Marcha de la Dignidad Nacional. 10 años de las madres buscando a sus hijos

Marcha de la Dignidad 2021 Foto: Michael W. Chamberlin.

Por Michael W. Chamberlin

Este lunes 10 de mayo se llevó a cabo la 10ª marcha de madres en búsqueda de sus hijos desaparecidos. Cada año, con excepción del año pasado por la pandemia, se han reunido cientos de familias en torno al Monumento a la Madre para caminar al Ángel de la Independencia, para luego manifestarse, contingente por contingente, victima por víctima, en una jornada de 5 o 6 horas. Esta marcha con el tiempo se ha replicado y multiplicado en muchas otras plazas del país, este año en al menos 28 ciudades además de la Ciudad de México: Ciudad Victoria, Saltillo, Torreón, Monterrey, Guadalajara, León, Guanajuato, Irapuato, Valle de Santiago, San Luis de La Paz, Cajeme, Ciudad Obregón, Hermosillo, Guaymas, Xalapa, Coatzacoalcos, Orizaba, Veracruz, Colima, Cuernavaca, Culiacán, Chihuahua, Puebla, Tijuana, Ensenada, Acapulco, Chilapa, Iguala, entre posiblemente otros. Pero cada 10 de mayo, desde hace 10 años se manifiestan. Varias reflexiones surgen en este aniversario.

En el año 2011, cuando la primera marcha, Calderón era aún presidente, Javier Sicilia había convocado ya a la primera marcha por las víctimas en abril, posterior al infame asesinato de su hijo Juan Francisco. Lo que a la postre sería el Movimiento por la Paz, con Justicia y Dignidad, catalizó en esos meses un proceso organizativo que se venía gestando años atrás.

La gran mayoría de víctimas en el país, a diferencia de otras épocas, no vienen de procesos organizativos ni surgen de un contexto de represión política por sus opiniones o su oposición al régimen, sin querer decir que esto ha dejado de existir. Esto significó para todas ellas tener que comprender un contexto de cosas en un momento que, según los que saben, se sufre de efecto de “visión de túnel”, es decir, un momento en el que es muy difícil comprender lo que pasa alrededor porque hay un estímulo amenazante o una alta intensidad emocional, es como “estar cegados”. Para muchas víctimas esto ha significado un proceso de rendición (para muchas ha sido además una fuente de paz emocional) para buscar apoyo.

He tenido el gran privilegio de conocer y acompañar a varias víctimas y colectivos, y he visto cómo, a la par de sufrir la “visión de túnel” han tenido que enfrentar (y este es un proceso que sufre cada nueva víctima), al menos tres retos:

  • Enfrentarse a la criminalización de las autoridades y de la sociedad. Caso todas las víctimas sin excepción, se sintieron juzgadas porque se decía muy comúnmente “en algo estarían metidos”. En un nudo de angustia, de temor y desconfianza, las mamás se acercaron primero a las autoridades, luego a la iglesia o a las organizaciones de derechos humanos, buscando ayuda. Esto provocó que muchas denuncias tardaran en llegar al ministerio público o si llegaban que no tuvieran avance alguno.
  • Entender con la angustia a cuestas que no eran culpables de lo que les había pasado, por el contrario, que tenían derechos a a) un juicio justo y a una sanción proporcional si acaso fueran culpables de algo (para eso tenemos estado de derecho -o lo presumimos-), b) que sus hijos e hijas fueran buscadas con diligencia, c) saber las causas de la desaparición, sancionar a los responsables y a una reparación. Se dice fácil, pero la gran mayoría de la población del país desconoce sus derechos y las obligaciones de la autoridad, y es más difícil comprenderlo cuando se tiene la angustia a cuestas.
  • Organizar el dolor en colectivo, lo que les implicó aprender la compasión para mirar su dolor en el dolor de otras víctimas, y sumar sus exigencias ante la autoridad para ejercer presión e incluso elaborar propuestas de política pública (de aquí nació la Ley General contra la Desaparición Forzada y por Particulares, por ejemplo), pero además, en un proceso de profunda solidaridad, a democratizar la búsqueda se sus hijos. Muchas víctimas han encontrado en los colectivos confianza, aceptación y esperanza, una nueva familia que ha sido la cura para salir de la “visión de túnel” y la fuerza potenciada para enfrentar la incapacidad y la negligencia del Estado. La fraternidad y sororidad que surge de los colectivos ha democratizado la lucha, como dicen ellas: “yo no busco sólo a mi hijo”, “los buscamos a todos”, y para fortuna de propios y extraños, “buscándolos nos encontramos” lo que revela una profunda revisión de “quienes fuimos y quienes somos ahora”.

