural y el patriarcado. No escatima en señalar sus contradicciones, las del barrio, las de la afición. No justifica nada, pero pide “que se juzgue en su justa medianía”. 

Desde siempre, recuerda P., la seguridad en el estadio ha estado igual. Dos filtros. Uno en la entrada y el otro antes de subir a las gradas. Siempre, añade, han sido empresas de seguridad privada las encargadas de esto. 

Antes, era el grupo de seguridad privada Cobra. Después Elite K.9. 

Dependiendo del estadio, el partido y la afición será el nivel de revisión.

“Cuando vas de visitante siempre te quitan el cinturón y todo, wey”. Cuando se es local, agrega, los protocolos se relajan un poco más.

“Hay veces que hasta ya saludamos a los de seguridad, nos conocemos, porque trabajan ahí”, dice, con ironía. 

“Te dicen: ‘no ya pásale, wey’… ya se pone muy simple la revisión”, añade. 

Asimismo, explica que la práctica de abrir las compuertas a las barras es una práctica común. Le ha pasado en San Luis, en Guadalajara, en Torreón. Inclusive, el equipo, la afición, el estadio, ya han sido sancionados por conflictos previos. Las medidas, sin embargo, han sido ineficientes. 

En un video del 5 de marzo, un aficionado logró captar como un miembro de la empresa de seguridad privada del estadio abrió la compuerta de la afición de Gallos Blancos. 

De la cabecera norte, donde está la Resistencia Albiazul, los aficionados corrieron hacia la cabecera sur, donde estaba la barra del Atlas. 

Minutos atrás, narran asistentes al partido entrevistados por este reportero, aficionados del Atlas habían iniciado un conflicto con aficionados de Gallos. 

“Ahí en la cabecera sur, se supone, que es más familiar, más tranquilo”, dice un entrevistado, “pero se empezaron a pelear”, agrega. 

Este hecho desató el enojo de los aficionados del Querétaro. Si a eso, se le suma la irresponsabilidad del guardia, la empresa, y la directiva por disponer de 600 elementos de seguridad. Contratados, ese mismo día, por trescientos pesos. 

El resultado fue incontrolable. Transmitido en vivo por televisión abierta y a través de redes sociales. Una masacre, dijeron algunos. Las imágenes son brutales, de eso no hay duda. El saldo: 26 personas heridas, algunas de ellas de gravedad.

Pese a esto, el hecho de que circularan versiones no confirmadas hizo que las consecuencias en redes y medios fuera aún más grande. Por ejemplo,  David Medrano, de Tv Azteca, tuiteó en su cuenta personal, a una hora del enfrentamiento, que había 17 personas fallecidas tras la golpiza. Días después, él mismo rectificó la información y pidió disculpas a la audiencia; sin embargo, en el imaginario de muchas personas se instaló una teoría de la conspiración: mucha gente sigue pensando que sí hubo muertos, pero fueron “ocultados” por las autoridades y la prensa. 

La violencia como espectáculo. Como telenovela de buenos y malos. ¿Por qué había solo 600 guardias para un partido de alto riesgo? ¿Por qué no entró la policía que resguardaba el evento a contener el conflicto? 

Durante casi una hora, aficionados se batieron a golpes. Sin embargo, pudo haberse prevenido. 

“Sí estuvo de la verga. Pero también no se está juzgando en su justa medianía”, repite P.

“También hubo agresiones por parte de la banda del Atlas. Hay banda que están señalando y ni estaba; o que dicen que son unas personas y no son. O esto, acá de que estaba organizado y que empiecen a armar todo un complot con el crimen organizado y acá… no, wey, la neta no. Es algo que se salió de control”. 

Hasta el momento la Fiscalía estatal ha girado 40 órdenes de aprehensión contra presuntos agresores de ese día. 22 personas han sido detenidas. 1 de ellas, acusan sus familiares, ni siquiera estaba ese día en el estadio. Lo procesan por apología del delito. 

Otro de los detenidos fue entregado por su mamá, quien en un video publicado por la Fiscalía estatal asegura que los oficiales le advirtieron “que lo entregara, para bien de él y de nosotros”. 

Entre las sanciones resaltan: La expulsión de la actual directiva del club, más una multa de 1 millón 500 mil pesos. La clausura del estadio Corregidora por un año. El veto a la barra por tres años cuando el equipo juegue como local; y un año para cuando lo haga como visitante. 

El equipo, como exigían muchos, no fue desafiliado de la liga. El nuevo dueño de la franquicia es, de nuevo, Jorge Hank Rhon. Por su parte, el Estadio Corregidora será recinto para un concierto del cantante Christian Nodal junto a la banda MS. Solo se clausuraron los eventos deportivos. 

