El origen militar de la violencia criminal en México

Culiacán duranta la captura de Ovidio Guzmán, hijo del “Chapo” Guzmán, en 2019.

Por Michael W. Chamberlin

Al General Francisco Gallardo, por su franca amistad y humanidad.

La corrupción y el crimen son dos componentes que han estado siempre presentes en el México moderno, lo que es nuevo es el desbordamiento de la violencia y los crímenes atroces que vemos o leemos en la prensa todos los días. El modelo de negocio del crimen organizado ya no se basa en mantener apaciguada “la plaza” para el tráfico y venta de droga, ahora se trata de imponer miedo con actos de terror para traficar personas, hacer cobro de piso, apropiarse de bienes, controlar mercados lícitos e ilícitos, desplazar a los indeseados, e incluso como ahora, eliminar candidatos y favorecer a otros para tener al poder político de su lado. Es una lógica de control territorial que tiene un origen militar.

Para decirlo rápido, al perder la guerra en Vietnam, los Estados Unidos repensaron la doctrina militar e inventaron estrategias para situaciones de guerra donde el enemigo no es claro, donde no se usan grandes armamentos y donde el objetivo es infringir miedo, a las que llamaron “guerra no convencional” y “guerra de contrainsurgencia” para enfrentar la “guerra de guerrillas”. La finalidad es siempre el control del territorio anulando al enemigo, ya sea por aniquilación o quitándole la voluntad de combatir. Estas estrategias dependen de información e inteligencia recabadas de aliados locales o con técnicas sofisticadas de tortura y la imposición generalizada del terror. América Latina está llena de escenarios de este tipo de guerra no convencional y México no es la excepción.

El escándalo Irán-Contra reveló cómo el gobierno norteamericano financió en los años ochenta la “guerra contra el comunismo” en Centroamérica y Colombia con dinero del narcotráfico (floreciendo los cárteles del narcotráfico en México y Colombia, e inundando sus calles de droga), financiando a grupos armados locales o paramilitares y formando a militares como fuerzas especiales en estrategias de guerra no convencional. En el caso de México esas fuerzas especiales siguen siendo los Grupos Aeromóviles de Fuerzas Especiales o GAFE.

Los GAFE en México tuvieron mucha más notoriedad en el conflicto armado en Chiapas. Hoy sabemos que la estrategia militar en Chiapas tuvo una lógica contrainsurgente. De acuerdo con el “Plan de Campaña Chiapas 94”, considerado un hecho probado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Ejército Mexicano -cito- tenía la finalidad de “romper la relación de apoyo […] entre la población y los transgresores de la ley”; “organizar secretamente a ciertos sectores de la población civil; entre otros a ganaderos, pequeños propietarios e individuos caracterizados con un alto sentido patriótico quienes ser[ía]n empleados en apoyo de las operaciones”; así como “adiestra[r] y apoy[ar] a las fuerzas de autodefensa u otras organizaciones paramilitares” [y] “en caso de no existir fuerzas de autodefensa, […] crearlas”. “El Plan –continúa citando la Comisión Interamericana-, definió como “fuerzas enemigas” a las “organizaciones de masas” consideradas como “parte fundamental y más importante elemento de la estrategia maoísta” (es decir, de “guerra de guerrillas”). Tal sector estaba conformado, según este documento, por organizaciones “sociales reales o de fachadas, en los sectores: Magisterial, Estudiantil, Popular, Laboral, Étnicas, Religiosas, Campesinas, Otras” -hasta aquí la cita al Informe de fondo del caso La Grandeza de la CIDH-. Desde la lógica contrainsurgente el enemigo es cualquier grupo opositor, incluyendo los civiles.

La masacre de Acteal el 22 de diciembre de 1997 es ilustrativa de la situación de violencia paramilitar que se vivió en Chiapas entre 1994 y al menos hasta el año 2001. Ese día un grupo paramilitar de aproximadamente 90 personas portando armas de alto calibre, atacó a un campamento de personas desplazadas de sus comunidades de origen, perteneciente a la organización civil “Las Abejas”. El resultado fue de 45 víctimas mortales, 21 mujeres (4 de ellas embarazadas), 9 hombres, 15 niños, y lesionó a 25 otras personas. Este monstruoso hecho se inscribió en la estrategia de guerra contrainsurgente implementada por el Ejército mexicano en Chiapas bajo la denominada “Fuerza de Tarea Arcoíris”. Por la forma en que abrieron los vientres de las mujeres embarazadas algunos afirman que participaron Kaibiles guatemaltecos en la masacre; al menos, las prácticas fueron semejantes.

Los Kaibiles son soldados de fuerzas especiales guatemaltecas que como los GAFE fueron entrenados en Fort Bragg o en la famosa “Escuela de las Américas” en Fort Benning en Estados Unidos, en estrategias de “guerra no convencional” y “contrainsurgencia” que incluyen técnicas de tortura y ejecuciones a partir de procesos de insensibilización al dolor ajeno; siendo un ejemplo común la crianza de un cachorro que después tienen que matar con sus propias manos, entre otros peores infringidos en humanos. Los Kaibiles fueron responsables de masacres como las de “Dos Erres”, campañas de desplazamiento forzado en lo que llamó el ejército guatemalteco “estrategia de tierra arrasada”, violaciones generalizadas y actos de genocidio en contra de la población indígena guatemalteca. La violencia exacerbada es un producto militar que se trasladó a los grupos criminales que hoy padecemos.

