La sucesión presidencial adelantada

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Opinión por Héctor Garcés

Aunque parece demasiado pronto, el 2024 ya está en boca de la clase política y de la agenda informativa e interpretativa.Cosa curiosa: el tema de la sucesión la colocó sobre la mesa el propio presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador.

Lo hizo, tal como acostumbra, desde el púlpito de ‘La Mañanera’, donde impone con su singular discurso diversas temáticas en la agenda diaria, algunas de ellas francamente distractoras, pero también otras que marcan el rumbo político del sexenio.

Tras los resultados electorales del 6 de junio, de manera abierta el presidente ‘destapó’ su lista de aspirantes a sucederlo en 2024: Claudia Sheinbaum, jefa de gobierno de la Ciudad de México; Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores; Tatiana Clouthier, secretaria de Economía; Esteban Moctezuma, embajador de México en Estados Unidos; y Juan Ramón de la Fuente, representante de México ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Hace unos días, el presidente añadió un sorpresivo nombre a la lista: Rocío Nahle, secretaria de Energía. La primera sorprendida, seguramente, fue ella, quien sí tiene la mira en el 2024, pero enfocada en la gubernatura de Veracruz, objetivo ya trazado.Con todo la intención, el presidente no mencionó un nombre que debería estar en la lista: Ricardo Monreal, líder de Morena en la Cámara de Senadores. El zacatecano se muere de ganas por ser el sucesor, pero el señor de Palacio Nacional ha omitido su nombre en dos ocasiones. La razón es sencilla: no lo tiene en su lista.

Para los analistas, Andrés Manuel López Obrador comete un error al adelantar la sucesión presidencial bajo una serie de elementos y factores que caracterizan al sistema político mexicano. Bajo esa perspectiva, el propio presidente se resta poder justo cuando, de acuerdo a la tradición de la política mexicana, el primer mandatario debe detentar el control prácticamente absoluto, a la mitad del sexenio. Ese es un análisis basado desde la óptica del priismo que gobernó el siglo pasado, en la época autoritaria en donde quien se movía simple y sencillamente no salía en la foto.

Los tiempos cambian: a diferencia de los rituales impuestos por el viejo sistema político priista, la alternancia democrática ha cambiado las reglas del juego desde hace tiempo aunque ciertos sectores de la prensa se nieguen a aceptarlo. Un ejemplo: durante los sexenios panistas, ni Vicente Fox ni Felipe Calderón pudieron imponer a sus sucesores tal como se acostumbraba en el arcaico y esclerótico sistema político del Revolucionario Institucional.

Vicente Fox quería que su sucesora fuera su insoportable esposa Martha Sahagún, cosa que no logró gracias a la presión de la prensa crítica. Su segunda carta, Santiago Creel, fue derrotado en un proceso interno abierto a la militancia por un ‘rebelde’ Felipe Calderón. Aunque no era ‘su’ candidato, Vicente Fox tuvo que hacer todo lo que estuvo en sus manos para llevar al triunfo a Felipe Calderón y evitar que ganara su acérrimo adversario, un singular personaje de la izquierda: Andrés Manuel López Obrador.

A Calderón le sucedió algo parecido que a Fox: Ernesto Cordero, era el hombre del presidente, fue secretario de Desarrollo Social y secretario de Hacienda. Compitió y perdió. La ganadora del proceso interno panista fue ‘la rebelde’ Josefina Vázquez Mota, cuyas conversaciones telefónicas eran espiadas por ese delincuente de nombre Genaro García Luna. Sin embargo, Felipe Calderón, a diferencia de Fox, no apoyó a Josefina Vázquez Mota y para evitar que Andrés Manuel López Obrador llegara a la presidencia de México en su segunda oportunidad, prefirió establecer un acuerdo con el candidato de las televisoras, Enrique Peña Nieto, y permitir que el PRI regresara a Los Pinos.