Exponerse públicamente en esa primera marcha necesitó para aquellas mamás un proceso de al menos dos años. A diez años, no es exagerado decir que las víctimas y sus colectivos que han sido capaces de superar la culpa, el miedo y la desconfianza, aprender la compasión y la solidaridad, han dado razones concretas para la esperanza de una paz duradera, y con todos sus bemoles, de allí surgirá una nueva sociedad y un nuevo porvenir para el país.

Ahora bien, los retos están lejos de terminarse. En diez años han pasado tres partidos en el poder que han mantenido prácticamente las mismas políticas en contra de la violencia y las personas desaparecidas se han multiplicado por siete, de 13,252 personas en el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y Extraviadas, a poco más de 85 mil según el Subsecretario de Derechos Humanos.

Diez años de marchas significan secuelas y deudas que también tienen que ser atendidas. Significa de entrada para muchas madres, menos esperanzas de esclarecer los hechos y encontrarles con vida. Significa también que siguen y seguirá habiendo desapariciones mientras no se atienda las causas que generaron las anteriores.

Significa también una generación que está creciendo en este contexto de violencia y que no conoce otra forma de vida ni de relaciones humanas, es una generación que vive sometida a la violencia, con rencor, a la defensiva y con miedo.

A diez años de la primera Marcha de la Dignidad Nacional nos hacen falta las víctimas de desaparición, nos hace falta creer en las instituciones porque éstas funcionan y nos hace falta la paz. Tenemos el reto como sociedad de no olvidar, involucrar a las nuevas generaciones y encontrar caminos que hagan posible una vida liberada del temor y la miseria.

Comparto algunos vínculos para conocer algunas iniciativas que nos acerquen y nos hermanen con esta realidad:

Marcha de la Dignidad Nacional – Afiche 

Pronunciamiento de la Marcha de la Dignidad 2021 – Firmado por 100 colectivos de víctimas y 37 organizaciones civiles. 

Campaña de documentales: “Rastros y luces: historias contra la desaparición” – Ambulante 

Documental Fuerzas Unidas (10 años de FUUNDEC-FUNDEM) – Ibero Laguna 

Homenaje a las madres buscadoras – Fray Juan de Larios e Ibero Laguna 

Marcha del Colectivo de Familiares, Amigos, Desaparecidos en Tamaulipas 

Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México 

Observatorio sobre Desaparición e Impunidad en México UNAM, FLACSO, Universidad de Minnesota, Universidad de Oxford 

Sitio de Investigación: ¿A dónde van los desaparecidos? –  

Sitio de Investigación sobre Veracruz: “Dignificando la memoria” – IMDHD 

”Sistematización de la experiencia de exhumación e identificación de personas inhumadas en las fosas de Tetelcingo, Cuautla, Morelos” UAEM – CEAV 

Documental sobre las fosas de Tetelcingo y Jojutla: “Volverte a ver” – Carolina Corral 

El Yugo Zeta”, Norte de Coahuila, (2010-2011) – Colmex 

 “En el desamparo. Los Zetas, el Estado, la Sociedad y las Víctimas de San Fernando, Tamaulipas y Allende, Coahuila”  – Colmex

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