La vía militar y la lealtad a ciegas: lo que sigue

Crédito: Gobierno de México

Ruta crítica

Opinión por Ernesto López Portillo (@ErnestoLPV)

El ejercicio político profesional a cargo de las personas que representan funciones públicas en el gobierno es diálogo, tensión, conflicto, desacuerdos y acuerdos; y luego más diálogo, tensión, conflicto, desacuerdos y acuerdos, y así sucesivamente. La política, al menos en democracia, es un ciclo interminable de interlocución en la diversidad y la pluralidad, o no es.

La ruta es la no política si miramos el juego de suma cero a consecuencia de la polarización. O mejor dicho en palabras de Maruan Soto Antaki, “México es irrespirable porque, sin importar pertenencias o la carencia de ellas, la existencia intelectual, política e incluso cultural de unos parece depender de la desaparición de otros” (Pensar México II, 2021).

No hay en mi concepto mensaje más elocuente y profundo de López Obrador que el enviado cuando afirmó “pedimos lealtad a ciegas al proyecto de transformación”. La lealtad a ciegas, en cualquier ámbito, público o privado, se coloca en las antípodas de la libertad, el pensamiento crítico y la deliberación. El Ejecutivo Federal enseñó ahí, acaso, su más honda concepción del ejercicio del poder: incuestionable, irrebatible, indiscutible, irrefutable, incontestable.

¿Y quién mejor alineado a tal visión del mundo? Las Fuerzas Armadas. Ahí el presidente encontró la lealtad a ciegas que pidió. Pocos conceptos representan mejor la identidad simbólica y la doctrina profesional de los militares, como la lealtad. A su vez vinculada a su correlato: la disciplina. Solo es verdaderamente leal quien se disciplina a cualquier costo.

Tal vez no por otra cosa el presidente representa con tal fidelidad lo que se conoce como un gobierno militarista, es decir, “aquel que celebra las cualidades superiores de las instituciones castrenses y las coloca por encima de las instituciones civiles”. Acaso ninguna cualidad es más alta que la entrega leal al proyecto presidencial.

Vamos por la vía de la lealtad a ciegas o por la consolidación de la democracia, pero no se pueden transitar los dos caminos. Son mutuamente excluyentes. No creo que alguien pueda anticipar qué será. La democracia es impopular y los partidos políticos, supuestos conductos institucionales de la representación plural y diversa, merecen la mayor desconfianza, mientras el presidente y las Fuerzas Armadas merecen la mayor confianza social.

Tal vez así se entiende mejor por qué la intervención militar desbordó y seguirá desbordando los contornos constitucionales, para ahora ocupar más y más funciones civiles, posiciones de gobierno y recursos públicos.

El militarismo no es un proyecto de seguridad, es un proyecto político que corre por los militares convertidos en vasos comunicantes de esa lealtad a ciegas, buscando conectar reticularmente, ventanilla por ventanilla, con esa confianza social.

¿Lo que sigue es que los militares mismos exijan la lealtad ciega a la sociedad?

Ernesto López Portillo. Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana. Fundó y dirigió el Instituto para la Seguridad y la Democracia -Insyde- (2003-2016). Ashoka Fellow.+Derechos+Seguridad+Derechos.

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