Cuando los priistas, llenos de soberbia y sin darse cuenta que los tiempos ya habían cambiado, pensaban que habían regresado al poder para quedarse otros 80 años como en el pasado, estallaron dos bombas: el asesinato de los 43 estudiantes de Ayotzinapa; y la impecable investigación periodística sobre ‘La Casa Blanca que exhibió la corrupción de la administración peñanietista. Eso ocurrió en 2014, cuando Peña Nieto apenas cumplía su segundo año de gobierno y, según el arcaico y desfasado manual político del priismo, el presidente se aprestaba a manejar el país como si estuviera en los tiempos de Ruiz Cortines o de López Mateos.

Al llegar los tiempos de la sucesión, acorralado y sumamente cuestionado, Enrique Peña Nieto designó a un débil tecnócrata, José Antonio Meade, como candidato del PRI, pero en realidad pactó en secreto con Andrés Manuel López Obrador para no ponerle ni una sola piedra en el camino y dejarlo llegar, sin problema alguno, a la presidencia de la república.

Ese pacto, ese acuerdo político fue producto de las tiempos de la alternancia política que vive México desde el año 2000. La negociación se estableció con el adversario, con el contrincante, con el opositor. Eso, aunque no le guste a muchos en un país que siempre coquetea con el añejo autoritarismo, es política. Algo no va a cambiar en el 2024 del México presidencialista: Andrés Manuel López Obrador designará al candidato o candidata de su partido, Morena. Esa prácticamente es una facultad del Ejecutivo. Y, seguramente, lo apoyará con todo, desde la tribuna de ‘La Mañanera’ y con recorridos por todo el país, para llevarlo al triunfo.

Pero todavía faltan tres años y, en ese periodo, sucederán muchas cosas, entre ellas, los resultados de las elecciones por las seis gubernaturas que se disputarán el próximo año, en 2022, juego que incluye a Tamaulipas.Ciertamente, el país vive una sucesión adelantada por el propio presidente, algo que nunca antes había sucedido en el sistema presidencialista mexicano, pero eso confirma que, pese a todo, se viven otros tiempos con un estilo de gobernar muy particular.


El gobernador Cabeza de Vaca y el alcalde Adrián Oseguera en Miramar

Después de un buen tiempo en que el gobernador de Tamaulipas, el panista Francisco García Cabeza de Vaca, no aparecía en un evento junto con el alcalde de Ciudad Madero, el morenista Adrián Oseguera, finalmente ambos compartieron el escenario ayer en la Playa de Miramar.

El evento que los reunió fue el izamiento de la bandera azul o ‘blue flag’ que es un reconocimiento internacional que se hace a una playa que se mantiene siempre limpia.

Por supuesto, el gobernador de Tamaulipas hubiera querido izar otra ‘bandera azul’ en Ciudad Madero: la de su partido, Acción Nacional, pero no pudo. De hecho, una interpretación política del evento de ayer en Miramar es que el mandatario estatal reconoció de manera pública el triunfo y, por ende, la reelección de Adrián Oseguera como presidente municipal de la urbe petrolera.

También existen otras interpretaciones en el actual e incierto ambiente político: cuando visita el sur, el gobernador opta por hacer reuniones en Miramar. En días pasados, por ejemplo, dialogó con un grupo de empresarios en el exclusivo restaurante del complejo Velamar… en vez de ir a Tampico donde su partido, el PAN, arrolló a la 4T. Bueno, en fin.

Al acto de ayer, en la Playa de Miramar, asistieron las presidentas del DIF de Tamaulipas y de Ciudad Madero: Mariana Gómez de García Cabeza de Vaca y Ana Cristina Organista de Oseguera, respectivamente.


Y para cerrar

¿Qué habrá pensado Jaime Turrubiates, ex candidato del PAN a la alcaldía de Madero, de la visita que hizo ayer el gobernador Francisco García Cabeza de Vaca a Ciudad Madero donde apareció junto con Adrián Oseguera?…Una pregunta más: ¿Algún día Jaime reconocerá públicamente que perdió de forma estrepitosa la elección del 6 de junio?…

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