-¿Tú crees que la violencia en las barras es una expresión de lo patriarcal? 

–Sí, yo creo que está detrás de todo. 

Afición del Querétaro durante el juego de la jornada 2 del Torneo Apertura 2018 de la Liga Bancomer MX en el Estadio Corregidora, el 28 de Julio del 2018. Crédito: Cesar Gómez Reyna

Pasión, violencia y patriarcado 

¿En qué momento la pasión se convierte en violencia? La respuesta, en esencia, radica en el patriarcado. Es decir, en comprender que nuestras relaciones sociales se han construido, históricamente, a base de la violencia que los hombres heterosexuales, blancos y ricos han ejercido sobre el cuerpo, territorio y recursos de las mujeres.

Ese tipo de violencia, junto con la idea de superioridad a partir del sometimiento, ha sido transmitida y enseñada durante siglos. No es algo que únicamente se reduzca al sexo. Pues independientemente de ser hombre o mujer esta violencia se sigue ejerciendo en distintas formas, con sus especificidades.

Es decir, la violencia patriarcal, como resaltaría la socióloga alemana, María Mies, está relacionada con el capitalismo y el colonialismo. Es, entonces, el medio por el que se construyó nuestra “civilización”.

Si a esto, sumamos la marginación (sino segregación) de los barrios y colonias populares; ya sea por su clase social y su color de piel; agregándole la represión y criminalización (simbólica o de hecho) de sus costumbres, tradiciones, experiencias y alegrías. La violencia, muchas de las veces, es la respuesta que el sistema mismo ha construido.

P., con palabras más sencillas, lo explica así:

“Es algo bien estructural ¿no wey? Es lo que hablábamos ¿por qué en estas clases populares se dan estas pinches manifestaciones de culturas tan violentas no wey? Háblese de las barras bravas, háblese de las pandillas en los barrios, háblese del rock mismo, háblese del punk ¿no, wey? Donde ya la banda pues también se agarra a putazos en los toquines, se agarra de putazos entre pandillas. O sea, sí yo pienso que hay algo estructural wey, también en el sentido de este pedo de que, a los hombres, en muchos contextos, quien sea más violento va a ser más hombre ¿no? O esta onda de tener huevos ¿no wey? ‘¿qué no tienes huevos o qué wey?’ o sea, va implícito”.

La entrevista vuelve a detenerse. Los cigarrillos se acaban. 

-¿Tú has replicado esta violencia estructural?

“Sí, wey, lo he reconocido ¿no wey?. En el sentido de decir ‘no pues a la verga, que chingue su madre’”.

-¿Cómo crees que pueda prevenirse esto en la barra?

–Hay una chambota que hacer, carnal. Porque es una onda estructural. Tendríamos que entrar con los barrios, y yo pienso que sí hay oportunidad de hacerlo. o sea, al final la barra aglutina barrios, y hay acceso para decir ‘a ver banda vamos a trabajar este pedo’ ‘vamos a chambearle en nuestras masculinidades’ en cómo nos relacionamos”.

-¿Lo ha hecho esta barra? 

“No, no lo ha hecho, pero creo que es una buena oportunidad para reivindicar el pedo. De analizar por qué nos estamos relacionando así. Y analizar, o hasta decretar, ¿hasta dónde van a llegar nuestras trifulcas wey? Y ese el pedo, que no hay un pensamiento dentro de la barra que digas ‘es esto’; hay quien mantenga esa postura y hay quien no, que solo va a drogarse y va a acompañar a su pandilla. Y si hay putazos pues se va a agarrar a vergazos. O sea, como es mucha gente tampoco se le puede echar la culpa a las dirigencias de todo”.

Al final, en silencio, P. reflexiona lo que ha dicho. Reflexiona sobre lo que pasó en días anteriores. Se ve molesto, y dice: “ojalá, así como nos indigna esto del fútbol, ojalá así nos indignara lo que pasa en Aldama, Chiapas, o en Allende, Coahuila”. 

Tal vez tiene razón. La diferencia es que esto, la golpiza entre barras, fue un espectáculo televisado que atrajo todos los reflectores. Un producto más de la televisión. Del racismo, clasismo y patriarcado puestos en escena. Una novela, donde los héroes han creado a los villanos; y los malos, son los mismos de siempre. 

Alejandro Ruiz.Periodista independiente radicado en la ciudad de Querétaro. Creo en las historias que permiten abrir espacios de reflexión, discusión y construcción colectiva, con la convicción de que otros mundos son posibles si los construimos desde abajo.

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