Darrin Wood señala que entre 1996 y 1999, 3 mil 200 miembros de Grupos Aeromóviles de Fuerzas Especiales (GAFE) del Ejército Mexicano “tomaron cursos de doce semanas con el Séptimo Grupo de Fuerzas Especiales de Estados Unidos (de la Escuela de las Américas)”, para después retornar a México y adiestrar a grupos de “reacción rápida”. Ese grupo militar norteamericano se especializa en estrategias de guerra no convencional, contrainsurgencia y contraterrorismo. Durante la administración de Reagan asesoró y participó en operaciones de las fuerzas especiales más represivas y brutales de Latinoamérica en países como Bolivia, Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá, Perú y Venezuela.

De acuerdo con la información de la Secretaría de la Defensa Nacional, durante el sexenio de Vicente Fox desertaron más de 107 mil soldados y marinos, mientras que con Felipe Calderón la cifra fue de más de 55 mil desertores entre soldados y marinos, con un promedio de 9 mil 200 por año. Dado que la deserción es un delito militar que se persigue, no sería extraño que, haciendo una ponderación, muchos de estos soldados y marinos que desertan, incluyendo GAFE (entre 2000 y 2005 más de 1,300 elementos de fuerzas especiales), se sumen a las líneas del crimen organizado. Faltará investigar siguiendo la lógica de la guerra “no convencional” si estos se unen al crimen organizado como desertores o como paramilitares.

Se sabe por ejemplo, que el grupo de los Zetas fue fundado por exmiembros GAFE como Arturo Guzmán Decena, conocido como Z-1, Heriberto Lazcano o Z-3 y Miguel Trevino o Z-40, GAFE reclutados hacia 1999 por Osiel Cárdenas, jefe del Cartel del Golfo para crear un abrazo armado, que luego se independizó. Los Zetas fueron conocidos por su proceder cruel y sanguinario, se dedicaron no sólo al narcotráfico, también a la extorsión, secuestro, homicidios, tráfico de personas, hurto de combustible, robo a bancos, camiones de valores, lavado de dinero, e incluso delitos informáticos. Existen reportes desclasificados que señalan que los Zetas reclutaron también a Kaibiles entre sus filas.

Su modo violento inauguró un modelo delincuencial que se ha reproducido en otros cárteles y en todo el país hasta la fecha. El grupo hoy conocido como Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), nació como un brazo armado del cartel de Sinaloa llamado “Los Mata-Zetas”. Ahora como un cartel independiente ejerce el mismo tipo de violencia al grado que hace suponer que entre sus filas tienen a exmilitares de fuerzas especiales o exzetas entrenando y participando en crímenes atroces. Un informante salido de las filas del CJNG señaló en una entrevista a TeleMundo que participan en sus filas directamente fuerzas especiales de Estados Unidos.

El fin no justifica los medios. En México está instalada institucionalmente la violencia en el momento que decidimos formar a militares como fuerzas especiales para la crueldad y el terror, llamado eufemísticamente “guerra no convencional”, “contrainsurgencia” o “contraterrorismo”, y decidimos no combatirla, dejando esos crímenes en la impunidad. Esa lógica, como los militares mismos, trasciende los sexenios y se extiende hasta la fecha en un puesto privilegiado en el estamento militar, como se puede ver en el hecho de que el actual Subsecretario de la Defensa Nacional sea un GAFE, el General André Georges Foullon Van Lissum, fue el Comandante del 1er Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE) de la III Región Militar en Sinaloa que pasó revista de entrada como Fuerza de Intervención Rápida en Copalar, Chiapas, el 1 de abril de 1997, sumándose a la ya citada “Fuerza de Tarea Arcoíris”.

Tenemos el reto de desintoxicarnos de esta violencia que para las generaciones más jóvenes ya es una normalidad. Necesitamos llevar a juicios a los responsables de graves crímenes cometidos hasta ahora, revisar a fondo el tipo de formación que reciben hoy los militares en el exterior y los cadetes del Ejército y la Armada en México, y eliminar y repudiar este tipo de entrenamiento militar que es contrario al derecho internacional humanitario contenido en los Convenios de Ginebra, para generar garantías de no repetición. Sé que no será sencillo porque que en México las Fuerzas Armadas han sido concebidas para controlar las amenazas internas, pero se vuelve una urgencia, dado que ese camino nos ha llevado a la situación actual de violencia desmedida.

Por otro lado, debemos desarticular, espero más pronto que tarde, a los grupos criminales por medios civiles y no militares: la justicia, la prevención y la garantía de derechos; rescatar a los jóvenes, particularmente a los que están siendo reclutados de manera forzada para recibir este tipo de entrenamiento, y darles la oportunidad de un proceso de justicia restaurativa en la que puedan volver a conectar con su humanidad, su familia y su futuro. Entre más tiempo pase, será más complicado.

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