Sasha Sokol: misoginia y violencia desde la televisión

¿Alguien quiere una aspirina?

Opinión por Alberto Nájar (@anajarnajar)

8 de marzo. Casi terminaban las protestas en el país por la violencia feminicida contra las mujeres en México, cuando en Twitter se publicó una serie de mensajes estremecedores.

Sasha Sokol denunció el abuso que sufrió por parte de Luis de Llano Macedo, uno de los principales productores de Televisa.

La cantante sostuvo una relación con el polémico personaje. Ella tenía 14 años. El sujeto 39.

Decidió abordar el tema después que el productor sostuvo una descarada conversación con el locutor Yordi Rosado.

Durante la plática Luis de Llano minimizó su relación con la cantante. “Fueron unos cuatro meses”, dijo entre risas. Mintió. En realidad, fueron “casi 4 años” dijo Sasha.

En Televisa, entre los periodistas dedicados a cubrir la farándula y también entre cantantes, actrices, actores, productores o cineastas la relación era sabida.

Se aceptaba como algo normal, un chisme más en el mundillo del espectáculo.

Pero no fue así. Sasha era menor de edad. Difícilmente tenía capacidad de entender lo que ocurría. No tenía claro que Luis de Llano Macedo cometía con ella un delito reiterado.

La relación afectó su vida. Tanto, que tardó 33 años en hablar públicamente del tema. “Escribo esto llorando” publicó en Twitter.

“Llorando por lo que sucedió, sí, pero llorando también por lo que sigue sucediendo. ¿Cómo habría sido mi vida si Luis, en lugar de meterme en su cama, hubiera hecho lo que le correspondía, que era cuidarme? Nunca lo sabré”.

El caso supera a la farándula porque los responsables de los contenidos artísticos aceptan -y promueven- la violencia hacia las mujeres.

Lo hacen porque han sido impunes. De hecho, el caso de Sasha Sokol muestra varios aspectos que no deberían perderse de vista.

Uno es la práctica del abuso, profundamente arraigada en el mundo del espectáculo. Es un secreto a voces que para tener acceso a una oportunidad es condición frecuente conceder favores sexuales.

Las mujeres son las víctimas principales, pero no las únicas. Cada vez es más frecuente saber de casos de muchachos obligados a sostener relaciones con productores hombres.

Otro ángulo es la cotidianeidad de esa costumbre. Se acepta como algo normal, parte de los requisitos para alcanzar el éxito en el teatro, comedias, telenovelas, películas.

Y uno más, quizá más grave, es que tal normalización del abuso parece trascender a los escenarios. De hecho, se mira en la pantalla. 

Por ejemplo, la mayoría de los programas de Televisa, como telenovelas o comedias, están plagados de misoginia, con mensajes que etiquetan a las mujeres como amas de casa, pobres, vulnerables o necesitadas de un marido o pareja para ser felices.

En esos programas no sólo se acepta sino se promueve la violencia de género. 

Se estigmatiza, por ejemplo, la preferencia distinta a la heterosexual; se promueven valores religiosos o moralinos y se condena el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo e interrumpir un embarazo.

El ejemplo más claro es la serie La Rosa de Guadalupe, el programa de más rating de Televisa en la última década y que abiertamente promueve la religión católica en la audiencia.

Televisa, sin embargo, no es el único caso. En realidad, sus usos y costumbres se repiten en prácticamente todas las televisoras privadas de México.

Problema grave en un país donde decenas de millones de personas se informan y adquieren valores desde la pantalla de televisión.

La promoción de la misoginia, discriminación y estigmas que promueven las televisoras es, también, una de las razones de la incontenible violencia de género en México.

Varias generaciones crecieron con la idea de que las mujeres son objetos, incapaces de progreso sin la ayuda de un hombre. 

La basura que arroja a las pantallas la televisión mexicana influye no sólo en los niños, sino que hace creer a millones de niñas que la violencia que sufren es normal. 

Con esa idea se convierten en adultos y entonces, la semilla sembrada en la niñez reproduce el círculo vicioso.

Algo difícil de romper en una sociedad que parece adicta a esos contenidos, y con autoridades históricamente plegadas a los caprichos del rating.

Eso incluye al presidente Andrés Manuel López Obrador. De otro modo no se entienden sus apapachos a Ricardo Salinas Pliego, dueño de TV Azteca y uno de los empresarios con más prácticas sucias de América Latina.

Así, no hay muchas expectativas de un cambio. Pero en tal pesimismo las decisiones valientes de mujeres como Sasha Sokol se convierten en destellos de esperanza.

“Si existiera algún tipo de paz detrás de compartir esta historia personal tan dolorosa” compartió en Twitter, “es la de darle fuerza a otras mujeres para que alcen la voz si viven en alguna situación de abuso”.

Alberto Najar. Productor para México y Centroamérica de la cadena británica BBC World Service.Periodista especializado en cobertura de temas sociales como narcotráfico, migración y trata de personas. Editor de En el Camino y presidente de la Red de Periodistas de a Pie.

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