Elecciones del 6 de junio: el peligroso auto apapacho de Morena

¿Alguien quiere una aspirina?

Por Alberto Nájar

Las carcajadas de Adela Micha, de por sí estridentes, se escucharon más fuertes.

“Es por culpa de los medios que ustedes hayan ganado y Morena haya perdido, claro. ¡Ja, ja, ja, ja!”, preguntó con ironía a los invitados a su programa de televisión, ocho candidatos de la coalición Va por México a las alcaldías de la capital del país.

Era la mañana del 8 de junio. Para ese momento los resultados electorales habían confirmado que el Movimiento de Regeneración Nacional fue derrotado en una parte de Ciudad de México.

La locutora estaba feliz, radiante. “Es una pérdida importante, es su bastión”, festejó y enseguida los invitados la secundaron.

“Es el resultado de que sumamos nuestras coincidencias y eso se reflejó en la votación”, dijo convencido Adrián Ruvalcaba, militante del PRI y acusado de encabezar un grupo de golpeadores para causar violencia en Cuajimalpa, donde se reeligió.

Y luego intervino Alfa Eliana González, postulada por el PAN ganadora de la alcaldía de Tlalpan.

“Ganamos quienes queremos trabajar”, sentenció. “¿En dónde ganan ellos? En las zonas que son más vulnerables, donde los programas sociales están ahí, en donde regalan el dinero, en donde están los ninis”.

Sonríen sus compañeros candidatos. Asiente con la cabeza la locutora Micha.

La entrevista colectiva duró una media hora. Desde el primer minuto hasta la despedida el tono fue el mismo: alegría, felicidad, estridentes carcajadas de la anfitriona y, claro, el acuerdo de los invitados para empezar una nueva etapa de paz, unidad y reconciliación.

Un compromiso que se escuchó hueco. Durante varios meses, la coalición que postuló a los candidatos desplegó una intensa campaña de odio y desinformación.

Inundaron la radio y televisión con mensajes de miedo. Algunos patrocinadores del movimiento hablaron inclusive de promover un golpe de Estado.

Pero eso no importaba ese radiante martes, 36 horas después de la elección intermedia del 6 de junio.

En la mesa que presidía la locutora, entre sus invitados, sólo hubo espacio para festejar a lo grande porque para ellos, ganar unas elecciones locales equivale a conquistar el gobierno de la República.

La anécdota muestra la forma como en la mayoría de los medios tradicionales se ha contado el resultado de las votaciones pasadas.

En columnas, artículos de opinión, análisis, estadísticas, reportajes, crónicas y entrevistas el tono fue el mismo:

El partido en el gobierno no pudo ganar las mismas curules en la Cámara de Diputados que en los comicios de 2018.

La oposición gobernará en la mitad de la capital del país, el principal bastión de la izquierda. Morena y su fundador, el presidente Andrés Manuel López Obrador, fueron derrotados.

Curiosamente, los promotores de esta narrativa se concentran en los resultados de la Cámara de Diputados y Ciudad de México.

Y en ese escenario, convenientemente hicieron a un lado lo que sucedió en el resto del país: el partido en el gobierno ganó once de las 15 gubernaturas en disputa.

El PRI perdió las siete que controlaba. Al PRD le arrebataron el único gobierno que conservaba, Michoacán, y el PAN mantuvo los espacios que ya tenía.

La sorpresa fueron el Partido Verde, que ganó el gobierno de San Luis Potosí, y Movimiento Ciudadano, que obtuvo la mayoría en Nuevo León.

Pero en el balance final, el ganador indudable fue Morena que en los próximos meses gobernará en 17 de los 32 estados del país.

Es la realidad que la alianza opositora y la mayoría de los medios tradicionales no quieren aceptar.

Ni siquiera cuando se los dice uno de sus miembros distinguidos, el exsenador Gustavo Madero.

En un artículo el político chihuahuense reconoce abiertamente que no tienen nada que celebrar. Y aporta datos:

La coalición Va Por México “solo logró quitarle 34 de los 218 distritos que obtuvo Morena en 2018” escribe. “Nuestro objetivo real, crear una nueva mayoría opositora, no se logró”.

Aún más, en términos reales la votación efectiva de los partidos que integran la alianza es menor que hace tres años.

En 2018 el PRI, PAN, PRD y PVEM -que contendieron contra López Obrador- obtuvieron 28 millones 104 mil votos.

Este año Va por México registró 22 millones de sufragios. Menos que hace tres años, a pesar de la intensa campaña de odio y desinformación que han mantenido.

¿Por qué entonces el exagerado festejo? Quizá por estrategia. El resultado de los comicios en Ciudad de México demuestra que la estrategia de manipulación y mentiras surtió efecto en muchas personas.

Los datos del Instituto Nacional Electoral muestran que existió una votación masiva en zonas de clase media y barrios adinerados, donde el porcentaje de participación superó el 60%.

Los electores de estos barrios y colonias sintieron la imperiosa necesidad de asistir a las casillas, para tratar de poner freno al presidente López Obrador.

El suyo fue un voto de castigo, enojo, miedo, odio.

Por el contrario, en las zonas con menor ingreso que tradicionalmente han apoyado al movimiento de AMLO hubo un alto índice de abstencionismo.

Los opositores a la 4T ven este resultado como un aliciente para mantener la estrategia de desinformación.

Es previsible que la profundicen y para tener éxito necesitan por fuerza mantener la idea de que ganaron la elección. Y en esa tarea los medios tradicionales tienen un papel central.

En tal escenario cuentan con un aliado: la autocomplacencia de Morena.

No hay en el análisis público de sus dirigentes la necesaria reflexión sobre los errores cometidos, y por el contrario el ánimo en el partido parece ser de celebración.

Hay razones para hacerlo, claro, pero también una urgente necesidad de revisar a profundidad quiénes fallaron y por qué.

No son pocas las denuncias sobre fuego amigo, especialmente en la capital del país. Hasta el presidente López Obrador lo dijo en una conferencia matutina.

Es cierto que los números reales están lejos de la catástrofe que se pregona en medios mexicanos y algunos extranjeros.

Pero también lo es que el 6 de junio Morena y sus líderes mostraron sus lados vulnerables, y sobre ellos es que se concentrarán en adelante los esfuerzos de la oposición.

Están engallados y en los próximos meses tendrán oportunidad de probar de nuevo la estrategia de odio, en la consulta nacional para decidir si se enjuicia o no a los expresidentes de la República.

Es el primer paso para la gran aduana, la joya de la corona que por momentos pensaron extraviada pero que el 6 de junio parece que encontraron algún rastro para recuperarla:

El referéndum de 2022 para decidir si López Obrador sigue o no en el cargo. Vencer -de a deveras- al presidente es el principal anhelo de los opositores.

Hasta la semana pasada, con la creciente popularidad del mandatario parecía algo imposible de alcanzar. Pero después de las votaciones el objetivo les parece cercano.

No importa que en los hechos no cuenten con el respaldo suficiente para conseguir su objetivo.

Es lo de menos porque ya crearon una realidad paralela a la que pretenden arrastrar a todo el país.

Y pueden lograrlo si Morena, los seguidores de la 4T y personajes aliados siguen en el pasmo y el apapacho personal.

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