Épica y radicalización

Crédito: Ricardo Aldayturriaga / Quadratín

Nunca más

Opinión por Jacobo Dayán (@dayan_jacobo)

Toda mi solidaridad con la comunidad del CIDE

No deben extrañar las formas en que se ha venido radicalizado el gobierno. Era de esperarse. Cualquier gobierno que se autoproclama como moralmente superior, verdadero representante de la voluntad popular y marcado por la historia para alcanzar un idílico destino, solo puede sostenerse bajo la permanente teoría del complot.

A pesar de la legitimidad democrática, va construyendo su narrativa a partir de la agresiva polarización, de mostrar día a día a poderosos enemigos a los que, cual caballero medieval, debe ir venciendo, aunque sea solo en el discurso, para lograr aquello a lo que se cree predestinado. Si la supuesta amenaza es mayor y más numerosa, más grande es la épica. Se debe construir todos los días la idea de un gran complot para sostener la farsa. Como toda teoría del complot, tiene algunos elementos creíbles, exageraciones con pequeñas pinceladas ancladas en prejuicios y siempre con generalizaciones fuera de la realidad. Todo aquello que no quepa en la épica de gobierno es parte del complot.

No importa quienes sean los molinos de viento a los que pretende enfrentar cada mañanera. Lo importante es que existan en discurso y que parezcan poderosos, eso hace más potente la comunicación de la épica a la que llama a sumarse sin crítica alguna. A fin de cuentas, afirma que él es el camino. Cuando habla del movimiento, en realidad habla de él.

Mantener esa tensión es necesario ya que la realidad no acompaña su narrativa. Para ello se hace ver como el heredero de un pasado glorioso que perdió su esencia por aquellos que complotan en la oscuridad. Complot que debe ser cada vez más amplio. Es necesario presentarse como el héroe que lucha contra una gran adversidad y a una constante amenaza que, con el respaldo del pueblo, lo que eso signifique, se vencerá. A fin de cuentas, él es el gobierno, el Estado y la encarnación de la voluntad del pueblo. Mientras más monolítica sea la concepción de pueblo, mejor para la épica. Así de simple y por lo mismo así de poderoso. Es por ello que el lenguaje es sencillo y repetitivo.

Se ancla en la frustración y el resentimiento de sobra entendibles. Prefiere destruir antes que construir. Gobernar viendo el retrovisor ya que la gloria se encuentra en un pasado con lectura simplona.

Cuando la realidad sigue imponiéndose y la narrativa contra los enemigos se va desgastando, se deben buscar nuevos personajes para irlos sumando al complot. Repito, a mayor potencia del complot, mayor es la épica y mayor es la figura del líder.

Qué importa la legalidad cuando lo único relevante es lo considerado legítimo. Qué importa la violencia si los grandes cambios de nuestra historia, de los que se nutre este gobierno, ocurrieron con baños de sangre. Qué importa la complejidad del Estado y sus contrapesos cuando alguien cree encarnar el destino de la patria. Qué importa la pluralidad de opiniones cuando la verdad es revelada desde el púlpito presidencial. Qué importan los derechos y las libertades cuando lo que se cree tener en la mano es el bien supremo. Qué importa la polarización cuando la épica debe ser polarizante. Qué importa la destrucción cuando la destrucción es el proyecto.

La voz del líder no acepta cuestionamientos. El militarismo no es militarismo. Las masacres ya no existen. La impunidad y la corrupción desaparecieron por solo haberlo así decretado. Todo aquello que indique fallos debe ser visto con los lentes de la supuesta superioridad moral. Los círculos más cercanos permanentemente interpretan la voluntad del líder y desde allí, cubiertos por un manto moral protector, toman iniciativa propia. La épica debe ser defendida y justificada a toda costa. Toda crítica es considerada un ataque a la épica y sus motivaciones necesariamente son oscuras.

La historia está repleta de gobiernos con estas características. El camino es la destrucción y la radicalización. El intento de imposición de una idea única. La radicalización no se detendrá. Más adelante la narrativa del complot alcanza a los que antes eran considerados cercanos y al propio círculo del poder.

No se debe olvidar de dónde venimos. La teoría del complot abreva de ello. Antes de todo esto, el horror, la depredación, la simulación, la frivolidad, la complicidad y el desdén eran la forma de gobierno. La respuesta no puede ser regresar a ello.

Lo que está en riesgo no es poca cosa. Es la viabilidad democrática y la perpetuación del horror. Tarde o temprano la farsa terminará. La realidad es la realidad.

La pregunta es qué tanto quedará devastado, cuánto horror se acumulará, cuánto Estado será desmantelado y militarizado. Es necesario desvelar la cortina desde dentro y resistir desde fuera. Si dentro y fuera se antepone el pragmatismo a la dignidad, se mantiene la mira en pequeños y puntuales objetivos y agendas, y no hay resistencia articulada, entonces pasan cosas peores.

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